martes, 11 de noviembre de 2008

Macmann






Sorprendido por la lluvia lejos de todo abrigo, Macmann se detuvo y se acostó, diciéndose: “La superficie pegada al suelo permanecerá seca, mientras que de pie me mojaría todo por igual”, como si la lluvia fuera una simple cuestión de gotas-por-hora, como la electricidad. Así, pues, se tumbó de bruces, tras un momento de duda, ya que también hubiera podido colocarse en posición supina, o sobre uno de sus flancos, optando por un término medio. Pero le parecía que la nuca y la espalda hasta los ijares eran menos frágiles que el pecho y el vientre, sin darse cuenta, como si hubiera sido un cesto de tomates, de que todas esas partes están íntima y hasta indisolublemente ligadas las unas a las otras, por supuesto hasta que llegue la muerte, y a otras muchas de las que no tenía ni la menor idea, y que una gota de agua inoportuna, por ejemplo, en el cóccix, puede provocar espasmos del risorio durante años, como se aprecia cuando, después de atravesar un aguazal a pie, se pone uno a toser y a estornudar sencillamente, sin sentir en las piernas más que una especie de bienestar, quizá debido a la acción del agua de turba. Era una lluvia pesada, fría y vertical, lo que hacía suponer a Macmann que seria breve, como si hubiera relación entre la violencia y la duración, y que iba a poder levantarse al cabo de diez minutos, o un cuarto de hora, polvoriento por delante. Esa es en realidad la clase de historia que se ha contado toda su vida, diciéndose “Es imposible que esto dure mucho todavía.” Era una hora cualquiera de la tarde, imposible saber cuál; hacía horas y horas que duraba aquel día insulso; era, pues, por la tarde, muy, muy probablemente. El aire inmóvil, sin ser frío como en invierno, parecía sin promesa ni recuerdo de tibieza. Molesto por el agua que le llenaba el sombrero, atravesando la hendidura, Macmann se lo quitó y se lo puso en la sien, es decir, volvió la cabeza y puso la mejilla en el suelo. Sus manos estrujaban, al extremo de sus brazos separados, una mata de hierba cada una, con tanta fuerza como si se hallara agarrado a la vertiente de un precipicio. Continuemos esta descripción. La lluvia le batía la espalda con un ruido de tambor al principio, luego de colada, como cuando se remueve la ropa en el lavadero, con un ruido de gluglú y de succión, y percibía muy bien, y con interés, cuán diferentemente, desde el punto de vista sonoro, la lluvia caía sobre él y sobre la tierra, puesto que tenía la oreja, que está en el mismo plano que la mejilla o casi, pegada al suelo, cosa rara en tiempo de lluvia, y percibía esa especie de lejano crujido de la tierra cuando bebe y los suspiros de la hierba combada y goteante. Se le ocurrió la idea de castigo, acostumbrado a decir verdad a tal quimera, e impresionado probablemente por la postura del cuerpo y por los dedos crispados como por el sufrimiento. Y sin saber exactamente cuál era su culpa, se daba perfecta cuenta de que vivir no era castigo suficiente o de que ese castigo era en sí mismo una culpa, que reclamaba otros castigos, y así sucesivamente, como si pudiera haber alguna otra cosa además de la vida, para los vivos. Y sin duda se habría preguntado si era verdaderamente necesario ser culpable para recibir un castigo, de no tener el recuerdo, cada vez más atosigante, de haber accedido a vivir en su madre, para luego abandonarla. Pero tampoco en eso lograba descubrir su auténtica culpa, sino más bien un nuevo castigo, que no había sabido aprovechar y que en vez de limpiarle de culpa no había conseguido más que hundirlo más en ella. Y para ser sincero, poco a poco las ideas de culpa y de castigo se habían confundido en su mente como a menudo las de causa y efecto en los que todavía piensan. Y era temblando como a menudo sufría, y diciéndose: “Va a costarme caro.” Pero no sabiendo cómo arreglárselas para pensar y sentir adecuadamente, empezaba a sonreír sin motivo, como ahora, como entonces, pues está ya lejos aquella tarde, de marzo quizá, o de noviembre quizá, no, más bien de octubre, en que la lluvia lo sorprendió lejos de todo abrigo, a sonreír y a agradecer esta lluvia batiente y la promesa que en ella veía de estrellas para un poco más tarde, que iluminarían su camino y le permitirían orientarse, en caso de que lo deseara. Pues no sabia muy bien dónde se hallaba, salvo que se encontraba en la llanura, y que la montaña no estaba lejos, ni el mar, ni la ciudad, y que le bastaría un mínimo de claridad y algunas estrellas fijas para poder aproximarse sensiblemente a una, o al otro, o a la tercera, o para mantenerse en la llanura, según lo que hubiera decidido.

Pues para mantenerse allí donde sucede que uno se encuentra también se necesita claridad, a menos que uno quiera dar vueltas circulares, lo que resulta por así decirlo imposible en la oscuridad, o pararse en seco y no moverse más, hasta que la luz vuelva, y entonces uno se muere de frío, a menos que no haga frío. Pero Macmann habría sido más que humano, después de cuarenta o cuarenta y cinco minutos de espera confiada, viendo que la lluvia caía cada vez más fuerte y que el día terminaba, si no hubiera comenzado a lamentarse de lo que había hecho, es decir, acostarse en el suelo en vez de haber proseguido su camino, lo más en línea recta que le fuera posible, con la esperanza de ir a dar tarde o temprano con un árbol o con unas ruinas. En vez de sorprenderse por esa lluvia tan violenta y tan duradera, se sorprendió de no haber comprendido, a partir de las primeras gotitas, que iba a llover larga y violentamente, y que no debía detenerse y esperar, sino por el contrario continuar en línea recta, a ciegas, apresurando el paso, porque él era humano, hijo y nieto de humanos. Pero entre él y esos hombres serios y severos, con barbas al principio, con bigotes después, había esta diferencia, que la simiente de él jamás había hecho daño a nadie. Así, pues, sólo estaba unido a su especie por sus ascendientes, todos muertos, creyendo haberse perpetuado. Y el más vale tarde que nunca, que permite a los verdaderos hombres, a los verdaderos eslabones, reconocer su error, corregirse y precipitarse hacia el siguiente, no estaba al alcance de Macmann, quien a veces pensaba que no tendría bastante eternidad para arrastrarse y encenagarse en su mortalidad. Y sin llegar a eso, quien tanto ha esperado esperará siempre, y transcurrido un cierto plazo nada puede suceder, ni nadie venir, ni haber más que la espera que se sabe inútil. Quizá sea su caso. Y cuando uno muere (por ejemplo), es demasiado tarde, ha esperado demasiado, no se vive lo suficiente para poder detenerse. Quizá estaba allí. Pero se diría que no, aunque los actos apenas cuentan, lo sé, lo sé, ni lo que pasa por la cabeza. Sí, verdaderamente diríase que no. Porque habiéndose reprochado lo que había hecho, y su monstruoso error de apreciación, en vez de levantarse y ponerse en movimiento se volvió sobre la espalda, ofrendando así el pecho al diluvio. Y fue entonces cuando aparecieron al descubierto sus cabellos, por vez primera desde sus caminatas, con la cabeza descubierta, por su alegre campiña natal, su sombrero había quedado en el sitio que su cabeza acababa de abandonar. Pues cuando, acostado boca abajo en un lugar salvaje y por así decirlo sin límites, uno se vuelve sobre la espalda, se produce un desplazamiento lateral de todo el cuerpo, y de la cabeza con lo demás, a menos que lo evite adrede, y la cabeza se coloca a equis pulgadas aproximadamente del lugar en donde estaba, siendo equis la anchura de los hombros en pulgadas, pues la cabeza se halla justo en medio de los hombros. Pero si uno se halla en una cama estrecha, quiero decir justo lo bastante amplia para acogernos, un camastro, vaya, entonces uno se vuelve en vano sobre la espalda, y después boca abajo, y así continuamente, la cabeza queda siempre en el mismo lugar, a menos que uno la incline adrede hacia la derecha, hacia la izquierda, y hay sin duda quien se toma este trabajo, con la esperanza de encontrar un poco de frescor. Intentó mirar la masa negruzca y chorreante que era todo cuanto quedaba de aire y de cielo, pero la lluvia le dañó los ojos y los cerró. Entonces abrió la boca y permaneció largo tiempo así, con la boca abierta y las manos también, y lo más alejadas posible una de la otra. Porque, cosa extraña, tiene uno menos tendencia a asirse al suelo cuando está de espaldas que cuando está boca abajo, he aquí una curiosa observación que podría prestarse a fructíferos desarrollos. Y como una hora antes se había remangado para poder agarrarse con fuerza a la hierba, ahora volvió a remangarse de nuevo, para sentir la lluvia martilleándole las palmas, también llamadas los huecos de la mano, o la parte llana, depende. Y justo en medio..., pero olvidaba la melena, que desde el punto de vista del color era entonces al blanco más o menos lo que al negro el tinte de la hora, y por lo demás extremadamente larga por detrás y por ambos lados. Y en tiempo seco y ventoso juguetearía en la hierba a la manera casi de la misma hierba. Pero la lluvia la aplastaba contra el suelo y la amasaba con la hierba y con la tierra formando una especie de pasta fangosa, no una pasta fangosa, una especie de pasta fangosa. Y justo en mitad de su sufrimiento, pues uno no permanece tanto tiempo en semejante postura sin sentirse incómodo, empezó a desear que la lluvia no cesara nunca, ni por consiguiente su sufrimiento o dolor, porque era la lluvia la que lo hacía sufrir casi con seguridad, el permanecer acostado no tenía en sí nada particularmente desagradable, como si existiera una relación entre quien sufre y quien hace sufrir. Pues la lluvia podía cesar sin que él dejara de sufrir, del mismo modo como él podía dejar de sufrir sin que por ello la lluvia cesara. Y esa importante semiverdad la adivinaba quizá ya. Porque lamentando no poder pasar el tiempo que le quedaba de vida (y que le sería agradablemente reducido) bajo esa lluvia pesada, fría (sin ser helada) y perpendicular, ya postrado, ya tendido boca arriba, no estaba lejos de preguntarse si no se equivocaba al creer sufrir por su causa, y si en realidad su tormento no tenía otras causas. Porque a la gente no le basta con sufrir, necesitan el calor y el frío, la lluvia y su contrario que es el buen tiempo, y además el amor, la amistad, la piel tostada y la insuficiencia sexual y gástrica por ejemplo; en resumen, los furores y locuras demasiado numerosos afortunadamente para ser enumerados del cuerpo comprendiendo el cráneo y de sus marcos, me pregunto qué significa eso, tal el pie deforme, para que puedan saber con precisión qué es lo que se atreve a impedir que su felicidad sea sin mezcla. Porque es algo que uno difícilmente soporta ignorar. E incluso se ha visto a rigoristas no parar hasta haber determinado si su sarcoma estaba en el píloro o si por el contrario estaba más bien en el duodeno. Pero estos son vuelos para los cuales Macmann carecía aún de alas, y más bien era una criatura prosaica por naturaleza, y poco hecha para la razón pura, sobre todo en las circunstancias en que hemos tenido la suerte de circunscribirle. Y a decir verdad estaba por su temperamento más próximo a los reptiles que a los pájaros y podía sufrir sin sucumbir mutilaciones masivas, sintiéndose mejor sentado que de pie y acostado que sentado, de modo que se acostaba y se sentaba con el menor pretexto y sólo se levantaba para partir de nuevo cuando el struggle for life o ímpetu vital le quemaba el culo. Y gran parte de su existencia ha debido de transcurrir en una inmovilidad de piedra, por no decir las tres cuartas partes, e incluso las cuatro quintas, inmovilidad de superficie durante los primeros tiempos, pero que se apoderó poco a poco no diré que de sus partes vitales, pero sí al menos de su sensibilidad y entendimiento.

Samuel Beckett, de "Malone muere"

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