domingo, 25 de enero de 2009

Un descanso ++ Ballard



Jim llegó a la casamata, una construcción de cemento en cuyo húmedo interior la luz entraba débilmente por las troneras de los cañones. Trepó al techo y examinó las matas de ortigas en busca de su avión. Estaba a seis metros, enganchado en el herrumbrado alambre de espino de la vieja trinchera. El papel de las alas se había roto en varios sitios, pero la armazón de madera balsa parecía intacta.
Jim estaba a punto de descender cuando advirtió que una cara lo miraba desde la trinchera. Había un soldado japonés completamente armado en cuclillas junto al terraplén, con el rifle, las cananas y mapas a un lado, como listos para una inspección. No tenía más de dieciocho años, y miraba a Jim con un rostro pasivo y redondo como la luna, sin mostrarse sorprendido por la aparición de ese muchacho europeo de pantalones de pana azul y camisa de seda.
Jim recorrió con los ojos la trinchera. En un madero estaban sentados otros dos soldados japoneses, con los rifles entre las rodillas. La trinchera estaba llena de hombres armados. A cincuenta metros un segundo pelotón descansaba debajo del parapeto de un bunker de tierra, fumando cigarrillos y leyendo la correspondencia. Más lejos había otros grupos de soldados, las cabezas apenas visibles entre las ortigas y las cañas de azúcar silvestres. Una compañía íntegra de infantería japonesa se encontraba en el antiguo campo de batalla, como si se hubiera reconstruido a partir de los muertos de una guerra anterior, fantasmas de antiguos camaradas salidos de sus tumbas y provistos de uniformes y raciones nuevas. Fumaban sus cigarrillos parpadeando a la luz poco familiar, los rostros vueltos hacia los rascacielos de Shanghai cuyas luces de neón brillaban a través de los arrozales desiertos.
Jim volvió la cabeza para mirar el fuselaje del caza, esperando ver al piloto muerto de pie en la cabina. Un sargento japonés se adelantaba con paso firme por las altas hierbas entre la casamata y el avión, dejando atrás una estela amarillenta. Concluyó el cigarrillo, aspirando hasta los pulmones todo el humo restante. Aunque el sargento lo ignoró, Jim sabía que había decidido qué hacer con ese chiquillo.

—¡Jamie! Todos te estamos esperando... ¡Hay una sorpresa para ti!
Su padre lo llamaba. Estaba en el centro del aeródromo, pero podía ver a los soldados japoneses en las trincheras. Tenía las gafas puestas, pero no el parche del ojo ni la chaqueta de pirata. Aunque sin aliento por la carrera desde la casa del doctor Lockwood, se obligaba a mantenerse inmóvil, en la actitud que menos pudiera inquietar a los japoneses. Los chinos, que gritaban y agitaban los brazos en los momentos de tensión, nunca lo habían comprendido.
De todos modos, a Jim le sorprendió que ese pequeño símbolo de deferencia pareciera satisfactorio al sargento. Sin mirar a Jim, arrojó lejos la colilla y saltó al zanjón. Desprendió el aeromodelo del alambre de espino y lo lanzó a las ortigas.
—Jamie, es la hora de los fuegos de artificio... —Su padre avanzaba silenciosamente por la hierba—. Tenemos que ir.
Jim descendió del techo de la casamata.
—Mi avión está ahí abajo. Supongo que puedo ir a buscarlo.
El padre miró al sargento japonés que caminaba junto al parapeto de la trinchera. Jim podía ver que a su padre le costaba hablar. Tenía el rostro tan exangüe y tenso como cuando los representantes de los trabajadores de la hilandería habían amenazado matarlo. Sin embargo, no dejaba de pensar en algo.
—Se lo dejaremos a los soldados. El que lo encuentra, se lo queda.
—¿Como las cometas?
—Así es.
—No estaba muy enojado.
—Parecen esperar a que ocurra algo...
—¿La próxima guerra?
—No lo creo.
De la mano, atravesaron el aeródromo. Nada se movió aparte de la incesante ondulación de la hierba, que ensayaba los futuros torbellinos de las hélices. Cuando llegaron al hangar el padre abrazó estrechamente a Jim como si quisiera hacerle daño, como si lo hubiera perdido para siempre. No estaba resentido con él, y parecía casi contento de haberse visto obligado a visitar el viejo aeródromo.
Pero Jim, en cambio, se sentía de algún modo culpable y enojado consigo mismo. Había perdido el modelo de madera de balsa y había atraído a su padre a un arriesgado encuentro con los japoneses. Los europeos solitarios que se cruzaban con los japoneses solían aparecer muertos a la vera del camino. Cuando llegaron a la casa del doctor Lockwood, los huéspedes ya se marchaban. Reuniendo deprisa a los niños y a las amas, trepaban a los coches y partían en convoy hacia la Zona Internacional. Con los pantalones del traje de Papá Noel y una barba de algodón, el doctor Lockwood los despedía agitando la mano mientras el señor Maxted bebía un whisky junto a la piscina vacía y los equilibristas chinos trepaban a sus escaleras y se transformaban en aves imaginarias.

Lamentando todavía la pérdida del avión, Jim se instaló entre sus padres en el asiento posterior del Packard. ¿Temían acaso que hiciera una nueva travesura si se sentaba delante, junto a Yang? Había logrado echar a perder la fiesta del doctor Lockwood y hacer improbable una nueva visita al aeródromo de Hungjao. Pensó en el caza abatido en que había invertido tanta imaginación, y en el piloto muerto cuya presencia había sentido en la cabina herrumbrada.
A pesar de estos tropiezos, Jim se sintió contento cuando su madre le dijo que dejarían la casa de la Avenida Amherst por unos días para instalarse en la suite de la empresa en el Palace Hotel. Los exámenes de la Cathedral School empezaban el día siguiente, con geometría y las Escrituras. Como la catedral estaba a unos pocos cientos de metros del hotel, tenía mucho tiempo para el repaso la mañana siguiente. A Jim e atraían las Escrituras, especialmente ahora que era ateo, y siempre le divertía el saludo habitual del reverendo Matthews (“Aquí está el primer pagano, y el mayor de todos...»).
Jim esperó en el Packard mientras sus padres se cambiaban y el equipaje era guardado en el maletero. Cuando traspusieron el portal, miró la figura inanimada del viejo mendigo en su estera deshilachada. Podía ver la huella del Firestone del Packard en el pie izquierdo del hombre. Hojas y tiras de periódico le cubrían la cabeza; ya empezaba a ser parte de los informes desperdicios de donde había emergido.
Jim sentía compasión por el viejo mendigo, pero por alguna razón sólo podía pensar en el pie con la huella del neumático. Si hubiesen ido en el Studebaker del señor Maxted, las huellas habrían sido diferentes, el anciano hubiera sido marcado con el diseño de la Goodyear Company...
Procurando distraerse de estos pensamientos, Jim encendió la radio del coche. Siempre le agradaban los paseos nocturnos por el centro de Shanghai, esa ciudad eléctrica y extravagante, más excitante que ninguna otra del mundo. Cuando llegaron a la Calle del Pozo Burbujeante apretó la cara contra la ventanilla y miró las aceras en que se alineaban garitos y clubes nocturnos, repletos de chicas y gangsters y mendigos opulentos con guardaespaldas. A diez mil kilómetros de distancia, y del otro lado del meridiano horario, eran las primeras horas de la madrugada del domingo y los americanos de Honolulú dormían; pero Shanghai, adelantada un día en el tiempo como en todo lo demás, se preparaba para comenzar una nueva semana. Muchedumbres de espectadores se abrían paso hacia los estadios de jai alai, bloqueando el tránsito en la Calle del Pozo Burbujeante. Un furgón blindado de la policía, con dos ametralladoras Thompson montadas en una torreta de acero encima del conductor, giró delante del Packard y despejó la acera. Un grupo de jóvenes chinas con vestidos cubiertos de lentejuelas tropezó con el ataúd de un niño, adornado con flores de papel. Con los brazos enlazados pasaron con dificultad ante la parrilla del Packard y se deslizaron junto a la ventanilla de Jim, golpeando el parabrisas con las manitas y gritando obscenidades. Cientos de muchachas eurasiáticas, con abrigos de pieles largos hasta el tobillo, aguardaban en las hileras de rickshaws detenidos ante el Park Hotel, silbando entre dientes a los residentes que emergían de la puerta giratoria, mientras sus chulos discutían con las parejas checas y polacas, vestidas con ropas decorosas y remendadas, que intentaban vender sus últimas joyas. Cerca, ante los escaparates de la gran tienda Sun Sun en la Calle Nankín, un grupo de jóvenes judíos europeos peleaba entre la multitud con una pandilla de alemanes algo mayores que exhibían la esvástica en los brazales del Graf Zeppelin Club. Perseguidos por las sirenas policiales, corrieron a refugiarse en el cine Cathay, el más grande del mundo, ante cuyas puertas se agolpaba una multitud de mecanógrafas y empleadas chinas, de carteristas y mendigos, para ver a la gente de la función nocturna. Al descender de los coches, las mujeres se recogían las largas faldas entre una guardia de honor de cincuenta jorobados en ropas medievales. Tres meses antes, cuando Jim fue con sus padres al estreno de El jorobado de Nôtre Dame, la administración del cine había contratado a doscientos jorobados de todos los callejones de Shanghai. Como siempre, el espectáculo fuera del cine superaba al de la pantalla; Jim estaba contento de ver las calles de la ciudad, lejos de los noticiarios y la incesante evocación de la guerra.
Después de la cena, en su dormitorio del décimo piso del Palace Hotel, Jim trataba de no dormir. Escuchó el zumbido de un hidroavión japonés que amaraba en el río, en la base de la aviación naval de Nantao. Pensó en el caza destrozado del aeródromo de Hungjao, y en el aviador japonés cuyo puesto había ocupado esa tarde. Quizá el espíritu del piloto muerto había entrado en él, y los japoneses participarían en la guerra del lado de los ingleses. Jim soñó con la guerra inminente, con un noticiario donde él estaba vestido con traje de aviador en la cubierta de un portaaviones silencioso, listo para acompañar a esos hombres solitarios de la nación insular del Mar de la China, transportado con ellos a través del Pacífico por el espíritu del viento divino.


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1 Comentarios:

Blogger Brick by brick dijo...

Fe de erratas: Mi ultimo comentario tenia informaciòn erronea.Solo tiene un blog me confundi.

La ultima noticia que tengo es que al menos hasta las 3 de la tarde de hoy seguian resistiendo,despues de esa hora no se como continuo la situaciòn.

26 de enero de 2009, 23:19  

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