domingo, 2 de mayo de 2010

Cibercertamen de cuentos SOCIETAT DE CONTROL


La sociedad sin riesgo se posible? Les vídeo cámaras protegen o nos vigilan? Y los radares, escáneres, móviles, tarjetas con chip, facebooks, etc., nos sirven o nos controlan? Queremos ceder mayor libertad a cambio de una seguridad total quimérica, que sólo es posible en la ficción?

La sociedad de control sabe como te llamas y como es tu cara, sabe donde vas, con quién hablas y que te gusta, lo sabe casi todo sobre ti. Te ha puesto el miedo al cuerpo y te sientes inseguro. Te amenaza permanentemente con la cárcel. El concurso SOCIETAT DE CONTROL, cibercertamen de cuentos, pretende recoger las historias que esto pueda suscitar.

Los originales a concurso tendrán que ser inéditos, escritos en español o en catalán, no podrán exceder de las cuatro páginas, deberán versar o tener relación con los mecanismos del control social, los efectos que producen, sobre los beneficiarios y las víctimas, sobre el corpus teórico que justifica y sustenta a la sociedad de control, se tienen que enviar entre el 14 de abril y el 31 de julio a anim@lleida.org, las bases y el desarrollo del certamen estarán en esta web. El ganador recibirá el PREMI HIPATIA D’ALEXANDRIA 2010, dotado con 300 € y patrocinado por ANIM, asociación sin ánimo de lucro.

+

Etiquetas: ,

viernes, 16 de abril de 2010

Sobrevalorada



—Si tan detestable soy, máteme.
—No me apetece.
—¿Cómo lo sabe? Nunca lo ha probado. Quizás luego le encante.
—Su moral nunca será la mía. Está usted loco de atar.
—¡Qué manía ésa de calificar de locos a aquellos a los que no comprendemos! ¡Qué pereza mental!
—Un tipo que necesita que le mate para resolver un problema de culpabilidad es un loco. Hace un rato, usted mismo decía que un loco es un ser cuyo comportamiento resulta inexplicable. Pues bien, su necesidad de castigo resulta inexplicable: no pega en absoluto con su moral del egoísmo puro y duro.
—No esté tan seguro. Nunca he sido matado por nadie. Quizás resulte la mar de agradable. No debemos prejuzgar las sensaciones que no conocemos.
—Imagine que sea desagradable: no tendría remedio.
—Aunque sea desagradable, sólo durará un momento. Y después...
—Sí, ¿y después?
—Después, lo mismo: nunca he estado muerto. Quizás sea fantástico.
—¿Y si no lo es?
—Querido, de todos modos algún día me ocurrirá. Ya lo ve: todo está tan bien concebido como la apuesta de Pascal. Tengo mucho que ganar y nada que perder.
—¿La vida?
—Ya sé de qué va eso. Está sobrevalorada.


Fragmento de "Cosmética del enemigo - AMELIE NOTHOMB

Etiquetas: ,

sábado, 27 de marzo de 2010

Chispa


Reproduzco ésta nota de Forn, que desde hace tiempo es el escritor indispensable. Esta vez me pareció magistral el artículo y el remate más.

Sobre Borges y la Junta Militar
Facho con chispa

Juan Forn
Página 12


Jean Cocteau decía que Víctor Hugo era un loco que se creía Víctor Hugo. Cincuenta años después, con el atraso que la caracteriza, la revista Cabildo dijo que Borges era un actor que se creía Borges. Lo que dijo en realidad, desde las páginas de cultura de su edición de julio de 1981, era que Borges no existía: ése era el título de la nota (“Borges no existe”), firmada por un tal Dan Yellow, que sostenía que, a mediados de los años 30, Leopoldo Marechal inventó un cacofónico seudónimo (Jorge Luis Borges) para los artículos que quería publicar sin su firma, que luego sumó a Mujica Lainez, a Bioy Casares y al oriental Wimpi a la diversión, que le crearon entre todos un pasado y una personalidad al personaje, y que “pasó lo mismo que con Frankenstein: el monstruo cobró vida propia y sobrepasó a sus creadores”. Razón por la cual no les quedó más remedio que contratar a un actor que encarnara al inexistente Borges: “Se encontró el candidato ideal, un tal Aquiles Scatamacchia. Se lo vistió adecuadamente, se le dieron dos o tres lecciones sobre urbanismo elemental (Scatamacchia mondaba con techito) y se lo lanzó a la vida pública”. Por ese motivo, concluía la nota, Borges nunca ganaría el Nobel, ya que la Academia Sueca estaba al tanto de la mascarada.

Insólitamente, la nota fue recogida por la corresponsalía de Le Monde en la Argentina y publicada en el diario francés, en un suelto sin firma, que fue reproducido días después por el semanario L’Express. Mientras tanto, en el número siguiente de Cabildo, el responsable de su página de cultura, Aníbal D’Angelo Rodríguez, confesaba a los lectores que tanto Dan Yellow como Aquiles Scatamacchia eran invenciones suyas, que todo se trataba de una evidente chacota y que lamentaba que, “mientras en Argentina pasan cosas trascendentales que apenas merecen comentario en esos medios”, su broma periodística hubiese originado una tormenta. “Si yo afirmara, por ejemplo, que Francia no existe y alguien se tomara esta afirmación mía tan en serio como la anterior, podría cundir el pánico”, seguía D’Angelo Rodríguez. “La Francia que conocí y amé parece haber sido sustituida por una mala comedia, representada por actores de segunda como Aquiles Scatamacchia.”

Este remate daba pie a que, en el número siguiente de Cabildo, el “auténtico” Aquiles Rosendo Scatamacchia asegurara por carta que el “inexistente” era D’Angelo Rodríguez y que él, en cambio, no sólo existía sino que no era ningún actor de segunda, puesto que, en 1936, la revista Caras y Caretas había publicado una foto suya anunciándolo como un nuevo valor que surgía, y en 1938 había hecho de segunda figura en la película La Virgencita de Madera, momento en el cual sacrificó su carrera para ser Borges. Para entonces, El País de Madrid también se había subido a la calesita: su corresponsal en Buenos Aires resumía todo lo ocurrido y entrevistaba a Borges, para saber qué pensaba del asunto. “Puede usted decir que no soy uruguayo ni actor, aunque no estoy seguro de existir”, contestaba Borges, además de comentar: “Hace poco los militares se enojaron con un actor que hace imitaciones mías por televisión. Yo le expresé inmediatamente mi solidaridad. La gente, por lo general, no tiene sentido del humor. Y mucho menos los militares”.

Todo esto ocurre, como dije, en 1981. Borges ya no es aquel que en 1976 saludó a la Junta Militar como un gobierno de caballeros, pero los de Cabildo no le hacen la joda por lo oportunista de ese viraje (mucho se dijo entonces acerca de dicho cambio: yo trabajaba de cadete en Emecé, la editorial que publicaba a Borges, y me acuerdo que el comentario general era que lo había hecho para ganar el Nobel). Ni tampoco es que lo castiguen por ponerse en la vereda de enfrente del gobierno militar, porque, al parecer, también Cabildo estaba en contra de la dictadura, según afirmó el propio D’Angelo Rodríguez en otra pieza de su autoría: “Cabildo siempre denunció la entrega del Proceso. Al punto de que fue la única publicación que se les animó a los militares, y por ello la clausuraron. En absoluto apoyamos a los masones del Proceso. Tenemos dos visiones del país totalmente distintas” (es decir, Videla, Massera & Cía no eran lo suficientemente ultracatólicos, nacionalistas y antisemitas para Cabildo).

Rememorando el episodio veinticinco años después en algunos blogs nacionalistas, D’Angelo Rodríguez se jacta de la chispa y picardía borgeanas de aquella travesura. La misma chispa y picardía exhibió por esa misma época en una carta enviada a Página/12, en respuesta a una nota de Sergio Kiernan sobre su ayuda a criminales de guerra nazis ingresados a la Argentina en 1947: “Querido Sergio: Muy entretenido tu artículo sobre la gente que mi madre y yo contribuimos a salvar. ¿Sabés qué pasa? Que no todos tenemos la suerte que tienen Uds. los zurdos, que pueden asesinar a cien millones de personas y no tener ni uno solo de los asesinos juzgados y condenados. Otra cosa, querido. Parece que te tocó en el trigémino lo de las narices ganchudas. Pero yo no tengo la culpa de lo que ves en el espejo al afeitarte. La culpa la tiene la endogamia que Uds. prolijamente practican y que es la responsable de que se consideren judíos. Yo tengo sangre italiana, española y croata, pero soy argentino. Vos y tus nenes, si los tenés, van a seguir considerándose judíos aunque pasen veinte generaciones”. Pocos meses después, comentando la aparición del suplemento adn, vuelven a brillar las dotes de D’Angelo Rodríguez: “El diario La Nación se ha desprendido del Cultural dominical que tenía una larga historia, no toda ella digna de crítica, optando ahora por una revista que acompaña la edición de los sábados. Quiera Dios que no haya nada simbólico en este paso del Día del Señor al Shabat...”.

Evidentemente, D’Angelo Rodríguez quiere que el zurdaje registre la chispa y la picardía que son capaces de tener las huestes nacionalistas ultracatólicas antisemitas. No le va muy bien con el zurdaje, pero entre algunos pibes despistados parece haberlo logrado. En mi último viaje a Buenos Aires pregunté en un kiosco de revistas si quedaba gente que compre Cabildo y el tipo me contestó, con la imperturbable cara de piedra de esos porteños que lo han visto todo y nada los sorprende: “Acá vienen pendejos que la piden creyendo que es la competencia de Barcelona, hasta que se avivan de que los de Cabildo la escriben en serio”.

Etiquetas: ,

viernes, 19 de marzo de 2010



Mañana seré Adolf

Por Juan Forn

Un caballo cruza a todo galope la frontera entre Rusia y Mongolia. El año es 1921. A pesar de los veinte grados bajo cero, el jinete va con el torso desnudo, salvo por una túnica amarilla hecha jirones y un puñado de talismanes que cuelgan de su cuello. Su única posibilidad de salvación es agotar a sus perseguidores y perderse en la estepa, porque tanto el Ejército Rojo como el Ejército Republicano Chino han puesto precio a su cabeza. El nombre del fugitivo es Nikolai Maximilian von Ungern-Sternberg. Es austríaco de nacimiento y ruso por adopción, pero en la estepa mongola se lo conoce mejor como la reencarnación del Genghis Khan, o Mahakala, Señor de la Tiniebla. Budista, sádico, antropófago, asesino, antisemita y antibolchevique furioso, Ungern-Sternberg parece un perfecto villano de historieta, y de hecho Hugo Pratt le dedica un episodio fulminante en Corto Maltés en Siberia, pero el tipo existió en la vida real y fue una desgracia para todos los que tuvieron la mala suerte de cruzárselo, incluyendo a un anónimo cabo retirado del ejército austríaco en 1918 del cual hablaremos en su momento.

De no haberse producido la Guerra Ruso-Japonesa, Ungern-Sternberg habría ido a parar seguramente a un manicomio austríaco o alemán, donde su delirio místico y su sed de sangre hubiesen permanecido confinados a las cuatro paredes de su celda. Lamentablemente, su familia era parte de la aristocracia de alemanes del Báltico que durante generaciones había servido en los ejércitos del zar y, para sacárselo de encima, lo enviaron pupilo a todos los internados posibles, de los que fue expulsado una y otra vez hasta que logró graduarse (entre los peores de su camada, y algunos dicen que amenazando con un cuchillo a su tutor), en el Liceo Pavel de Petersburgo a comienzos de 1904, cuando el ejército zarista necesitaba desesperadamente oficiales de bajo rango para la guerra contra Japón.

En los sangrientos campos de batalla siberianos encontró Ungern-Sternberg su lugar en el mundo. Se destacó muy pronto por su demente temeridad, incluso mereció la Cruz de San Jorge, aunque nadie se atrevía a poner tropas a su cargo por su incapacidad para respetar la cadena de mandos. El general Wrangel dice en sus memorias que, para no ascenderlo (“No es un soldado profesional. Es una máquina de matar, sólo útil en la guerra”), optó por estacionarlo en una remota guarnición de Siberia hasta que volvieron a necesitarlo, cuando estalló la Primera Guerra. Para entonces, Ungern-Sternberg se había fascinado con el coraje y el salvajismo de los buriatos, nómades mongoles en quienes confiaba más que en sus soldados rusos. Se casó con una princesa tártara, aprendió a hablar el mongol, estudió las tácticas de guerra de Genghis Khan y se hizo budista, de una vertiente local que celebraba por igual el panteísmo, el fervor guerrero y la crueldad sin compasión. Se enteró del triunfo de la Revolución de Octubre en el extremo oriente siberiano, más allá del lago Baikal, y junto con su superior inmediato en la región, el coronel Grigori Semenov (tan antisemita y antibolchevique como él), ofreció sus tropas al Ejército Blanco, pero su fidelidad hacia uno y otros duraría muy poco.

A Semenov lo acusó de corrupto, por aceptar ayuda financiera de los japoneses, y a los rusos blancos de meros cobardes. Con la sola ayuda de su regimiento de salvajes, Ungern-Sternberg decidió emprender desde Siberia la conquista de la Unión Soviética y de China, con el propósito de erigir un nuevo imperio tártaro. Su única victoria militar fue la toma de Urka (hoy Ulan Bator, capital de Mongolia), cuando sus seiscientos hombres pasaron a degüello a los cinco mil soldados chinos armados de ametralladoras que defendían la ciudad. En los meses siguientes se erigió en figura suprema de la región a través del terror. Arrasó con todos los judíos y prosiguió la cacería con bolcheviques, soldados blancos, lamas o cualquier otra presencia humana que se pusiera en su camino. En su regimiento había adivinos y videntes, en quienes confiaba más que en sus lugartenientes militares. La mitad de sus hombres estaba siempre al borde de la deserción. Aliados y enemigos temían por igual su sadismo y sus dementes decisiones. Sus campamentos dejaban pilas de cadáveres putrefactos. Fumaba cantidades industriales de opio y mantenía a su tropa con raciones diarias de hachís y vodka. Su actividad favorita era comprobar cuánto tiempo duraba vivo un hombre que había sido completamente despellejado.

Luego de que soviéticos y chinos pusieran precio a su cabeza, Ungern-Sternberg fue traicionado por su propia tropa. Logró huir en su caballo blanco, pero fue perseguido durante dos días con sus noches por los bolcheviques y un puñado de jinetes mongoles que habían formado parte de su regimiento y fueron quienes al fin lograron atraparlo. Aun desarmado y de a pie, Ungern-Sternberg se las arregló para matar a seis de ellos antes de que lo redujeran. Los bolcheviques supieron mantenerse a distancia hasta que estuvo encadenado y procedieron entonces a matar a los jinetes mongoles y trasladar a su prisionero hasta Novosibirk. En el trayecto lo exhibieron, encadenado, semidesnudo, en una jaula, en cada pueblo por donde pasaba el tren. Su aspecto era tan aterrador que ni los más curiosos se atrevían a mirarlo a los ojos.

Sentenciado a muerte luego de un juicio sumario, Ungern-Sternberg enfrentó al pelotón de fusilamiento. Como su cabeza era muy pequeña, se ordenó a los soldados que le apuntaran al pecho. Varios disparos dieron contra los medallones metálicos que colgaban de su pecho y el rebote de la metralla mató a dos miembros del pelotón. Dicen que Ungern-Sternberg tuvo tiempo de soltar una carcajada final antes de morir. Cuando en Mongolia se supo de su muerte, el Bogd Khan ordenó plegarias a todos sus súbditos para que su espíritu no volviera nunca a la tierra. En Austria y Alemania, en cambio, si nos guiamos por una carta que escribe en 1921 D. H. Lawrence, autor de El amante de Lady Chatterley, “todos leen con fascinación el libro Bestias, hombres y dioses, un libro que cuenta las correrías y convicciones del Barón Blanco, un austríaco de nacimiento de nombre Ungern-Sternberg, que pregona el espíritu tártaro de todos los eslavos y germanos y su unión contra judíos y bolcheviques”. Uno de los tantos lectores austríacos de Bestias, hombres y dioses en aquel 1921 fue el cabo retirado, fracasado aspirante a pintor y por entonces orador nacionalista en alza Adolf Hitler. Como lo demuestra el ejemplar profusamente subrayado del libro hallado entre sus papeles personales, según detalla Timothy Ryback en el ensayo recientemente publicado La biblioteca privada de Hitler y los libros que moldearon su vida.

Etiquetas:

sábado, 16 de enero de 2010

Garantizado

Tanto para Seamus, cómo para todos, en youtube están todas las demás subtituladas...



Y están también las de OK Computer...
Después, medio kilo de antidepresivos tal vez sean suficiente...



Por las dudas éste es el link del Centro de Asistencia al Suicida, pero, cómo para ayudarnos a tomar la decisión, el link está muerto...

Me voy a clavar un ñandú en la sien y vuelvo...

Etiquetas: , , , ,

domingo, 11 de octubre de 2009

Jornadas W.S. Burroughs



LA REVOLUCION ELECTRONICA: JORNADAS WILLIAM S. BURROUGHS

Publicado por primera vez en 1970, La revolución electrónica reúne una serie de ensayos de carácter panfletario escritos por William Burroughs cuya finalidad excede los dominios de la literatura: establecer su teoría sobre el carácter viral de la palabra, y revelar los detalles de una serie de experimentos sonoros y visuales cuyo fin, antes que el puramente estético, es el terrorismo psíquico.

La técnica del cut-up, mediante la cual un texto es recortado y reordenado aleatoriamente para crear de este modo un nuevo texto, se vuelve en este libro no sólo una técnica de composición literaria (aquella a partir de la cual Burroughs estructuró durante la década del sesenta sus novelas más experimentales) sino ante todo una estrategia disruptiva que pone en evidencia los límites del control ejercido por medio del lenguaje.

En La revolución electrónica, Burroughs explora esta dimensión subversiva de la técnica del cut-up mediante el uso de dispositivos electrónicos como grabadores de cinta abierta y cámaras de video, con la expresa voluntad de liberar el virus contenido en la palabra y promover el caos social. La revolución electrónica es así un manual de sabotaje urbano al mismo tiempo que un compendio de experiencias audiovisuales orientadas a intervenir en ese campo de batalla que para Burroughs es la cultura.

Con el motivo de la publicación por primera vez en castellano de La revolución electrónica por la editorial Caja Negra, CCMOCA aloja estas jornadas que intentan diagnosticar el destino del cut-up como tecnología puesta en práctica para atenuar el control ejercido por medio del lenguaje y rastrear la expansión que esa forma disruptivo-compositiva ha tendido no sólo en la literatura sino también en diversas disciplinas tales como el cine, la música y las artes plásticas.

El programa se desglosa punto por punto en esta web en charlas, ciclo de cine y de música, entre el jueves 22 y el sábado 31 de octubre, en el Auditorio de CCMOCA.

Web CMOCA


LINK al excelente artículo de Carlos Gamerro al respecto, en RADAR.

Etiquetas: , ,

lunes, 16 de febrero de 2009

+ Ballard +


El ataque al Petrel

Una pradera de flores de papel flotaba en la marea; se amontonaban en torno de los pilares manchados de petróleo del muelle y los adornaban con gorgueras de vivos colores. Pocos minutos antes del alba Jim miraba por la ventana de su dormitorio del Palace Hotel. Vestía el uniforme de la escuela y se disponía a dedicar una hora al repaso antes del desayuno. Pero, como siempre, le era difícil apartar la vista de la zona portuaria de Shanghai. El olor de las cabezas de pescado y el queso de soja fritos en aceite de cacahuete ya se elevaba de las sartenes de las vendedoras, delante del hotel. Juncos manchados de tung con ojos pintados en la proa bogaban más allá de las barcazas del opio fondeadas en la costa del Pootung. Había miles de sampanes y barcas amarrados a lo largo del Bund, una ciudad de cabañas flotantes todavía oculta en la penumbra. Pero entre las chimeneas de las fábricas de Pootung las primeras luces del día empezaban a difundirse a través del río, recortando el perfil rectangular del USS Wake y el HMS Petrel. Las dos cañoneras, la americana y la inglesa, estaban ancladas en mitad de la corriente, frente a las casas de banca y a los hoteles del Bund. Jim vio una lancha a motor que llevaba a dos oficiales británicos de regreso al Petrel después de las fiestas en tierra. Jim había conocido al capitán del Petrel, el capitán Polkinhorn, en el Shanghai Country Club, y sabía cuáles eran todos los barcos de guerra del río. Aun a esa pálida luz advirtió que el monitor italiano Emilio Carlotta, provocativamente amarrado junto a los dos jardines públicos del Bund, frente al Consulado británico, había levado anclas durante la noche. Ahora ocupaba su lugar una cañonera japonesa, un buque chato y castigado por la guerra, con los cañones sucios y austeros dibujos de camuflaje en la chimenea y la obra muerta. En las troneras del ancla, a ambos lados de la proa, rezumaba la herrumbre. Los postigos de acero estaban todavía cerrados sobre las ventanas del puente, y el blindaje de los cañones de proa y popa estaba protegido con sacos de arena. Mientras miraba esa nave poderosa, Jim se preguntó si habría sido dañada mientras patrullaba los recodos del Yangtsé. En el puente se movían marinos y oficiales, y una linterna de señales envió un centelleante mensaje a través del río.

Tres kilómetros río arriba, más allá de la base de aviación naval de Nantao, había una barrera de cargueros que los chinos habían echado a pique en 1937, intentando bloquear el río. El sol brillaba a través de los agujeros de los mástiles y chimeneas de metal, y la marea bañaba las cubiertas e inundaba los camarotes. Cuando regresaba en la lancha de la empresa, después de visitar la hilandería de su padre, Jim siempre deseaba subir a bordo de los buques de carga y explorar las cabinas ahogadas, un mundo de viajes olvidados en cavernas de herrumbre.
Miró la cañonera japonesa amarrada junto a los jardines. La linterna de señales brillaba insistentemente en el puente. ¿Acaso esa fatigada plataforma para cañones estaba a punto de hundirse sobre sus propias anclas? Aunque Jim sentía profundo respeto por los japoneses, los ingleses de Shanghai siempre menospreciaban sus barcos. El crucero Idzumo, amarrado un kilómetro aguas abajo ante el Consulado japonés, en Hongkew, parecía mucho más imponente que el Wake y el Petrel. En realdad, el Idzumo, nave insignia de la flota japonesa de la China, había sido construido en Inglaterra para servir en la Royal Navy antes de que lo vendieran a los japoneses durante la guerra ruso-japonesa de 1905.
La luz avanzó por el río y tocó las flores de papel que cubrían el lomo del agua como guirnaldas olvidadas por los admiradores de aquellos marinos. Todas las noches, en Shanghai, los chinos demasiado pobres para pagar el entierro de sus parientes lanzaban los cuerpos desde los muelles funerarios de Nantao, adornando los ataúdes con flores de papel. Arrastradas por la marea, retornaban con la siguiente a la zona portuaria de Shanghai junto con todos los demás desechos abandonados por la ciudad. Las praderas de flores de papel derivaban en la corriente y se agrupaban en minúsculos jardines flotantes alrededor de los ancianos, las jóvenes madres y los niños pequeños cuyos cuerpos hinchados parecían alimentados durante la noche por el paciente Yangtsé.
A Jim le disgustaba esa regata de cadáveres. A la luz del sol que se elevaba en el cielo, los pétalos de papel parecían los rollos de vísceras esparcidas alrededor de las víctimas de bombas terroristas en la Calle Nankín. Volvió los ojos hacia la cañonera japonesa. Habían bajado una lancha que se dirigía a través del río hacia el USS Wake. Una docena de infantes de marina japoneses sentados frente a frente, con los rifles verticales como remos. Dos oficiales de pie a proa, en su uniforme formal completo, uno de ellos con un megáfono en las manos enguantadas.
Asombrado de que hicieran una visita ceremonial tan temprano, Jim trepó al antepecho de la ventana y se apretó contra el cristal. Otros dos botes, cada uno con cincuenta infantes de marina, venían desde el Idzumo. Las tres embarcaciones se encontraron en el centro del río y detuvieron sus motores. Flotaban entre las flores de papel y los cajones abandonados. Un junco a motor pasó junto a ellos; las jaulas de bambú de la cubierta estaban llenas de perros que ladraban, en camino al mercado de carne de Hongkew. Un coolie desnudo timoneaba, bebiendo una botella de cerveza. No hizo intento alguno de alterar el rumbo cuando las olas que levantaba bañaron la lancha de la cañonera. Pasando por alto el remojón, el oficial japonés llamó al Wake por el megáfono. Riendo para sus adentros, Jim tamborileó con las palmas sobre el cristal. No había ningún oficial americano a bordo, como sabía todo el mundo en Shanghai. Todos debían de estar roncando en sus habitaciones del Park Hotel. Un soñoliento marinero chino con una chaqueta y pantalones cortos emergió del castillo de proa. Movió la cabeza mientras la embarcación japonesa se acercaba, y se puso a pulir la regala de bronce mientras los infantes de marina subían por la planchada y se movían rápidamente hacia la cubierta. Con las bayonetas caladas en los rifles, recorrieron el buque de extremo a extremo, buscando a algún miembro americano de la tripulación. Seguida por uno de los dos botes, la lancha a motor se acercó al HMS Petrel. Hubo un conciso diálogo con el joven oficial inglés del puente, que despidió a los japoneses con el mismo desinterés que Jim había visto en sus padres mientras se negaban a comprar cabezas de Java y elefantes tallados a los vendedores de las piraguas que rodeaban el barco en el puerto de Singapur.
¿Acaso los japoneses trataban de vender algo a los ingleses y americanos? Jim sabía que perdían el tiempo. De pie contra la ventana, con los brazos abiertos, intentó recordar las señales de semáforo que había aprendido de tan mala gana en los Exploradores. El oficial japonés de la lancha hacía señales con una linterna a la cañonera amarrada junto a los jardines. Mientras la luz se tambaleaba sobre el agua, Jim advirtió que cientos de chinos pasaban a la carrera por delante del Consulado británico. Nubes de humo y vapor brotaban de la chimenea de la cañonera, como si la nave estuviera a punto de estallar. El cilindro del cañón delantero estalló en un relámpago que abrasó el puente y la cubierta. A seiscientos metros de distancia la granada explotó contra la obra muerta del Petrel. La onda de presión del cañonazo sacudió los hoteles del Bund y el pesado cristal de la ventana golpeó a Jim en la nariz. Cuando la cañonera disparó una segunda granada desde la torre trasera, Jim saltó a la cama y se echó a llorar; luego se dominó y se agazapó detrás de la cabecera de caoba.
Desde el muelle, junto al Consulado japonés, el crucero Idzumo también abrió fuego. Los cañones relampaguearon a través del humo que surgía de las tres chimeneas y se enroscaba sobre el agua como una negra boa de plumas. El Petrel ya estaba oculto por una cortina de vapor; unos fuegos violentos se reflejaban debajo del agua. Dos aviones japoneses de caza pasaron a lo largo del Bund, a tan baja altura que Jim pudo ver a los pilotos en las cabinas. Una multitud de chinos se dispersaba a lo largo de las vías del tranvía, parte hacia el muelle, parte a refugiarse en las escaleras de los hoteles.
—Jamie! ¿Qué haces? —Todavía en pijama, el padre irrumpió descalzo en el dormitorio. Miró con incertidumbre los muebles, como si no pudiera reconocer esa habitación de su propia suite—. Jamie, ¡apártate de la ventana! Vístete y haz lo que tu madre te diga. Nos vamos en tres minutos.
No parecía advertir que Jim llevaba el uniforme de la escuela. Mientras ambos se protegían los ojos de los cañonazos lanzados a bocajarro, hubo una inmensa explosión en el centro del río. Como cohetes en una exhibición de fuegos de artificio, trozos ardientes del Petrel se elevaron en el aire y salpicaron el agua. Jim se sintió atontado por el ruido y el humo. La gente corría en los pasillos del hotel, una anciana inglesa gritaba ante el pozo del ascensor. Jim se sentó en la cama y miró la plataforma ardiente que se hundía en el río. Cada pocos segundos emitía un firme destello luminoso. Los marinos británicos del Petrel estaban combatiendo. Habían dispuesto uno de los cañones y devolvían el fuego del Idzumo. Pero Jim los miraba sombríamente. Comprendía que probablemente él mismo había comenzado la guerra con aquellas confusas señales de semáforo desde la ventana, que los oficiales japoneses de la lancha a motor habían comprendido mal. Ahora sabía que hubiera tenido que quedarse en los Exploradores. ¿Quizá el reverendo Matthews lo castigaría con el bastón delante de toda la escuela por espía?
—¡Jamie! ¡Échate al suelo! —La madre estaba de rodillas en la puerta. En una pausa, entre las salvas de granadas, lo arrancó de la vibrante ventana y lo sostuvo junto a la alfombra.
—¿Iré a la escuela? —preguntó Jim—. Hoy es el examen de Escrituras.
—No, Jamie. Hoy no habrá clases en la escuela. Veremos si Yang puede llevarnos a casa.
Jim estaba impresionado por la serenidad de su madre. Decidió no decirle que él había iniciado la guerra. Apenas se vistieron, salieron del hotel. Gran cantidad de huéspedes europeos y americanos rodeaban los ascensores. Negándose a descender por las escaleras, golpeaban las rejas metálicas y gritaban por el hueco. Llevaban maletas y tenían puestos sombreros y abrigos, como si hubieran resuelto partir en el próximo vapor a Hong Kong. La madre de Jim se unió a ellos, pero el padre la tomó del brazo y la condujo hacia la escalera.
Con las rodillas doloridas por el esfuerzo, Jim llegó a la entrada antes que ellos. Había pasajeros de los pisos inferiores, personal chino de cocina y empleados rusos blancos agazapados detrás de los sillones de cuero y de los tiestos con palmeras, pero el padre de Jim pasó de largo hasta la puerta giratoria.
El cañoneo había terminado. Grupos de chinos corrían por el Bund entre los tranvías y los coches detenidos: viejas amas cojeando con sus pantalones negros, coolies que tiraban de rickshaws vacíos, mendigos y marinos de los sampanes, camareros uniformados de los hoteles. Un manto de humo gris, tan grande como una ciudad oculta entre la niebla, atravesaba el río. De ella emergían los mástiles del Idzumo y el Wake. Nubes de hollín incandescentes brotaban todavía de la chimenea de la cañonera japonesa, junto a los jardines públicos.
El Petrel se hundía en su puesto. Del centro y la popa brotaba vapor; Jim vio una cola de marineros que aguardaba en la proa el momento de bajar a la lancha del buque. Un tanque japones avanzó por el Bund, arrancando chispas de los rieles tranvía con sus orugas. Giró sacudiéndose en torno de un tranvía abandonado y aplastó un rickshaw contra un poste de telégrafo. Una rueda alabeada desprendida del rickshaw dio unas volteretas por la calzada, al paso del oficial japonés que conducía las tropas de asalto, esgrimiendo la espada como para impulsar la rueda. Dos cazas rugieron a lo largo del puerto, arrancando los toldos de bambú de los sampanes y revelando a cientos de chinos agazapados. Un batallón de infantes de marina japoneses avanzó por el Bund; parecía un ejército de opereta entre los árboles ornamentales de los jardines públicos. Un pelotón con la bayoneta calada corrió escaleras arriba del Consulado británico, encabezado por un oficial con una pistola Máuser.
—Allí está el coche... ¡Tenemos que correr! —Aferrando con cada mano a Jim y a su madre, el padre los arrastró hacia la calle. Inmediatamente un coolie que corría derribó a Jim. Permaneció atontado entre los pies que pasaban, esperando que el chino de pecho descubierto volviese para disculparse. Luego se incorporó, se sacudió el polvo de la gorra y la chaqueta y siguió a sus padres hasta el coche detenido ante el Shanghai Club. Un grupo de chinas exhaustas, sentadas en la escalinata, revisaban los bolsos de mano, sofocadas por el vaho del petróleo que escapaba del casco escorado del Petrel y flotaba sobre el río.
Cuando el coche avanzó por el Bund, el tanque japonés había llegado ya al Palace Hotel, entre el personal que huía, los recaderos chinos con uniformes americanos galoneados, los camareros de túnicas blancas, y los huéspedes europeos con sombreros y maletas. Dos motociclistas japoneses, acompañados por un soldado armado en el sidecar camuflado, se adelantaron al tanque. De pie sobre los pedales intentaban abrirse paso entre los rickshaws y taxis triciclos, carros de caballos y bandas de coolies que se tambaleaban bajo el peso de los yugos cargados de fardos de algodón que llevaban al hombro.


Etiquetas:

domingo, 25 de enero de 2009

Un descanso ++ Ballard



Jim llegó a la casamata, una construcción de cemento en cuyo húmedo interior la luz entraba débilmente por las troneras de los cañones. Trepó al techo y examinó las matas de ortigas en busca de su avión. Estaba a seis metros, enganchado en el herrumbrado alambre de espino de la vieja trinchera. El papel de las alas se había roto en varios sitios, pero la armazón de madera balsa parecía intacta.
Jim estaba a punto de descender cuando advirtió que una cara lo miraba desde la trinchera. Había un soldado japonés completamente armado en cuclillas junto al terraplén, con el rifle, las cananas y mapas a un lado, como listos para una inspección. No tenía más de dieciocho años, y miraba a Jim con un rostro pasivo y redondo como la luna, sin mostrarse sorprendido por la aparición de ese muchacho europeo de pantalones de pana azul y camisa de seda.
Jim recorrió con los ojos la trinchera. En un madero estaban sentados otros dos soldados japoneses, con los rifles entre las rodillas. La trinchera estaba llena de hombres armados. A cincuenta metros un segundo pelotón descansaba debajo del parapeto de un bunker de tierra, fumando cigarrillos y leyendo la correspondencia. Más lejos había otros grupos de soldados, las cabezas apenas visibles entre las ortigas y las cañas de azúcar silvestres. Una compañía íntegra de infantería japonesa se encontraba en el antiguo campo de batalla, como si se hubiera reconstruido a partir de los muertos de una guerra anterior, fantasmas de antiguos camaradas salidos de sus tumbas y provistos de uniformes y raciones nuevas. Fumaban sus cigarrillos parpadeando a la luz poco familiar, los rostros vueltos hacia los rascacielos de Shanghai cuyas luces de neón brillaban a través de los arrozales desiertos.
Jim volvió la cabeza para mirar el fuselaje del caza, esperando ver al piloto muerto de pie en la cabina. Un sargento japonés se adelantaba con paso firme por las altas hierbas entre la casamata y el avión, dejando atrás una estela amarillenta. Concluyó el cigarrillo, aspirando hasta los pulmones todo el humo restante. Aunque el sargento lo ignoró, Jim sabía que había decidido qué hacer con ese chiquillo.

—¡Jamie! Todos te estamos esperando... ¡Hay una sorpresa para ti!
Su padre lo llamaba. Estaba en el centro del aeródromo, pero podía ver a los soldados japoneses en las trincheras. Tenía las gafas puestas, pero no el parche del ojo ni la chaqueta de pirata. Aunque sin aliento por la carrera desde la casa del doctor Lockwood, se obligaba a mantenerse inmóvil, en la actitud que menos pudiera inquietar a los japoneses. Los chinos, que gritaban y agitaban los brazos en los momentos de tensión, nunca lo habían comprendido.
De todos modos, a Jim le sorprendió que ese pequeño símbolo de deferencia pareciera satisfactorio al sargento. Sin mirar a Jim, arrojó lejos la colilla y saltó al zanjón. Desprendió el aeromodelo del alambre de espino y lo lanzó a las ortigas.
—Jamie, es la hora de los fuegos de artificio... —Su padre avanzaba silenciosamente por la hierba—. Tenemos que ir.
Jim descendió del techo de la casamata.
—Mi avión está ahí abajo. Supongo que puedo ir a buscarlo.
El padre miró al sargento japonés que caminaba junto al parapeto de la trinchera. Jim podía ver que a su padre le costaba hablar. Tenía el rostro tan exangüe y tenso como cuando los representantes de los trabajadores de la hilandería habían amenazado matarlo. Sin embargo, no dejaba de pensar en algo.
—Se lo dejaremos a los soldados. El que lo encuentra, se lo queda.
—¿Como las cometas?
—Así es.
—No estaba muy enojado.
—Parecen esperar a que ocurra algo...
—¿La próxima guerra?
—No lo creo.
De la mano, atravesaron el aeródromo. Nada se movió aparte de la incesante ondulación de la hierba, que ensayaba los futuros torbellinos de las hélices. Cuando llegaron al hangar el padre abrazó estrechamente a Jim como si quisiera hacerle daño, como si lo hubiera perdido para siempre. No estaba resentido con él, y parecía casi contento de haberse visto obligado a visitar el viejo aeródromo.
Pero Jim, en cambio, se sentía de algún modo culpable y enojado consigo mismo. Había perdido el modelo de madera de balsa y había atraído a su padre a un arriesgado encuentro con los japoneses. Los europeos solitarios que se cruzaban con los japoneses solían aparecer muertos a la vera del camino. Cuando llegaron a la casa del doctor Lockwood, los huéspedes ya se marchaban. Reuniendo deprisa a los niños y a las amas, trepaban a los coches y partían en convoy hacia la Zona Internacional. Con los pantalones del traje de Papá Noel y una barba de algodón, el doctor Lockwood los despedía agitando la mano mientras el señor Maxted bebía un whisky junto a la piscina vacía y los equilibristas chinos trepaban a sus escaleras y se transformaban en aves imaginarias.

Lamentando todavía la pérdida del avión, Jim se instaló entre sus padres en el asiento posterior del Packard. ¿Temían acaso que hiciera una nueva travesura si se sentaba delante, junto a Yang? Había logrado echar a perder la fiesta del doctor Lockwood y hacer improbable una nueva visita al aeródromo de Hungjao. Pensó en el caza abatido en que había invertido tanta imaginación, y en el piloto muerto cuya presencia había sentido en la cabina herrumbrada.
A pesar de estos tropiezos, Jim se sintió contento cuando su madre le dijo que dejarían la casa de la Avenida Amherst por unos días para instalarse en la suite de la empresa en el Palace Hotel. Los exámenes de la Cathedral School empezaban el día siguiente, con geometría y las Escrituras. Como la catedral estaba a unos pocos cientos de metros del hotel, tenía mucho tiempo para el repaso la mañana siguiente. A Jim e atraían las Escrituras, especialmente ahora que era ateo, y siempre le divertía el saludo habitual del reverendo Matthews (“Aquí está el primer pagano, y el mayor de todos...»).
Jim esperó en el Packard mientras sus padres se cambiaban y el equipaje era guardado en el maletero. Cuando traspusieron el portal, miró la figura inanimada del viejo mendigo en su estera deshilachada. Podía ver la huella del Firestone del Packard en el pie izquierdo del hombre. Hojas y tiras de periódico le cubrían la cabeza; ya empezaba a ser parte de los informes desperdicios de donde había emergido.
Jim sentía compasión por el viejo mendigo, pero por alguna razón sólo podía pensar en el pie con la huella del neumático. Si hubiesen ido en el Studebaker del señor Maxted, las huellas habrían sido diferentes, el anciano hubiera sido marcado con el diseño de la Goodyear Company...
Procurando distraerse de estos pensamientos, Jim encendió la radio del coche. Siempre le agradaban los paseos nocturnos por el centro de Shanghai, esa ciudad eléctrica y extravagante, más excitante que ninguna otra del mundo. Cuando llegaron a la Calle del Pozo Burbujeante apretó la cara contra la ventanilla y miró las aceras en que se alineaban garitos y clubes nocturnos, repletos de chicas y gangsters y mendigos opulentos con guardaespaldas. A diez mil kilómetros de distancia, y del otro lado del meridiano horario, eran las primeras horas de la madrugada del domingo y los americanos de Honolulú dormían; pero Shanghai, adelantada un día en el tiempo como en todo lo demás, se preparaba para comenzar una nueva semana. Muchedumbres de espectadores se abrían paso hacia los estadios de jai alai, bloqueando el tránsito en la Calle del Pozo Burbujeante. Un furgón blindado de la policía, con dos ametralladoras Thompson montadas en una torreta de acero encima del conductor, giró delante del Packard y despejó la acera. Un grupo de jóvenes chinas con vestidos cubiertos de lentejuelas tropezó con el ataúd de un niño, adornado con flores de papel. Con los brazos enlazados pasaron con dificultad ante la parrilla del Packard y se deslizaron junto a la ventanilla de Jim, golpeando el parabrisas con las manitas y gritando obscenidades. Cientos de muchachas eurasiáticas, con abrigos de pieles largos hasta el tobillo, aguardaban en las hileras de rickshaws detenidos ante el Park Hotel, silbando entre dientes a los residentes que emergían de la puerta giratoria, mientras sus chulos discutían con las parejas checas y polacas, vestidas con ropas decorosas y remendadas, que intentaban vender sus últimas joyas. Cerca, ante los escaparates de la gran tienda Sun Sun en la Calle Nankín, un grupo de jóvenes judíos europeos peleaba entre la multitud con una pandilla de alemanes algo mayores que exhibían la esvástica en los brazales del Graf Zeppelin Club. Perseguidos por las sirenas policiales, corrieron a refugiarse en el cine Cathay, el más grande del mundo, ante cuyas puertas se agolpaba una multitud de mecanógrafas y empleadas chinas, de carteristas y mendigos, para ver a la gente de la función nocturna. Al descender de los coches, las mujeres se recogían las largas faldas entre una guardia de honor de cincuenta jorobados en ropas medievales. Tres meses antes, cuando Jim fue con sus padres al estreno de El jorobado de Nôtre Dame, la administración del cine había contratado a doscientos jorobados de todos los callejones de Shanghai. Como siempre, el espectáculo fuera del cine superaba al de la pantalla; Jim estaba contento de ver las calles de la ciudad, lejos de los noticiarios y la incesante evocación de la guerra.
Después de la cena, en su dormitorio del décimo piso del Palace Hotel, Jim trataba de no dormir. Escuchó el zumbido de un hidroavión japonés que amaraba en el río, en la base de la aviación naval de Nantao. Pensó en el caza destrozado del aeródromo de Hungjao, y en el aviador japonés cuyo puesto había ocupado esa tarde. Quizá el espíritu del piloto muerto había entrado en él, y los japoneses participarían en la guerra del lado de los ingleses. Jim soñó con la guerra inminente, con un noticiario donde él estaba vestido con traje de aviador en la cubierta de un portaaviones silencioso, listo para acompañar a esos hombres solitarios de la nación insular del Mar de la China, transportado con ellos a través del Pacífico por el espíritu del viento divino.


Etiquetas:

martes, 23 de diciembre de 2008

++ y + Ballard

El aeródromo abandonado

Imaginando la respuesta, Jim bajó de la terraza. Corrió por el césped hasta más allá de las escardadoras, lanzando el avión por encima de sus cabezas. Las mujeres no le hicieron caso; siguieron cortando la hierba con sus cuchillos, pero Jim siempre sentía un leve estremecimiento de horror cuando se acercaba demasiado. Podía imaginar lo que ocurriría si se desvanecía delante de ellas.

En el ángulo sudoeste del terreno estaba la antena de radio del doctor Lockwood. Los tensores habían desplazado una parte de la cerca de madera, y Jim pasó por la abertura a un campo inculto. En el centro, entre la caña de azúcar silvestre, había un túmulo sepulcral, y los ataúdes podridos sobresalían de la tierra suelta como los cajones de una cómoda.



Jim echó a andar a través del campo. Cuando pasó junto al túmulo se detuvo a mirar los ataúdes sin tapa. Los esqueletos amarillentos estaban envueltos en el lodo arrastrado por las lluvias, como si esos pobres campesinos hubiesen sido amortajados en lechos de seda. Una vez más asombró a Jim el contraste entre los cuerpos impersonales de los nuevos muertos, que veía todos los días en Shanghai, y esos esqueletos entibiados por el sol, cada uno un individuo. Le intrigaban las calaveras, de dientes torcidos y cuencas de mirada oblicua. En muchos sentidos, los esqueletos estaban más vivos que los campesinos que por breve tiempo habían arrendado esos huesos. Jim se tocó el mentón y las mejillas, tratando de imaginar su propio esqueleto al sol, descansando en la paz de ese campo, a la vista del aeródromo desierto.

Abandonando el montículo sepulcral y su familia de huesos, Jim atravesó el terreno hasta una hilera de álamos agostados. Subió por unos bastos escalones de madera a un arrozal seco. A la sombra del cerco yacía el coriáceo cadáver de un búfalo de agua. Pero no había nadie más en el paisaje desierto, como si todos los chinos de la cuenca del Yangtsé hubiesen abandonado el campo para refugiarse en Shanghai.

Sosteniendo el modelo de madera de balsa por encima de la cabeza, Jim corrió por el arrozal hasta un edificio de hierro situado en un terreno más alto, a unos cien metros hacia el oeste. Los restos de un camino de cemento, cubiertos de ortigas y cañas de azúcar, pasaban junto a una ruinosa caseta y llegaban a un mar abierto de hierba salvaje.

Era el aeródromo de Hungjao, un sitio mágico para Jim, donde el aire llevaba excitaciones y sueños. Allí estaba el hangar de metal galvanizado; poco más quedaba de ese aeródromo militar desde donde los cazas chinos habían atacado a las columnas japonesas de infantería que avanzaban sobre Shanghai en 1937. Jim entró en las hierbas altas hasta la cintura. Como el agua del mar en Tsingtao, debajo de la superficie cálida había un mundo fresco movido por corrientes misteriosas. El vivo viento de diciembre agitaba la hierba, como si las hélices de unos aviones invisibles dibujaran torbellinos alrededor. Escuchando atentamente Jim casi podía oír el ruido de los motores.

Jim lanzó al aire el aeromodelo. Ya estaba aburrido de ese pequeño planeador. Allí donde estaba jugando, los pilotos chinos y japoneses, en traje de vuelo, se ajustaban las antiparras antes de despegar para el ataque. Jim vadeó las hierbas más altas, que le llegaban a los hombros. Miles de tallos se arremolinaban en torno de los pantalones de pana y la camisa de seda, como si intentaran identificar a ese aviador en miniatura.

Un simple zanjón era el límite sur del aeródromo. Entre las ortigas asomaba el fuselaje de un caza japonés monomotor, quizá derribado cuando trataba de aterrizar en la pista de hierba. Le habían quitado las alas, la hélice y la cola, pero la cabina estaba intacta, el metal herrumbrado del asiento y los mandos descoloridos por la lluvia. Por las cubiertas plegadas del radiador Jim podía ver los cilindros del motor que había impulsado a ese avión y a su piloto por el cielo. El metal, en un tiempo bruñido, era ahora oscuro y áspero como piedra pómez, como los cascos de los submarinos oxidados amarrados en la caleta del Tsingtao, debajo de las fortificaciones alemanas. Pero a pesar de la herrumbre, ese caza japonés pertenecía todavía al cielo. Durante meses Jim había pensado en cómo podría convencer a su padre de que lo llevara a la Avenida Amherst. Por la noche podría tenerlo junto a la cama, iluminada por los noticiarios que se le encendían en la cabeza.
Jim apoyó su modelo de madera de balsa en la cubierta del motor, trepó sobre el parabrisas y se dejó caer en el asiento metálico. Sin el paracaídas que era el cojín del piloto, Jim estaba sentado sobre el suelo de la cabina, en una caverna de metal oxidado. Miró los botones de los instrumentos con ideogramas japoneses, los timones, la palanca del tren de aterrizaje. Debajo del panel de instrumentos podía ver las aberturas para las ametralladoras y el mecanismo sincronizador conectado con el eje de la hélice. Una atmósfera poderosa se cernía sobre la cabina, la única nostalgia que Jim había conocido nunca, la memoria intacta del piloto que había estado ante esos mandos. ¿Donde estaba ahora el piloto? Jim pretendió manipular los controles, como si esa acción simpática pudiera evocar el espíritu del aviador muerto mucho antes.

Había una cinta metálica con una columna de caracteres japoneses clavada al tablero, debajo de uno de los cuadrantes empañados; una lista de presiones del colector o de ángulos de inclinación. Jim la desprendió de los carcomidos bulones, se puso de pie y Ia guardó en el bolsillo de sus pantalones de pana. Trepó fuera de la cabina y pasó a la cubierta del motor. Los brazos y hombros se le estremecían por las confusas emociones que invariablemente ese avión en ruinas desencadenaba en él. Exaltado, lanzó al aire el aeromodelo.
Atrapado por el viento, el planeador se elevó velozmente sobre el perímetro del campo de aterrizaje. Resbaló sobre una antigua casamata de cemento y cayó más allá, en la hierba. Impresionado por este rápido vuelo, Jim saltó del avión y corrió hacia la casamata con los brazos extendidos como si ametrallara a los insectos alados.
—Ta-ta-ta-ta-ta... Vera-Vera-Vera...

Del otro lado del zanjón había un viejo campo de batalla de 1937. Allí, una vez más, los ejércitos chinos habían intentado en vano contener el avance japonés sobre Shanghai. La ruinosas trincheras se extendían en zigzagues; una derrumbada pared de tierra unía un grupo de túmulos en el cauce de un canal en desuso. Jim recordó que había visitado Hungjao con sus padres en 1937, pocos días después de la batalla. Grupos de europeos y americanos iban allí desde Shanghai y detenían sus coches en los caminos rurales cubiertos de cápsulas de balas. Las señoras con sus vestidos de seda y los hombres en traje gris paseaban entre los escombros de la guerra, ordenados para ellos por una escuadrilla de demolición. A Jim el campo de batalla le pareció sobre todo un basural peligroso; dispersas al borde del camino había cajas de municiones y granadas en serie; rifles apilados como cerillas y piezas de artillería todavía uncidas a cadáveres de caballos. Las correas de munición de las ametralladoras corrían por el césped como pieles descartadas de serpientes barrocas pero ponzoñosas. Alrededor estaban los cuerpos de los soldados chinos muertos. Cubrían las márgenes de los caminos y flotaban en los canales, apretujándose en torno de los pilares de los puentes. En las trincheras, entre los túmulos, cientos de soldados muertos permanecían sentados, con la cabeza apoyada sobre la tierra removida como si se hubieran dormido juntos, sumidos en un profundo sueño de guerra.


Etiquetas:

jueves, 18 de diciembre de 2008

Sueñan los androides con escritores muertos?

(para bajar un poco) Excelente texto de Gamerro del Radar del Domingo

La realidad no es la única verdad x Carlos Gamerro

Este diciembre se cumplen 80 años del nacimiento de Philip K. Dick. Pero mucho más importante que la efemérides es la rotunda vigencia de su literatura en el imaginario del presente y el futuro que el cine inspirado en sus libros ha construido en los últimos treinta años. Por eso, recorrer esas películas es recorrer el pensamiento del escritor que, como un “Borges casero y americano” (en palabras de Ursula K. LeGuin), anticipó uno de los mayores dilemas filosóficos de nuestra época: el reemplazo del mundo real por el virtual.



No es necesario argumentar que todo el cine de ciencia ficción que importa, de los ’80 a esta parte, consta de adaptaciones de la obra de Philip K. Dick; basta con enumerar: la serie empieza con Blade Runner (1984) la película de Ridley Scott que les señalaría el rumbo a todas las siguientes; sigue con la también clásica Total Recall (1990) de Paul Verhoeven (conocida entre nosotros como El vengador del futuro), Minority Report (2002) de Stephen Spielberg y A Scanner Darkly (2006) de Richard Linklater, sin dejar por el camino a las menos influyentes Screamers (1995) e Impostor (2001), Paycheck (2003) de John Woo y la más reciente Next (2007), de Lee Tamahori. A éstas se agregan dos adaptaciones no reconocidas: The Truman Show (1998) de Peter Weir, inspirada por Tiempo desarticulado (1959) y Abre los ojos (1997) de Alejandro Amenábar, que incorpora muchos elementos de Ubik (1969). Las películas que no están basadas en ninguna obra de Dick en particular, pero que resultarían impensables sin el universo ficcional que éstas construyeron, incluyen a las dos primeras Terminator (1984 y 1991) de Cameron, la tres Matrix (1999 y 2003) de los hermanos Wachowski, eXisTenZ (1999) de David Cronenberg, e Inteligencia artificial (2001) de Spielberg.

Sería cuestionable este recurso de justificar a un escritor a partir de las adaptaciones cinematográficas de su obra, si no se tratara de este escritor, y de este género en particular. Desde su invención, el cine se ha convertido en el medio “natural” de la ciencia ficción; el que mejor acomoda sus recursos formales (todos esos gadgets que resultan tan ridículos cuando son nombrados y tan atractivos cuando meramente vistos) y vehicula sus efectos sociales: en literatura, la ciencia ficción no ha dejado de ser un subgénero para fans y freaks, mientras que las pantallas grandes o chicas han logrado convertirla en un género mainstream, y es a través de éstas que ha entrado en la imaginación colectiva y contribuido a modelar nuestro mundo. Pero éste, además, era un escritor descuidado, obligado a escribir rápido, por poca plata, para un público poco exigente; de no ser por el cine, nunca hubiera pasado de mero autor de culto.

A Hitchcock le gustaban las novelas con buenas ideas, con buenas tramas, con personajes planos que pudieran servir de soporte a las acciones más disímiles, de una ejecución desmañada o incompleta que le permitiera al director lucirse y convertirse en el verdadero autor; y a Dick, que no llegó a ver ninguna de todas esas adaptaciones (murió de un infarto cuatro meses antes del estreno de Blade Runner), no le hubiera molestado la paradoja: después de todo, una de las figuras más habituales en su obra es la de la copia o la versión que llega a ser más fiel, más verdadera que el original. Dick fue el único (con la posible excepción del polaco Stanislav Lem) que la pegó con lo que sería el tema dominante de la ciencia ficción futura –es decir, la actual: ni los viajes al espacio ni el control de los individuos por el Estado ni el contacto con extraterrestres (aunque todos estos motivos aparezcan en su obra), sino el gradual reemplazo del mundo real por el mundo de las representaciones y las réplicas; la era del simulacro y la simulación virtual–.

La buena ciencia ficción es siempre filosófica. Dick estudió filosofía en la Universidad de Berkeley, y si su obra está recorrida por preocupaciones metafísicas y éticas, el eje está puesto en el tema del conocimiento y es la filosofía del obispo irlandés la que guía sus indagaciones. “Comprenderla [a la doctrina de Berkeley] es fácil; lo difícil es pensar dentro de su límite” observa Borges en su “Nueva refutación del tiempo”; Dick se dedicó a ejercer tozudamente esa dificultad. Su obra plantea una y otra vez cómo vivir en el mundo cuando de lo único que podemos dar fe es de la realidad de nuestras percepciones, y cuando éstas, en un contexto de memoria falible, drogas psicotrópicas y manipulación informativa, resultan cada vez menos confiables. Su obra se ve recorrida por tres preguntas acuciantes, o la misma pregunta que se expande en círculos concéntricos: ¿Qué es la identidad personal? ¿Qué es lo humano? ¿Qué es lo real? Y una más que las abarca: ¿Cómo saber si las respuestas que damos a esas preguntas son verdaderas o son fruto de un engaño al que nos someten y sometemos? Si hay un dios en el mundo de Dick, es el genio maligno de Descartes.

En cuanto a la primera pregunta, Dick, como el Inmortal de Borges, sabía que la identidad personal es un constructo que depende de una de las más frágiles y falibles de nuestras facultades, la memoria individual. Douglas Quail, el protagonista de “Podemos recordarlo por usted al por mayor”, imposibilitado de cumplir su sueño de viajar a Marte como agente secreto, contrata los servicios de una compañía que le implantará la memoria artificial (pero que él vivirá como auténtica) de haber estado allí. Pero en el transcurso del implante los técnicos descubren que se trata de un verdadero agente secreto que efectivamente ha estado en Marte, cuya memoria, borrada por sus empleadores, es decir, empujada a su subconsciente, reemerge ahora, activada por el implante. Luego de este auspicioso comienzo, el cuento de Dick se desbarranca. La inteligente adaptación de Paul Verhoeven, Total Recall, lo toma en ese punto y le da un giro inevitable (así lo hubiera visto el propio Dick, si se hubiera tomado un par de días más para pensarlo): Quail recibe un mensaje grabado de su yo original, Hauser, quien le explica que es apenas el sueño de otro hombre: un personaje, creado por él cuando decidió volverse contra Cohaagen, el villano que domina Marte. Pero luego Quail descubre que lo han usado como señuelo para eliminar al líder de la revuelta marciana, que todo ha sido un plan de Hauser y Cohaagen. Quail se rebela y logra evitar que le reimplanten la memoria de Hauser: así, en una vuelta de tuerca al clásico tema del doble, la copia “buena” termina derrotando al original “malo” y reemplazándolo. “Un hombre es quien es por sus actos, no por su memoria”, escucha Quaid en un momento decididamente existencialista de la película y, a pesar de su formulación ciertamente más banal, este deslizamiento desde la metafísica a la ética puede traer a la mente al Cruz de Borges, que abjura de su pasado y se ve a sí mismo “en un entrevero y un hombre” (“Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”).

Si 2001, Odisea del espacio (1968) es el broche de oro de la larga tradición épica del cine de ciencia ficción optimista, que nos vaticina un futuro pulcro y aséptico a través de una pantalla renacentista (el mismo Kubrick intentaría salirse del modelo desperdigando un poco de basura en los sets todavía demasiado limpitos de La naranja mecánica), la nueva era se inicia con el cine de Ridley Scott: con Alien, pero sobre todo con Blade Runner, basada en la novela de Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968): una pantalla decididamente barroca, degradación, decadencia, óxido y mugre (¿por qué, después de todo –la pregunta era tan obvia que uno se pregunta por qué nadie se la había hecho antes– una nave espacial en uso va a estar menos sucia y oxidada que un viejo barco de carga?). Esencial a este modelo es el cruce, en Blade Runner, con el otro gran aporte de la literatura pulp, el género negro: Scott convierte a Deckard, el protagonista, en un Philip Marlowe del siglo XXI, completo con su impermeable y la narración en off, que desaparece del “director’s cut” –-no necesariamente mejor que la versión originalmente estrenada–. El mundo de Blade Runner está saturado de copias; copias de animales (que se han extinguido) y de seres humanos: la memorable escena inicial presenta un test que permite reconocer a los androides, aquí llamados replicantes, de los humanos, por la ausencia de ciertas reacciones emocionales; notablemente, la empatía (la posterior Inteligencia artificial da vuelta el dilema: ¿qué si un androide es programado para una vida emocional sin límites?). Los replicantes tienen un plazo de vida mucho más corto que los humanos; Deckard, encargado de “retirarlos”, termina enamorándose de Rachel, nuevo modelo sin fecha de vencimiento y que, para peor, no tiene conciencia de serlo, pues le han implantado una memoria artificial, “humana” –lo cual tiene el molesto efecto colateral de introducir en cada ser humano un principio de incertidumbre: ¿Si un androide puede no saber que no es humano, cómo puede un humano saber si no es un androide?, situación análoga a la de esos soñadores borgeanos que se preguntan si no serán, ellos mismos, el sueño de alguien–. Finalmente Deckard es perseguido por el más cruel y despiadado de los androides, pero éste (inolvidablemente interpretado por Rutger Hauer) decide, antes de morir, salvarle la vida. Nuevamente, no es la factura ni la memoria lo que determina la pertenencia al género humano, sino la presencia o ausencia de esa cualidad tan elusiva denominada “humanidad”: aquí, la compasión, el respeto por la vida en todas sus manifestaciones. No se nace humano o androide, se elige serlo: y en un mundo donde tantos humanos lo olvidan, son los androides los encargados de recordarlo. El título Blade Runner, tanto mejor –más cortante– que el de la novela original, fue tomado (con permiso) de un texto de William S. Burroughs, ínfimo dato que resume una diferencia fundamental entre los dos autores más sostenidamente geniales de la ciencia ficción moderna. Burroughs era, fundamentalmente, un escritor, un artífice de las palabras: su prosa es de las más ricas que la lengua inglesa, y su experimentación formal con las posibilidades del azar lo ponen a la par de John Cage y los surrealistas. Para Dick, las palabras nunca fueron más que un medio, y también por eso es fácil considerar sus novelas como obra en tránsito y las películas como punto de llegada.

En A Scanner Darkly, novela que en muchos aspectos es un retrato bastante fidedigno de la clase de vida que Dick llevaba en la California de los ’70, el protagonista, Bob Arctor, sufre una disociación psicótica producida por, a saber: la droga conocida como “Sustancia D” (por Death); su doble vida como Fred, el agente encubierto de narcóticos; y el uso de un “traje mezclador” que vela su apariencia ante la mirada de los demás y, eventualmente, ante la suya. Fred, cuya identidad como Arctor es desconocida hasta por sus propios jefes, es enviado a investigarse a sí mismo: mientras la disociación se mantenga operativa, ambos pueden llevar sus vidas separadas; pero cuando Fred se entera de que Arctor es él mismo, termina “quemado”. La novela se hace eco de la paranoia generalizada de los años de la Guerra Fría y del macartismo, y de la más específica del propio Dick, que se creía vigilado por el FBI (todo indica que estaba en lo cierto; como alguna vez dijo Burroughs, “paranoia es cuando uno tiene todos los datos”). La película de Richard Linklater se realizó con la técnica que el director había desarrollado para su anterior Waking Life (2001), sobre un tema análogo, la relación entre los sueños y la vigilia: los actores son filmados de la manera habitual y luego los animadores trabajan este metraje digitalmente. Algunos actores, como Keanu Reeves y Robert Downey Jr., siguen siendo fácilmente reconocibles; otros, como Woody Harrelson o Winona Ryder, se ven muy cambiados. Cuando a la figura animada de Keanu Reeves se le superpone, además, el “traje mezclador de Fred”, la técnica se revela como sentido: tanto a nivel de la forma visual como de la trama, sucesivas capas de representación van recubriendo un cada vez más remoto original, sin que falten las inversiones y las paradojas; entre ellas, la del impostor que en un programa de TV cuenta cómo se hizo pasar por un gran cirujano, un físico de Harvard, un Premio Nobel de Literatura y un presidente argentino depuesto casado con –aquí se interrumpe la lista–. ¿Cómo lo hizo? pregunta Arctor. No lo hizo, es la respuesta. No tuvo que tomarse el trabajo de hacerse pasar por ninguno de ellos. Hizo algo más fácil: se hizo pasar por impostor en el programa de TV.

El título es una revisión tecnológica de 1 Corintios 13:12, cita bíblica que cifraba las esperanzas del autor: “Ahora vemos por espejo, en oscuridad; mas entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como soy conocido”, y es a partir de ella que la novela trasciende la denuncia de la manipulación y de la vigilancia para adentrarse en el terreno de la preocupación metafísica: “Si el scanner ve apenas en oscuridad, como yo, entonces estamos malditos, y otra vez malditos como siempre lo hemos estado; terminaremos todos muertos, sabiendo muy poco, y lo poco que sepamos estará equivocado”. Si no podemos sustraernos a la vigilancia del Estado, parece decir Arctor, al menos nos quedaría el consuelo de que esa vigilancia quizá pueda ver en nosotros claramente: ¿pero qué sentido tiene la vigilancia si el scanner ve tan oscuramente como nosotros, si no hace más que generar sus propios fantasmas? El problema con un reflejo, le explican en otro momento de la novela, no es que no sea real (nada lo es, y si lo es, no tenemos manera de distinguirlo de sus copias o representaciones) sino que está al revés. Vemos el universo al revés, y sólo Dios, como explica San Pablo, podrá corregir nuestra mirada (el Dios de Dick, aquí, cumple la misma función gnoseológica que el de Borges: la de dar la medida del desconocimiento humano).

Dos películas toman como eje las paradojas inherentes a la adivinación del futuro, que la literatura viene explotando desde Edipo rey de Sófocles en adelante. En el mundo de The Minority Report (1958) el crimen ha sido eliminado, porque la fuerza policial, que interpretando las murmuraciones de tres autistas o “precognitores” capaces de ver el futuro inmediato, puede arrestar al criminal antes de que cometa su crimen: si bien el cuestionable fundamento ético del procedimiento es tratado en los diálogos, lo que estructura la trama no es el dilema ético sino una paradoja lógica: un “precognitor” predice que el director del departamento cometerá un asesinato; éste, al saberlo, intentará evitarlo, conducta que ya ha sido predicha por un segundo “precognitor”; el tercero incorporará las predicciones de los otros dos para hacer una tercera predicción. El futuro se fragmenta y subdivide, creando tiempos y mundos a la manera de “El jardín de senderos que se bifurcan”. La adaptación de Spielberg, en este caso, no es ni una recreación integral, como Blade Runner, ni la continuación feliz de un argumento inconcluso, como Total Recall, sino mero maquillaje, consistente en el agregado de elementos melodramáticos (la historia del hijo secuestrado) y de un final feliz para los “precognitores” (cuya situación lo tiene a Dick más bien sin cuidado). Todo lo que importaba, en este caso, estaba completo en el relato original.

La película Next, del director neocelandés Lee Tamahori, basada en The Golden Boy, es una variación más simple de la misma lógica. El protagonista es un vidente verdadero que se hace pasar por mago de vodevil (otra inversión barroca, a la manera del imitador antes mencionado); el concepto central: “cada vez que echamos un vistazo al futuro, éste cambia, porque lo hemos mirado” es el mismo que en el relato anterior. La película, protagonizada por un anodino Nicholas Cage y una deslucida Julianne Moore, pronto se convierte en mero soporte de explosiones y persecuciones; cerca del final, previsiblemente descubrimos que todo lo que hemos visto no fue sino una de las visiones anticipatorias de Cage, que al saber que todo termina mal elige otro camino y llega a un desenlace más feliz. Cerca del final se incluye una secuencia que parece inspirada directamente en Borges: Nicholas Cage anticipa su recorrido por los pasillos de una intrincada fábrica, y en cada encrucijada se bifurca o trifurca en nuevos Nicholas Cage que exploran todos los recovecos para descubrir de dónde saltarán, en los distintos futuros inmediatos, los ahora agazapados terroristas.

Quizás a causa del prejuicio hitchcockiano antes mencionado, las dos mejores novelas de Dick nunca fueron llevadas a la pantalla. El hombre en el castillo es su primera novela lograda, y la muestra de lo que el autor era capaz, cuando se tomaba su tiempo. Dick toma un género deleznable, el de la historia alternativa, y dentro de sus parámetros, la más predecible de sus preguntas: ¿Qué hubiera pasado si los alemanes y los japoneses ganaban la Segunda Guerra? La respuesta es: unos Estados Unidos divididos en Costa este ocupada por Alemania, Costa oeste ocupada por los más moderados japoneses, y un área “neutral” en el centro. ¿Qué distingue a esta novela de otros ucrónicos bodrios perpetrados a posteriori, como La solución final, de E. Norden, o Fatherland, de Robert Harris? Fundamentalmente, sus juegos barrocos. Puesta en abismo, primero: en el mundo ficcional de la novela, un autor, Hawthorne Abendsen (nombre significativo, el primero), escribe una novela de historia alternativa, La langosta se ha posado, que imagina lo que hubiera sucedido si los aliados ganaban la guerra. Esta lógica, a su vez, se subordina a otra: tanto una versión como la otra son meras posibilidades de un azar combinatorio sistemático, aquí manifestado en los hexagramas del I Ching, que crean distintas realidades posibles. Finalmente, la inversión: los protagonistas de la novela descubren, gracias al I Ching, que viven en un mundo de ficción, y que en el real, los aliados ganaron la guerra; lo cual parece sugerir que hemos vuelto al punto de partida, con la salvedad de que el mundo de La langosta no es igual al nuestro, los aliados ganaron de distinta manera (fracasa el ataque a Pearl Harbor, japoneses y alemanes luchan por separado), o sea, según otro hexagrama. Estas paradojas metafísicas tienen su correlato ético: Dick intenta, no conciliar, porque son en esencia inconciliables, sino poner lado a lado dos concepciones incompatibles sobre el bien y el mal: la taoísta de los japoneses, según la cual el mal es relativo, el yin del yang, parte ineludible y hasta virtuosamente necesaria del equilibrio del universo; y la que parecen encarnar los nazis, la de un mal de existencia independiente, que aspira a derrotar al bien y reinar supremo.

En Ubik los dos reinos que se cruzan en la conciencia de los protagonistas son los de la vida y de la muerte. En el futuro, la ciencia logra prolongar la vida psíquica varios meses después de la muerte del cuerpo. Un equipo de agentes (telépatas, precognitores, etc.) es víctima de un atentado en el que muere su jefe. Pero luego el mundo que habitan sufre extrañas degradaciones, parece fugar hacia el pasado (otro tema favorito de Dick, la regresión temporal): finalmente los agentes entienden que son ellos los que han muerto, y su jefe sobrevivido. Ubik nunca fue llevada al cine (aunque hay rumores de que esto sucedería en 2009), o tal vez, nunca ha dejado de serlo: esta confusión del muerto que sueña el sueño de la vida ha sido explotada en muchas películas recientes, las más notables Sexto sentido y, nuevamente de Alejandro Amenábar, Los otros.

Se suele culpar al mercado de la ciencia ficción de los ’50-’70 por la baja calidad de los escritos de Dick, y por esa hiperproductividad obligada que, entre otras cosas, lo llevaría a la muerte. Pero lo cierto es que él eligió ese medio como el más adecuado a su temperamento e intereses. Por un lado, Dick era un escritor compulsivo (como lo prueban las miles de páginas de su Exégesis, el diario que llevó durante los últimos ocho años de su vida, intentando explicarse una experiencia mística alcanzada o padecida el 3 de febrero de 1974). Por el otro lado, tomaba demasiadas drogas. Ultimo y principal, tenía demasiadas ideas. Borges también, pero como era mucho mejor escritor, descubrió –o creó– un vehículo adecuado para su inventiva: el cuento-resumen, el cuento que, como el tratamiento cinematográfico, condensa en dos o tres páginas el argumento de una novela. “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen”, escribió en su prólogo a Ficciones. Dick, en cambio, se propuso escribir esos libros, a razón de tres por año. No es casual que haya terminado, como tantos de sus personajes, friéndose el cerebro.

A lo largo de este texto he insistido, algo machaconamente, en los paralelismos entre la obra de Dick y la de Borges. No soy el primero en hacerlo: nada menos que Ursula K. LeGuin ha visto en él a “un Borges casero y americano”. Dadas todas estas coincidencias, resulta sorprendente considerar que quizá nunca se hayan leído: yo, al menos, no he logrado encontrar ninguna prueba al respecto. El encuentro no era de antemano imposible: Borges era un lector bastante asiduo del género, como lo prueban sus prólogos, entre otros, a las obras de H. P. Lovecraft, Ray Bradbury y Olaf Stapledon; y el norteamericano podría haberse cruzado con los escritos del sudamericano sobre todo a partir de los ‘60, cuando empiezan las traducciones al inglés: William Gibson, uno de los fundadores del ciberpunk y por lo tanto discípulo directo de Dick, describe la experiencia fundante de leer a Borges en su adolescencia como la de quien recibe una instalación de nuevo software en su cerebro. ¿Qué explicación dar, entonces, a tan marcadas coincidencias? Una hipótesis ficcional podría presentar a Dick como la copia imperfecta, en un universo degradado, de la suprema y por momentos inhumana perfección borgeana, un replicante que salió fallado de fábrica y es, por eso, por momentos, más humano. Otra, más histórica, debería recordar que ambos abrevaron en las mismas fuentes: los textos de los gnósticos, aquellos teólogos de los primeros siglos de la cristiandad que entre el Dios omnisciente, omnipotente y bondadoso y esta inexplicablemente fallida creación y criaturas, insertaron una pululación de deidades intermedias, torpes demiurgos o hacedores incompetentes, locos o meramente malignos.

Lo más importante, de todos modos, es que Borges y Dick, cada uno a su manera, exploraron lo que desde hace cuatro siglos se ha vuelto, crecientemente, nuestro tema: el reemplazo del mundo “real” por las representaciones del mundo. Desde el barroco en adelante, una serie de artistas y escritores tomaron conciencia de esta división entre el mundo y sus representaciones: entre las cosas y las palabras, entre el modelo y el cuadro, el objeto y su reflejo en un espejo, la vigilia y los sueños, el mundo y el teatro, la locura y la cordura, la percepción y las memorias que de ellas guardamos. Cervantes, Calderón y Velásquez, por mencionar sólo a los más prominentes, se hicieron cargo de explorar las discrepancias cada vez más notorias entre los dos órdenes, y al explorarlas, ahondarlas, y multiplicar sus paradojas. Fue Borges el encargado de trasladar este repertorio de figuras a nuestro tiempo y continente, manteniéndolo básicamente inalterado; y fueron Bioy Casares y Cortázar quienes cruzaron el límite hacia la ciencia ficción, explorando algunas de las paradojas inherentes a los nuevos modos de reproducción mecánica (la fotografía, en ambos; la reproducción total de todas las percepciones en La invención de Morel). Pero si alguien exploró sistemáticamente todas las opciones que las nuevas tecnologías ofrecían, tanto las efectivamente realizadas (cine, computación, robótica) como las todavía imaginarias (implantes de memoria, biónica), ése fue Philip Dick. Adecuadamente, entonces, fue una de estas tecnologías, el cine, y no el viejo medio del papel y la tinta, que hizo de sus imaginaciones un engranaje fundamental de la nueva maquinaria del mundo.

Como Leibniz (que luego se desdijo) y Blanqui en sus respectivas filosofías; como Borges y Bioy Casares en sus ficciones, Dick creía en la existencia simultánea de numerosos mundos posibles, de múltiples realidades “convergentes, divergentes y paralelas”. Sin llegar a los extremos del preceptor Pangloss, versión volteriana de Leibniz, que quería convencernos de que habitamos en “el mejor de los mundos posibles”, Dick era moderadamente optimista, como se desprende de una frase suya que se ha convertido en título de una colección de sus escritos: Si este mundo te parece malo, deberías ver algunos de los otros.

Etiquetas:

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Cómo tu abogado te recomiendo que...

Bellísimo texto de Juan Forn en la contratapa de hoy de Página 12

El último de los aztecas

Muchos lo conocieron con la cara (y la panza) de Benicio del Toro, en la película que hizo Terry Gilliam sobre Miedo y asco en Las Vegas. Pero su nombre en la vida real no era Dr Gonzo (“mi abogado samoano, ciento cincuenta kilos de gargantuesco apetito por cuantas bebidas, drogas y actividades peligrosas se hayan inventado en este planeta”) sino Oscar Zeta Acosta y, en su breve y rotunda trayectoria profesional, dejó unas cuantas evidencias de que existió, aunque parezca el mejor de los personajes inventados por Hunter Thompson (que no inventó un solo personaje en sus libros, salvo él mismo).



La leyenda dice que Thompson se proponía cubrir una carrera de motos en el desierto de Nevada para una revista deportiva “cuando los ácidos empezaron a hacerme efecto” y terminó inventando él solo la versión hardcore del Nuevo Periodismo, descontrolando Las Vegas con su “abogado samoano” y enviando a Rolling Stone, desde la habitación 1483 del Hotel Flamingo, un manojo de notas delirantes que se convertirían en “la más lúcida e insobornable necrológica de los años ’60” según Tom Wolfe.

Cuando Miedo y asco en Las Vegas apareció en dos entregas sucesivas de la Rolling Stone, ilustradas por el demente Ralph Steadman, muchos pensaron que lo de “abogado samoano de ciento cincuenta kilos” era una joda con la que Thompson retrataba en clave a su compañero de tropelías Steadman, legendariamente expulsado por borracho del periodismo inglés. Pocos repararon, unos meses después, cuando Rolling Stone publicó el siguiente trabajo de Thompson (“Strange Rumblings in Aztlán” sobre el asesinato del periodista chicano Rubén Salazar por la policía de Los Angeles durante los disturbios de agosto de 1970), que el activista que Thompson mencionaba en su nota como “el Malcolm X chicano” (según lo había definido el FBI), el hombre que se atrevía a desafiar en solitario a todo el poder californiano convocando a su colectividad a sumarse a las filas del Brown Power (“Poder Morocho”), era el mismo abogado samoano que tomaba ácidos como confites y proponía fornicar con todo el cuerpo de baile del Caesar’s Palace en Miedo y asco en Las Vegas.

Acosta estudió abogacía de noche, trabajó para la fiscalía de Oakland hasta que se cansó del maltrato a los chicanos, movilizó a su comunidad a participar en actos de desobediencia civil, compartió escenario con Angela Davis y Abbie Hoffman, escribió dos libros que fueron la piedra fundadora de un movimiento literario llamado indistintamente Chicanismo y La Raza, y desapareció de la faz de la tierra en 1974 (algunos dicen que eliminado por la CIA; se lo vio por última vez embarcando en una lancha en la costa mexicana). En una carta le había escrito a Thompson: “Yo uso la ley al límite de sus confines. Quizá esté forjando una nueva ley”. En Miedo y asco en Las Vegas, Thompson le hace decir: “Aquel capaz de hacer una bestia de sí mismo logra acallar el dolor de ser hombre”. Y lo convierte, en ése y varios libros más, en la Brigada Ligera que acude a rescatarlo de cuanto bardo se haya metido (“Hora de llamar a mi abogado samoano”).

Muchos de los mantras-gonzo de Thompson son frases de Acosta, entre ellos el más famoso: “La mente es más poderosa que el cuerpo” (a repetir sin pausa en los momentos “verdaderamente críticos”). Aun así, siempre Thompson negó rotundamente que Acosta tuviera alguna influencia en la creación del Periodismo Gonzo (y después de la de-saparición de Oscar Zeta dijo que “la única razón para describir a ese activista chicano de cien kilos como un descontrolado samoano de ciento cincuenta fue para protegerlo del sistema de Justicia y la policía californianos, que querían su cabeza a cualquier precio”).

Ojalá alguien traduzca algún día los libros de Acosta, especialmente Autobiography of a Brown Buffalo (el otro se llama The Revolt of the Cokroach People), donde hay una escena en que él y Thompson van buscando por el desierto aquella dichosa carrera de motos, en un descapotable, con una chica sentada en medio de los dos, y Thompson (The King, en el libro de Acosta) dice: “Esto tiene que estar lleno de esos caminos para burros que hacen ustedes”. Acosta contesta: “Y de restoranes donde servimos calentitos los gringos que cazamos por ahí”. El Rey dice: “¿Siguen practicando esos ritos, ustedes los aztecas?”. La chica mira a Acosta con los ojos como platos: “¿Usted es azteca?”. Y Oscar Zeta contesta: “Soy el último. Mi familia es todo lo que queda de los aztecas”.

Etiquetas:

domingo, 30 de noviembre de 2008

+ y + Ballard


Acróbatas y mendigos

Pierrot y pirata, los padres de Jim estaban en silencio mientras partían hacia Hungjao, un distrito rural a ocho kilómetros al oeste de Shanghai. Habitualmente la madre advertía a Yang que evitara al viejo mendigo en el final del camino de acceso. Pero mientras Yang hacía girar el pesado coche al pasar el portal, deteniéndose apenas antes de acelerar por la Avenida Amherst, Jim vio que la rueda delantera aplastaba el pie del anciano. Ese viejo mendigo había llegado dos meses antes, un lío de harapos vivientes cuyas únicas posesiones eran una deshilachada estera de papel y una lata vacía de Craven A que sacudía ante la gente que pasaba. Jamás se movía de la estera; defendía ferozmente su territorio fuera de las puertas del tai-pan. Ni siquiera Boy y Coolie Número Uno, el sirviente y el pinche de cocina principal, habían logrado desalojarlo.
Sin embargo, el puesto no había rendido gran beneficio al anciano. Ese invierno era duro en Shanghai, y después de una semana de frío el viejo estaba demasiado fatigado para alzar la cajita. Jim estaba preocupado por él, y la madre le dijo que Coolie le había llevado un bol de arroz. Después de una fuerte nevada, una noche a principios de diciembre, la nieve se acumuló en un grueso cobertor del que emergía el rostro del anciano, como un niño dormido bajo un edredón. Jim se dijo que no se movía porque estaba caliente debajo de la nieve.
Había muchos mendigos en Shanghai. Estaban junto a las puertas de las casas de la Avenida Amherst, sacudiendo las latitas de Craven A como fumadores arrepentidos. Muchos mostraban horribles heridas y deformidades, pero esa tarde nadie reparaba en ellos. Refugiados de los pueblos y ciudades alrededor de Shanghai afluían a la ciudad. Carros de madera y rickshaws se amontonaba en la Avenida Amherst, cada uno cargado con las posesiones completas de una familia campesina. Niños y adultos se encorvaban debajo de los fardos atados a las espaldas, empujando las ruedas con las manos. Los coolies de los rickshaws tiraban de las varas, cantando y escupiendo, las venas gruesas como dedos apretadas sobre los hinchados tobillos. Empleados subalternos empujaban bicicletas cargadas de colchones, cocinas de carbón y sacos de arroz. Un mendigo sin piernas, el tórax metido en un enorme zapato de cuero, se adelantaba por la calle entre la maraña de ruedas con una pesa de gimnasia de madera en cada mano. Escupió y golpeó el Packard cuando Yang intentó apartarlo del rumbo del coche, y luego se desvaneció entre las ruedas de los taxis triciclos y los rickshaws, confiado en su retiro de polvo y saliva.
Cuando llegaron al comienzo del Gran Camino del Oeste, hacia la Zona Internacional, una cola de coches esperaba a ambos lados del puesto de control. La policía de Shanghai había abandonado todo intento de controlar la muchedumbre. El oficial británico fumaba un cigarrillo en la torreta de su tanque, mientras contemplaba a los miles de chinos que pasaban deprisa. De vez en cuando, como para mantener las apariencias, el suboficial sij de turbante caqui se inclinaba hacia abajo y azotaba la espalda de algún chino con su vara de bambú.
Jim miró a los policías. Le fascinaban los brillantes correajes Sam Browne de esos hombres sudorosos y demasiado gruesos, los alarmantes genitales que exhibían libremente cuando orinaban, las pulidas pistoleras que contenían toda su virilidad. Jim quería usar algún día una pistolera, sentir un enorme revólver Webley apretado contra el muslo. En el guardarropa de su padre, entre las camisas, Jim había encontrado una pistola automática Browning, una obra de joyería que se parecía al interior de la cámara filmadora de sus padres que una vez había abierto accidentalmente, exponiendo metros y metros de película. Era difícil imaginar que esas balas en miniatura pudieran matar a nadie, y menos a los duros líderes obreros comunistas.

En cambio, las pistolas Máuser que usaban los suboficiales japoneses eran todavía más imponentes que los Webley. Las pistoleras de madera les colgaban hasta las rodillas, casi como fundas de rifle. Jim examinó al sargento japonés del puesto de control, un hombre pequeño pero vigoroso que empleaba los puños para apartar a los chinos. Estaba casi sumergido entre los campesinos que pugnaban empujando carros y rickshaws. Tim, sentado junto a Yang en el Packard, apretaba con fuerza el avión de madera de balsa mientras esperaba a que el sargento sacara el Máuser y disparara un tiro al aire. Pero los japoneses no malgastaban municiones. Dos soldados despejaron el terreno alrededor de una campesina cuyo carro se había volcado. Bayoneta en mano, el sargento dio un tajo a un saco de arroz, y lo desparramó alrededor de los pies de la mujer. Ella temblaba y emitía una llorosa melopea, entre las hileras de lustrosos Packards y Chryslers con pasajeros europeos en traje de disfraz.
¿Habría tratado de contrabandear un arma en el puesto de control? Había multitud de espías comunistas y del Kuomintang entre los chinos. Jim compadecía a la campesina, que probablemente sólo poseía ese saco de arroz, pero al mismo tiempo admiraba a los japoneses. Le gustaban la bravura y el estoicismo de estos hombres y su tristeza, que tocaba una cuerda extraña en Jim, quien nunca estaba triste. Los chinos, él los conocía bien, eran gente fría y con frecuencia cruel, pero a su modo superior se mantenían juntos, en tanto que cada japonés estaba solo. Todos éstos llevaban siempre fotos de familias idénticas, copias pequeñas y formales, como si el ejército japonés íntegro hubiese sido reclutado únicamente entre los clientes de los fotógrafos de plaza.
En sus recorridos en bicicleta por Shanghai —que sus padres ignoraban—Jim pasaba horas en los puestos japoneses de control, y de vez en cuando lograba ganarse la simpatía de algún soldado aburrido. Ninguno de ellos quería mostrarle nunca sus armas, como hacían los tommies británicos de las casamatas protegidas por bolsas de arena del Bund. Los tommies que descansaban en las hamacas, despreocupados de la vida portuaria de alrededor, permitían a Jim manipular el cerrojo de los rifles Lee-Enfield y limpiar los cañones con la baqueta. A Jim le gustaban los tommies y aquellas voces extrañas que hablaban una y otra vez de una misteriosa, inconcebible Inglaterra.
Pero si había guerra, ¿podrían derrotar a los japoneses? Jim lo dudaba, y sabía que también su padre lo dudaba. En 1937, al comienzo de la guerra con China, doscientos infantes de marina japoneses habían remontado el río y se habían hundido en las playas de fango negro debajo de la hilandería de su padre en Pootung. Claramente visibles desde la suite de sus padres en el Palace Hotel, los japoneses habían sido atacados por una división de tropas chinas mandadas por un sobrino de Madame Chiang. Durante cinco días combatieron desde unas trincheras que se llenaban de agua durante la marea alta; luego avanzaron con las bayonetas caladas y derrotaron a los chinos.
La cola de coches avanzaba a través del puesto de control, llevando grupos de europeos y americanos que llegarían tarde a sus fiestas de Navidad. Yang arrimó el Packard a la barrera, silbando de miedo. Ante ellos había un gran Mercedes luciendo gallardetes con la esvástica, repleto de jóvenes alemanes impacientes. Pero los japoneses registraron el coche con el mismo celo.
La madre le puso la mano en el hombro.
—Ahora no, querido. Podría asustar a los japoneses.
—Eso no los asustaría.
—Jamie, ahora no —repitió el padre, y agregó con inusitado humor—: Podrías incluso iniciar la guerra.
—¿De veras? —La idea intrigó a Jim. Bajó su avión. Un soldado japonés pasaba la bayoneta del rifle por encima del parabrisas, como si cortara una red invisible. Jim sabía que luego se asomaría por la ventanilla, exhalando un aliento fatigado en el interior del Packard, y ese olor amenazante de los soldados japoneses. Cuando eso ocurría, todo el mundo se quedaba quieto, como si a cualquier movimiento pudiera seguir una breve pausa y luego una violenta respuesta. El año anterior, cuando él tenía diez años, casi le había provocado un ataque cardíaco a Yang poniendo el Spitfire metálico en la cara de un cabo japonés mientras canturreaba «Ra-ta-ta-ta-ta...». Durante casi un minuto el cabo había mirado al padre de Jim inexpresivamente, asintiendo con lentitud. El padre tenía aspecto de hombre fuerte, pero Jim sabía que era sólo esa especie de fuerza que venía de jugar al tenis.
En esa ocasión, Jim sólo quería que el japonés viera su avión de madera de balsa; no que lo admirara sino que reconociera su existencia. Ahora era mayor, y le gustaba pensar en sí mismo como el copiloto del Packard. Siempre le habían interesado los aviones, y en especial los bombarderos japoneses que habían devastado los distritos de Nantao y Hongkew en 1937. Calles y calles de casas chinas habían sido reducidas a polvo, y en la Avenida Eduardo VII una sola bomba había matado a mil personas, más que ninguna otra bomba en la historia de las guerras.
En realidad, la principal atracción de las fiestas del doctor Lockwood era el campo de aterrizaje en desuso de Hungjao, a ocho millas al oeste de Shanghai. Aunque los japoneses controlaban el campo abierto alrededor de la ciudad, no dejaban de patrullar el perímetro de la Zona Internacional. Toleraban a los escasos americanos y europeos que residían en los distritos rurales y en la práctica sólo raramente se veía un soldado japonés.
Cuando llegaron a la aislada casa del doctor Lockwood, Jim sintió alivio al descubrir que la fiesta no sería un éxito. Sólo había una docena de coches en el camino de acceso, y los chóferes limpiaban afanosamente el polvo de los parabrisas, deseando regresar cuanto antes. La piscina estaba seca, y el jardinero chino sacaba tranquilamente una oropéndola muerta del extremo más profundo. Los niños más pequeños y sus amas miraban desde la terraza una troupe de acróbatas cantoneses que subían por unas cómicas escaleras y simulaban desaparecer en el cielo. Se convertían en pájaros, desplegaban alas de papel y bailaban entre los niños que chillaban; luego saltaban unos a los hombros de otros y se transformaban en un gran gallo rojo.
Jim lanzó el avión a través de las puertas de la galería. Mientras el mundo de los adultos giraba encima de él, se paseó un rato por la fiesta. Muchos invitados habían decidido vestir ropas corrientes, como si estuvieran demasiado preocupados por verdaderos papeles para disfrazarse. La reunión recordó a Jim las fiestas nocturnas de la Avenida Amherst, que duraban hasta la tarde siguiente, cuando las madres, intranquilas, con los vestidos de noche arrugados, vagaban junto a la piscina pretendiendo buscar a sus maridos.
La conversación decayó cuando el doctor Lockwood encendió la radio de onda corta. Feliz de ver a todos ocupados, Jim salió por una puerta lateral al jardín trasero de la casa. Vio una hilera de mujeres que se movían en el césped arrancando las malas hierbas. Eran veinte mujeres chinas, vestidas con túnicas y pantalones negros, sentadas en bancos de miniatura, hombro contra hombro; emitían un parloteo incontenible mientras sus cuchillos centelleaban sobre la hierba. Detrás de ellas el césped del doctor Lockwood parecía un shantung verde.
—Hola, Jamie. ¿Reflexionando otra vez? —El señor Maxted, el padre del mejor amigo de Jim, apareció en la galería. Una figura solitaria aunque amistosa, con un traje de piel de tiburón, que enfrentaba la realidad detrás del parachoques de un gran whisky con soda y miraba a lo largo de su cigarro hacia las escardadoras—. Si todos los chinos se pusieran en fila llegarían del polo Norte al polo Sur. ¿Lo has pensado, Jamie?
—¿Podrían escardar el mundo entero?
—Si quieres plantearlo así... He oído decir que te has retirado de los Cachorros Exploradores.
—Bueno... —Jim dudaba que tuviera sentido explicar al señor Maxted por qué había dejado los Exploradores, un acto de rebeldía que había llevado a cabo sólo como experimento. La sorprendente indiferencia de sus padres lo había decepcionado. Pensó decirle al señor Maxted que no sólo había dejado los Exploradores y se había hecho ateo, sino que también podía hacerse comunista. Los comunistas parecían tener una intrigante habilidad para inquietar a todo el mundo, talento que Jim respetaba sobremanera.
Sin embargo, sabía que el señor Maxted no se escandalizaría. Jim admiraba al señor Maxted, arquitecto convertido en empresario, que había diseñado el cine Metropole y numerosos clubes nocturnos de Shanghai. Jim intentaba frecuentemente imitar sus maneras desenfadadas, pero había descubierto que parecer tan relajado era una tarea agotadora.
Jim apenas tenía idea de su propio futuro —la vida en Shanghai transcurría íntegramente en un intenso presente—, pero imaginaba que crecería y sería como el señor Maxted. Eternamente acompañado por el mismo vaso de whisky con soda, o eso creía Jim, el señor Maxted era exactamente el inglés adaptado a Shanghai, algo que el padre de Jim, más serio, jamás había logrado. Jim siempre había disfrutado de los paseos con el señor Maxted; él y Patrick se instalaban en el asiento delantero del Studebaker y partían a viajes impredecibles a través de un mundo vespertino de clubes y casinos desiertos. El señor Maxted conducía personalmente el Studebaker, singular comportamiento que parecía excitante y aun de cierto mal tono. Patrick y él jugaban en las ruletas vacías con el dinero del señor Maxted, bajo la sonrisa tolerante de las chicas rusas blancas de los bares que remendaban sus medias de seda mientras el señor Maxted, en el despacho del propietario, cambiaba de lugar otras pilas de billetes de banco.
¿No tendría que retribuir al señor Maxted, llevándolo en la proyectada expedición secreta al campo de aterrizaje de Hungjao?
—No te pierdas la película, Jamie. Confío en que me mantengas al día con las últimas noticias sobre la aviación militar...
Jim vio vacilar al señor Maxted sobre las baldosas que bordeaban la piscina vacía, y aguardó con curiosidad a que se cayera. El señor Maxted siempre se caía accidentalmente en las piscinas, como sabían todos, pero ¿por qué sólo cuando estaban llenas de agua?

Etiquetas: ,