lunes, 10 de mayo de 2010

2 opiniones sobre la censura macrista



¿Macri profesor?



Por Alejandro Cattaruzza *

En los últimos tiempos se han conocido detalles de un caso de censura ocurrido en el ámbito del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Se trata de la aplicada por funcionarios del gobierno de Macri a los materiales que especialistas del propio Ministerio de Educación de la Ciudad elaboraron en ocasión del Bicentenario. Otros colegas lo han tratado ya en estas páginas, examinando varios aspectos del asunto. Por mi parte, quiero referirme a ciertos rasgos del material en discusión, para conjeturar luego qué tipo de percepción pudo suponer que allí se escondía una amenaza. Se me hace difícil plantear si es más grave la existencia de semejante visión o la decisión siguiente, que se pretende fundada en ella y consistió en resolver el supuesto peligro por la vía de la prohibición.


Los materiales censurados estaban dirigidos a los docentes de distintos niveles: inicial, primario y medio. En marzo, después de reuniones, petitorios, recolección de adhesiones y movilizaciones, el ministro de Educación, Esteban Bullrich, decidió colgar los correspondientes al nivel inicial y primario en la página web del gobierno de la Ciudad, mientras que el destinado a la escuela media permanece prohibido. Conviene entonces tener en cuenta uno de estos datos: se trata de propuestas para los docentes, no de manuales o de libros de textos para los alumnos. Los escritos buscaban transformarse en herramientas que profesores y maestros utilizarían de acuerdo con sus saberes, posibilidades y, también, con sus propias opiniones que, contra lo que parece creer Macri, existen.

En tanto herramientas pedagógicas, entonces, los textos para la escuela primaria y la secundaria presentan a mi juicio rasgos en común, que probablemente deriven del hecho de que quienes los produjeron se dedican a la enseñanza y la investigación de Historia. Uno es su evidente vocación por proponer un ejercicio de reflexión crítica frente al pasado; otro, la actualización en la bibliografía a la que se hace referencia explícitamente, y también en aquella que se insinúa por detrás de los escritos.

Un esfuerzo por poner en el centro de la enseñanza de Historia la reflexión y la búsqueda de respuestas, en lugar de la exigencia de capacidad para memorizar, es una actitud que enlaza con las más sugerentes y productivas tradiciones de la disciplina. Utilizo el término “tradiciones” porque no se trata de modas actuales o posiciones efímeras sino de actitudes arraigadas en sectores de avanzada de la historiografía, que sus miembros sostuvieron cuando opinaron sobre el tema. Uno de los efectos que pueden esperarse de la aplicación de esas concepciones es, seguramente, la puesta en primer plano de la condición de productos históricos exhibida por muchas realidades sociales que, muy a menudo, son en cambio tomadas por naturales. En un ejemplo ya conocido, las naciones –la Argentina como cualquier otra– pueden así dejar de ser consideradas como entidades esenciales e inmutables y pensarse en cambio como el resultado de luchas y conflictos, cuyo resultado era desde ya azaroso. En el marco del Bicentenario, estos enfoques merecen atenderse. Por otro lado, es innecesario destacar cuáles son los beneficios que acarrea el ofrecer a los docentes puntos de partida actualizados, que desde ya deberán ser discutidos con intensidad, pero cuya aplicación ha permitido obtener resultados muy sólidos en la producción historiográfica internacional.

Si se admite por un momento que aquellos materiales, efectivamente, promueven la aproximación crítica al pasado y favorecen las posibilidades de actualización en las perspectivas asumidas por los docentes, se impone enfrentar la otra pregunta que he propuesto: ¿para qué modo de pensar pueden esos rasgos constituir amenazas de una envergadura tal que “justifiquen” la censura? Todas las alternativas de respuesta que puedo considerar son inquietantes y no auguran más que peligros, ya que se mueven entre el oscurantismo como política, asumida deliberadamente, y la pura ignorancia. Desde ya, no es sencilla la relación entre la Historia –su investigación y su enseñanza– y el poder del Estado; las tensiones y los problemas que la caracterizan son ya antiguos. Pero la búsqueda de soluciones por vía de la prohibición y la censura, que es la que ha elegido el gobierno de Macri, se parece mucho más a un recurso de tiempos dictatoriales que al comienzo de una evocación del Bicentenario en democracia.

* Profesor de Historia en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Rosario; investigador del Conicet, Instituto Ravignani (UBA).



La historia silenciada en la Ciudad

Por Fortunato Mallimaci e Irene Marrone *

Los márgenes y el centro


Días atrás se conoció cómo opera la censura cuando se trata del control ideológico masivo de los contenidos de la materia Historia en las escuelas porteñas. Se trata del caso de un material documental realizado por un equipo de historiadores de probada trayectoria del Ministerio de Educación para las escuelas de la Capital en el marco del Bicentenario de la Revolución de Mayo, que el gobierno de Macri desechó por “razones presupuestarias”. La verdad es que la obra en cuestión ya estaba concluida. Días después, y ante el estado público que cobró el caso a partir de su denuncia en los medios masivos, el ministro de Educación, Esteban Bullrich, intentó desmentir la acusación, publicando por cuenta propia los mencionados documentos en su blog personal, desestimando la vía oficial de difundirlos en el portal on line del mencionado ministerio. Al buen entendedor esto le sonó como una estrategia para dejar en los márgenes lo que se proponía poner en el centro del debate, habida cuenta de la importancia que tienen para la masificación de determinados contenidos críticos la llegada a todas las escuelas porteñas a las que ya no llegarán ni en soporte papel ni estarán disponibles como documentos on line oficiales.

La preocupación de la ciudadanía y de quienes nos sentimos comprometidos en la tarea educativa no es menor, dado el clima de incertidumbre y sospecha que se fue gestando a partir de las renuncias de los anteriores ministros del área, primero por el caso de las escuchas telefónicas por las que se incriminó al Dr. Mariano Narodowski y posteriormente por las declaraciones y propuestas del anterior ministro, Abel Posse, quien cuestionó los juicios contra los militares represores y acusó al Gobierno nacional de tener “una visión trotsko-leninista”, o “visión torcida”, sobre los hechos ocurridos en los años ’70 en el país.

También resulta significativa la resolución del actual ministro porque, si bien estos documentos contienen una novedosa perspectiva histórica e historiográfica, se trata de un paradigma ya instalado desde hace un tiempo en los ámbitos académicos universitarios y en reconocidos programas de investigación que trascienden los marcos nacionales.

Revisemos entonces ese paradigma que el Gobierno de la Ciudad pretende evitar que se convierta en historia para todos, evitando su promoción en las escuelas porteñas. Yendo al punto, quienes pudimos entrar al portal personal del ministro, que se refirió a estos documentos burdamente como “ideológicos” (señor ministro: ¡el que no tenga ideologías que tire la primera piedra!), tuvimos la inquietud de averiguar quiénes eran los sujetos y actores en esta historia, cuáles eran los problemas, los enfoques, en fin, cuál era el punto de vista metodológico y epistemológico que fue censurado. La sorpresa fue encontrar que se trataba de grupos de mujeres, pueblos originarios, africanos o afrodescendientes, trabajadores, desocupados, subalternizados e invisibilizados en el pasado, presentados ahora a partir de sus conflictos, movilizaciones y resistencias a poderes hegemónicos, y la cuestión que le preocupó quizás a este gobierno fue reconocer que, al cabo, esto operaría dotándolos de visibilidad y reconocimiento en el presente. El contorno geográfico y cultural latinoamericano desde el que pensaron doscientos años de luchas por la emancipación y ampliación de derechos también resultó un espacio novedoso desde el cual reconocernos en el pasado junto a otros pueblos, ciudadanos y naciones y, por ende, proyectar otros modos de inclusión a la globalización a partir del mismo.

En síntesis, y para cerrar este breve aporte, nos parece importante no dejar pasar lo que para las ciencias sociales y los historiadores es casi una obviedad: que la Historia no es solamente una disciplina en la que se pretende abordar el pasado desde una perspectiva crítica y de conocimiento científico. Es también un campo por el poder de nominar (¡el que nomina, domina!), de luchas en el que se expresan pujas por definir contenidos, miradas, sueños y perspectivas que hacen a un modo de comprender nuestras identidades en el pasado, que no puede ser desideologizado, ya que desde allí se prescriben campos de “posibles e imposibles” para nuestro futuro. Tengamos en cuenta que la historia trabaja con memoria(s), y que el no olvidar, es decir recordar (del latín ricordis), es “volver a pasar por el corazón”. Se trata de no olvidar a los olvidados, de realizar una reconstrucción histórica que haga suyo un principio de solidaridad con las generaciones oprimidas y fracasadas, que el vínculo de comprensión entre el ayer y el hoy sea la memoria de injusticias acaecidas y de derechos pendientes. No permitamos entonces que, en la Historia que hoy se enseña en las escuelas, dejen fuera del universo histórico a los silenciados y sufrientes de ayer, porque el riesgo será que las luchas, sueños y reconocimiento de los actuales y heterogéneos sectores invisibilizados queden también censurados y judicializados.

* Profesores titular y adjunto de Historia Social Argentina, en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

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