jueves, 29 de noviembre de 2007

La Doctrina del Shock - Naomi Klein

Documental de Alfonso Cuarón (o trailer publicitario del libro)



Libro interesante lástima que en Argentina cuesta $ 66.00, ya lo vamos a encontrar on line, seguro los amigos de Biblioteca IRC Recargada harán justicia pronto...



Sinopsis del libro

La doctrina del shock es la historia no oficial del libre mercado. Desde Chile hasta Rusia, desde Sudáfrica hasta Canadá la implantación del libre mercado responde a un programa de ingeniería social y económica que Naomi Klein identifica como «capitalismo del desastre».
Tras una investigación de cuatro años, Klein explora el mito según el cual el mercado libre y global triunfó democráticamente, y que el capitalismo sin restricciones va de la mano de la democracia. Por el contrario, Klein sostiene que ese capitalismo utiliza constantemente la violencia, el choque, y pone al descubierto los hilos que mueven las marionetas tras los acontecimientos más críticos de las últimas cuatro décadas.
Klein demuestra que el capitalismo emplea constantemente la violencia, el terrorismo contra el individuo y la sociedad. Lejos de ser el camino hacia la libertad, se aprovecha de las crisis para introducir impopulares medidas de choque económico, a menudo acompañadas de otras forma de shock no tan metafóricas: el golpe de la porra de los policías, las torturas con electroshocks o la picana en las celdas de las cárceles.
En este relato apasionante, narrado con pulso firme, Klein repasa la historia mundial reciente (de la dictadura de Pinochet a la reconstrucción de Beirut; del Katrina al tsunami; del 11-S al 11-M, para dar la palabra a un único protagonista: las diezmadas poblaciones civiles sometidas a la voracidad despiadada de los nuevos dueños del mundo, el conglomerado industrial, comercial y gubernamental para quien los desastres, las guerras y la inseguridad del ciudadano son el siniestro combustible de la economía del shock.

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LOS DOS OCTUBRES

El siguiente es un artículo escrito en 1927 por el anarquista ruso Piotr Archinov, quien fuera activo miembro del Ejérico Insurgente de Ucrania, más conocidos como los makhnovistas, y quien fuera uno de los principales impulsores del grupo Dielo Trouda en París. Este artículo creemos que es importante a la luz del 90 aniversario de la Revolución de Octubre.





La revolución, obrera y campesina, victoriosa de 1917 quedó legalmente establecida en la agenda bolchevique como la Revolución de Octubre. Hay una sana verdad en esto, pero no resulta enteramente exacto. En octubre de 1917 los obreros y campesinos de Rusia superaron un obstáculo colosal para el desarrollo de la revolución. Abolieron el poder nominal de la clase capitalista, pero antes de aquello alcanzaron algo de igual importancia revolucionaria o quizás algo aún más fundamental. Al tomar el poder económico de la clase capitalista y la tierra de manos de los terratenientes en el campo, ellos conquistaron el derecho al trabajo libre y sin supervisores en las ciudades, sino el control total de las industrias. Consecuentemente, fue antes de Octubre que los trabajadores revolucionarios destruyeron las bases del capitalismo. Todo lo que quedó fue la superestructura. De no haber habido esta expropiación general a los capitalistas por parte de los obreros, la destrucción de la máquina estatal burguesa -la revolución política- no habría triunfado de ninguna manera. La resistencia de los propietarios habría sido mucho más poderosa. Por otra parte, los objetivos de la Revolución Social de Octubre no se limitaban a terminar con el poder capitalista. Los obreros habían experimentado un largo período de desarrollo práctico de carácter autogestionario, el cual se malogrará en los años venideros.

Por tanto, al considerar como un todo a la evolución de la Revolución Socialista rusa, Octubre aparece sólo como una fase -aunque como una fase decisiva y poderosa, por cierto. Por esto es que Octubre no representa en sí, por completo, a la revolución social. Al pensar en los victoriosos días de Octubre, uno debe considerar esa circunstancia histórica como determinada por la Revolución Social rusa.

Otra peculiaridad, no menos importante, es que Octubre tiene dos significados -aquel que le fue dado por las masas trabajadoras que participaron en la Revolución Social, y con ellos, por los comunistas-anárquicos, y el que le fue dado por el partido político que captó el poder de esta aspiración a la Revolución Social, y el cual traicionó y sofocó todo posterior desarrollo. Una enorme distancia existe entre estas dos interpretaciones de Octubre. El Octubre de los obreros y de los campesinos es la supresión del poder de las clases parásitas en nombre de la igualdad y la autogestión. El Octubre de los Bolcheviques es la conquista del poder por el partido de la intelligentsia revolucionaria, la instauración de su "Estado Socialista" y de su método "socialista" de gobernar a las masas.
EL OCTUBRE OBRERO
La Revolución de Febrero sorprendió a los diferentes partidos revolucionarios en completa confusión y, sin dudas, se vieron considerablemente sorprendidos por el profundo carácter social de la naciente revolución. Primero, nadie salvo los anarquistas, querían creerlo. El Partido Bolchevique, el cual siempre decía expresar la aspiración más radical de la clase obrera, no pudo ir más allá en sus fines de los límites de una revolución burguesa. Fue sólo en la conferencia de Abril que se preguntaron qué estaba realmente pasando en Rusia. Si era sólo el derrocamiento del zarismo, o era que la revolución iba más allá -¿tan lejos como el derrocamiento del capitalismo? Lo último, planteó eventualmente a los bolcheviques la cuestión de las tácticas a seguir. Lenin tomó conciencia antes que los otros bolcheviques del carácter social de la revolución y enfatizó la necesidad de conquistar el poder. Vio un avance decisivo en el movimiento obrero y campesino que estaba socavando más y más las bases de la burguesía industrial y rural. Un acuerdo unánime sobre estas cuestiones no podía ser alcanzado, ni siquiera hacia los días de Octubre. Todo el tiempo, el partido maniobró entre las consignas sociales de las masas y la concepción de una revolución social-demócrata, que es de donde venían y donde se desarrollaron. Sin oponerse a las consignas de la pequeña y gran burguesía, por una Asamblea Constituyente, el partido hizo lo mejor por controlar a las masas, pretendiendo mantener el paso con ellas, el cual era cada vez de un tranco más largo.

Durante este tiempo, los obreros marcharon impetuosamente hacia adelante, arrojando implacablemente al suelo a sus enemigos a la derecha o a la izquierda. Los grandes terratenientes rurales comenzaron a evacuar el campo, huyendo del campesinado insurgente y buscando la protección de sus posesiones y de su gente en las ciudades. Mientras tanto, el campesinado procedía a una redistribución directa del suelo y no quería oír de convivencia pacífica con los terratenientes. En las ciudades, por su parte, un repentino cambio tuvo lugar entre los obreros y los empresarios. Gracias a los esfuerzos del genio colectivo de las masas, los Comités Obreros surgían en cada industria, interviniendo directamente sobre la producción, ignorando las advertencias de los propietarios y concentrándose en eliminarlos de la producción. De este modo, en diferentes lugares del país, los obreros lograron la colectivización de la industria.

Simultáneamente, toda la Rusia revolucionaria se cubría de una vasta red de Soviets obreros y campesinos, que comenzaron a funcionar como órganos de autogestión. Se desarrollaron, prolongaron y defendieron la revolución. El orden y la administración capitalistas, aún existían nominalmente en el país, pero el vasto sistema de autogestión obrera económica y social era creado en su seno. Este régimen de soviets y comités de fábrica, por el solo hecho de su aparición, amenazaban de muerte al sistema estatal. Debe ser aclarado que el nacimiento y desarrollo de los soviets y comités de fábrica no tiene nada que ver con principios autoritarios. Por el contrario, eran, en el cabal sentido del término, órganos de autogestión social y económica de las masas, y en ningún caso, órganos del poder estatal. Eran opuestos a la maquinaria estatal que buscaba dirigir a las masas y preparaban una batalla decisiva en contra de ésta. "La fábrica al obrero - la tierra al campesino" -estas eran las consignas con las cuales las masas revolucionarias de la ciudad y el campo participaban en la derrota de la maquinaria del Estado de las clases poseedoras, en nombre de un nuevo sistema social, fundado en las células básicas de los comités de fábrica y en los soviets sociales y económicos. Estas demandas circulaban de un extremo a otro de la Rusia obrera, influenciando profundamente la acción directa contra la coalición de gobierno socialista-burguesa.

Como explicábamos, los obreros y campesinos ya estaban trabajando hacia la entera reconstrucción del sistema industrial y agrario de Rusia antes de Octubre de 1917. La cuestión agraria estaba virtualmente resuelta por los campesinos pobres, en una fecha tan anterior como Junio-Septiembre de 1917. Los trabajadores urbanos, por su parte, pusieron en funcionamiento órganos de autogestión social y económica, arrebatando al Estado y a los propietarios sus funciones organizativas en la producción. La Revolución Obrera de Octubre arrasó con el último y más grande obstáculo de la revolución, el poder estatal de las clases poseedoras, ya derrotado y desorganizado. Esta última evolución abrió un vasto horizonte para la consecución de la Revolución Social colocándole en el camino creativo de la reconstrucción socialista de la sociedad, al que ya habían apuntado los obreros en los meses precedentes. Este es el Octubre de los obreros y de los campesinos. Significó un poderoso intento de los trabajadores manuales explotados de destruir totalmente las bases de la sociedad capitalista y de construir una sociedad de trabajadores basada en los principios de igualdad, independencia y autogestión del proletariado urbano y rural. Este Octubre no alcanzó su conclusión natural. Fue interrumpido violentamente por el Octubre de los Bolcheviques, que extendieron progresivamente su dictadura a través del país.
EL OCTUBRE BOLCHEVIQUE
Todos los partidos estatistas, incluyendo el bolchevique, limitaron la Revolución Rusa a la instauración de un régimen social-demócrata. Fue sólo cuando los obreros y campesinos de toda Rusia comenzaron la revolución, la cual se probaba como un hecho histórico irreversible, que los Bolcheviques comenzaron a discutir el carácter social de la revolución, y la consecuente necesidad de modificar sus tácticas. No había unanimidad en el Partido sobre las cuestiones de carácter y orientación de los eventos que estaban teniendo lugar, ni siquiera en Octubre. Más aún, la Revolución de Octubre, al igual que los hechos que siguieron, se desarrolló mientras el Comité Central del Partido se hallaba dividido en dos tendencias. Mientras una parte del Comité Central, con Lenin a la cabeza, preveían la inevitable Revolución Social y proponían la preparación para la toma del poder, la otra tendencia, liderada por Zinoviev y Kamenev, denunciaba la tentativa de Revolución Social como aventurerista y no iban más allá de llamar a la Asamblea Constituyente en la cual los Biolcheviques ocuparían los puestos más a la izquierda. El punto de vista de Lenin prevaleció y el Partido comenzó a movilizar sus fuerzas en caso de la lucha decisiva de las masas en contra del gobierno provisional.

El Partido comenzó a infiltrar los Comités de Fábrica y los Soviets de Delegados Obreros, haciendo lo posible por obtener en estos órganos de autogestión los máximos mandatos a fin de controlar sus acciones.

Sin embargo, la concepción y aproximación de los Bolcheviques a los Soviets y a los Comités de Fábrica era fundamentalmente distinta a la de las masas. Mientras la masa obrera los consideraba como órganos sociales y económicos de autogestión, el Partido Bolchevique los veía como medios para arrebatar el poder a la decrépita burguesía y luego de esto, usar este poder para servir a los intereses del Partido. Entonces, una enorme diferencia se revelaba entre las masas revolucionarias y el Partido Bolchevique en su concepción y perspectivas de Octubre. En el primer caso, la cuestión era derrotar al Poder con el objetivo de ampliar y fortalecer los órganos de autogestión obrera y campesina ya constituidos. En el segundo caso, la cuestión era orientar estos órganos en orden a la toma del poder y subordinar todas las fuerzas revolucionarias al Partido. Esta divergencia, jugó un rol fatal en determinar el curso futuro de la Revolución Rusa.

El éxito de los bolcheviques en la Revolución de Octubre -es decir, el hecho de que se encontraran en el poder, desde donde subordinaron toda la revolución al Partido, se explica por su habilidad en sustituir la idea del poder soviético por la revolución social y por la emancipación social de las masas. A priori, estas dos ideas parecieran no contradecirse, ya que era posible comprender el poder soviético como el poder de los soviets, y así se facilitaba la substitución de la idea del poder soviético por la Revolución. Sin embargo, en su realización y consecuencia, estas ideas estaban unas y otras en violenta contradicción. La concepción del Poder Soviético encarnado en el Estado Bolchevique, se transformó en un poder burgués enteramente tradicional, concentrado en un puñado de individuos, que sujetaron a su autoridad todo lo que era fundamental y más poderoso en la vida del pueblo -en este caso, la Revolución Social. Entonces, con la ayuda del "Poder de los Soviets", en donde los bolcheviques monopolizaban casi todos los puestos -efectivamente, obtuvieron un poder total y pudieron proclamar su dictadura a lo largo y ancho del territorio revolucionario. Esto les otorgó la posibilidad de estrangular a todas las corrientes revolucionarias de los trabajadores que no estaban de acuerdo con su doctrina de alterar por completo el curso de la Revolución Rusa y hacerla adoptar una multitud de medidas contrarias a su esencia. Una de estas medidas era la militarización del trabajo durante los años del Comunismo de Guerra -militarización de los obreros para que millones de estafadores y parásitos pudieran vivir en paz, lujo y ocio. Otra medida fue la lucha entre la ciudad y el campo, provocada por la política del Partido, que consideraba a los campesinos como elementos no confiables y ajenos a la Revolución. También hubo, finalmente, un estrangulamiento del pensamiento libertario y del movimiento anarquista cuyas ideas sociales y consignas fueron la fuerza de la Revolución Rusa y se orientaban hacia la revolución social. Otras medidas consistieron en la proscripción del movimiento obrero independiente, la supresión de la libertad de expresión de los trabajadores en general. Todo se reducía a un único centro, desde donde emanaban todas las instrucciones concernientes a las formas de vida, de pensamiento, de acción de las masas obreras.

Este es el Octubre de los Bolcheviques. En él se encarnaba el ideal seguido por décadas por la intelligentsia revolucionaria, realizado ahora al por mayor por la dictadura del Partido Comunista de Todas las Rusias. Este ideal satisface a la intelligentsia dominante, pese a sus catastróficas consecuencias para los obreros; ahora ellos pueden celebrar con pompa su décimo aniversario de poder.
LOS ANARQUISTAS
El Anarquismo Revolucionario fue la única corriente político-social que exaltó la idea de la revolución social de los obreros y de los campesinos, tanto durante la Revolución de 1905 como desde los primeros días de la Revolución de Octubre. De hecho, el rol que pudieron haber jugado fue colosal, así como también pudieron serlo los métodos de lucha empleados por las masas. Del mismo modo, ninguna teoría político-social se pudo haber mezclado más armoniosamente con el espíritu y la orientación de la Revolución. Las intervenciones de los oradores anarquistas en 1917 eran escuchadas con una particular confianza y atención por los obreros. Uno podría haber dicho que el potencial revolucionario de los obreros y de los campesinos, junto al poder ideológico y táctico de los anarquistas, pudieron representar una fuerza a la cual nada podría oponerse. Desafortunadamente, esta unión no tuvo lugar. Algunos anarquistas aislados ocasionalmente sobrellevaban una intensa actividad revolucionaria entre los obreros, pero no había una organización anarquista de gran envergadura que dirigiera acciones más continuas y coordinadas, (Fuera de la Confederación Nabat y de la Makhnovchina en Ucrania). Sólo una tal organización pudo haber unido a los anarquistas y a los millones de obreros. Durante tan importante y ventajoso periodo revolucionario, los anarquistas se limitaron a las actividades restringidas de pequeños grupos en lugar de orientarse hacia la acción política de masas. Prefirieron ahogarse en el mar de sus disputas internas, sin intentar plantear el problema de una política y táctica común al anarquismo. Por esta deficiencia, se condenaron a la inacción y a la esterilidad durante los momentos más importantes de la Revolución.

Las causas del estado catastrófico del movimiento anarquista, residían en su dispersión, en la desorganización y ausencia de una táctica colectiva -cosas que casi siempre han sido sostenidas como principios por parte de los anarquistas, evitando que dieran un solo paso organizativo de forma que pudiesen orientar la revolución social de una manera decisiva. No hay asunto, en realidad, en denunciar a aquellos que, por su demagogia, su falta de reflexión, y su irresponsabilidad contribuyeron a crear esta situación. Pero la experiencia trágica que llevó a las masas obreras a la derrota, al anarquismo al borde del abismo, debiera ser asimilada desde ahora. Debemos combatir y estigmatizar sin misericordia a aquellos que de una u otra forma, continúan la perpetuación del caos y la confusión en el Anarquismo, a todos aquellos que obstruyen su re-establecimiento y organización. En otras palabras, a aquellos cuyas acciones vayan en contra de los esfuerzos del movimiento por la emancipación obrera y de la realización de la sociedad Anarquista-Comunista. Las masas obreras aprecian y son instintivamente atraídas al Anarquismo, pero no trabajarán con el movimiento Anarquista hasta verse convencidas de su coherencia teórica y organizativa. Es necesario que cada uno de nosotros intente al máximo que se alcance esta coherencia.
CONCLUSIONES Y PERSPECTIVAS
La práctica Bolchevique de los últimos diez años muestra claramente el rol contrarrevolucionario de la dictadura de su Partido. Cada año se restringen un poco más los derechos políticos y sociales de los trabajadores, y se les arrebatan sus conquistas revolucionarias. No cabe duda de que la "misión histórica" del Partido Bolchevique se encuentra vacía de significado y de que intentará llevar a la Revolución Rusa a su objetivo final: el capitalismo de Estado de los esclavos asalariados, vale decir, reforzar el poder de los explotadores y acrecentar la miseria de los explotados. Al hablar del Partido Bolchevique como parte de la intelligentsia socialista, que ejerce su poder sobre las masas obreras de la ciudad y el campo, tenemos en vista su núcleo dirigente central el cual, por su origen, por su formación así como por su estilo de vida, no tiene nada en común con la clase obrera, y pese a esto, rige todos los detalles de la vida del partido y del pueblo. Este núcleo intentará mantenerse por sobre el proletariado, quienes no pueden esperar nada de éste. Las posibilidades que ofrecen los militantes de base del Partido, incluyendo las Juventudes Comunistas, parecieran ser diferentes. Esta masa ha participado pasivamente en las políticas negativas y contrarrevolucionarias del Partido, pero proviniendo de la clase obrera, es capaz de llegar a percatarse del auténtico Octubre de los obreros y los campesinos y dirigirse hacia él. No nos caben dudas que de entre esta masa, vendrán muchos luchadores del Octubre obrero. Esperamos que asimilen rápidamente el carácter anarquista de este Octubre, y que vengan a prestarle sus manos. De nuestra parte, permítasenos indicar este carácter cuanto nos sea posible, y ayudar a las masas a reconquistar y conservar los grandes triunfos revolucionarios.


Piotr Archinov

(Traducción José Antonio Gutiérrez)

Extraído de anarkismo.net

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martes, 27 de noviembre de 2007

Marcha Fúnebre de los Trabajadores del Casino Buenos Aires

martes 27 de noviembre 5pm

Av. de Mayo y Av. 9 de Julio (a Plaza de Mayo)

* Por la reincorporación de los trabajadores de casino
* Repudio hacia a las patotas

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lunes, 26 de noviembre de 2007

La fabricación del consenso Parte 2

La fórmula gramsciana de coersión + consenso reformulada.



Dejo el link por si el visor de google no arranca (tanta guita gastada en comprar empresas sin parar se podrían gastar unos mangos para que el video funcione bien como youtube...)
http://video.google.com/videoplay?docid=-8618669975007990702&hl=es

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Fabricando el consenso Parte 1

Mejor sería leer los libros, cómo "Los guardianes de la democracia" o el propio "Manufacturing Consent" pero sé que hay gente que prefiere ver videos.
Este video es para mí muy importante.



Cómo no sé que mierda le pasa al visor de google les dejo el link para que lo vean ahí que anda mejor:

http://video.google.com/videoplay?docid=8796732900203862768&hl=es

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sábado, 24 de noviembre de 2007

Nuevo link en Arts Links

Recomiendo visiten el link que agregué al blog del escritor argentino Sergio Gaut vel Hartman. Una gloria!

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Hoy


Día de la Justicia Popular


SÁBADO 24/11, 20 HS


Video, Debate, Mesa de Materiales


Ramírez de Velasco 958 (Capital Federal)
ORGANIZAN:
Red Libertaria y Biblioteca Popular José Ingenieros


"Los tiempos ya terminaron en que hubo feudales bravosque agarraban a los esclavos y fiero los azotaron ¡Hoy no! Ya se rebelaron, Y ese hombre hoy, febril y ardiente cuando ve que un prepotente burgués quiere maltratarlo:cara a cara ha de mirarlo,cuerpo a cuerpo y frente a frente!"

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martes, 20 de noviembre de 2007

Bálsamo de aguas turbias

Una amiga de la casa (m. de Asbestomanía)posteó unos textos de su autoría que me gustaron bastante. Recién leí uno y me dió gansa de postear uno mío, que escribí hace unos años, pertenece a una serie de textos que pretendían encadenarse cómo novela, cosa a la que nunca llegué. Su personaje central, el hombre extraño vestido de negro debía ser la personificación de una clase particular de mal, debía condensar esa clase de mal por el que la sociedad finge sorpresa aún cuando detrás del velo de toda esa hipocresía, está ocurriendo de modo permanente, tal vez, aunos pocos metros de dónde sea que estemos leyendo (escribiendo en mi caso), ésto. Por otro lado intentaba reflexionar a través de esos textos sobre los mecanismos de defensa que ponemos en juego para soportar el dolor que deviene de vivir en una sociedad que se plantea al otro como competencia, en el mejor de los casos, cómo enemigo casi siempre. Si alguna vez puedo dejar de trabajar y dedicarme a escribir, tal vez lo intente más seriamente. Por el momento, ésto es algo de lo que hay...
Espero comentarios.

Bálsamo de aguas turbias

Rengueando el hombre extraño vestido de negro subió el cierre de la bragueta dorado y no fue hasta darse la vuelta para volver sobre sus pasos que vio esa Chevy blanca y desvencijada, en medio del basural baldío. Los vidrios empañados ocultaban el interior, pero el hombre extraño y vestido de negro escupió, y vio la cara de un niño esmerilado dentro. Se rascó la barba y rengueando, sobre sus botas de cuero negro, se acercó para ver mejor. El niño estaba sólo y en cueros, y miraba al hombre con ojos redondos cómo una vaca, húmedos de sueño aquella mañana. Al bajar la ventanilla de la Chevy blanca el velo esmeril de rocío que cubría la cara blanca y flaca fue bajando como un telón al revés. El hombre extraño vestido de negro que a veces tenía pensamientos negros, pero al salir el sol, más bien, extraños, pensó que si un telón se descorría al revés, es decir en lugar de subir, bajaba, la obra, iba a ser desde el fin, hacia el principio, y de cabeza.
El niño a medio metro de distancia pudo sentir el olor a whisky y a tabaco manar de esa inmensa barba negra y con algunas canas. Le recordó a su padre, el olor, padre enterrado dos metros más allá, por sus pequeñas propias manitos blancas y la pala del baúl. Padre enterrado dos días más allá, por su propia afición a los juegos de naipes entré él y sus peligrosos jefes, de casas blancas y mujeres que no parecían madres, ni putas del todo.
Al hombre extraño y vestido de negro, lo que le disparó un recuerdo, no fue sino el propio niño, que terminó por recordarle a sí mismo, escondido en el antiguo Chrysler del abuelo, huyendo de una furia de cinturonazos y gritos, que su madre llamaba: tu padre.
El chico habló primero, fue quién más rápido dejó de recordar: —Hola— dijo con una voz apenas madurada, en una garganta nueva, de unos once años de vida. El hombre extraño vestido de negro carraspeó una flema dura por todo saludo y sonrió mostrando dientes desparejos y todo lo idiota que implica sonreír por las mañanas. Los insectos molestos ya empezaban a zumbar nuevamente entre las bolsas rotas de basura, bolsas de esos colores horrendos, una nostalgia del color que una vez tuvo la bolsa plegada, y que estirada sólo puede contener basura, por la inmundicia de su aspecto.
Caminaron juntos hacia la orilla cercenada de agua mugrienta del río, el hombre acarreando una pesada motocicleta cubierta de polvo, el niño nada. El sol ya jodía bastante los ojos en la orilla, y el reflejo en el agua lo multiplicaba, lo hacía más fuerte e hiriente. El niño esmeril jugueteaba con una rama corta y el hombre extraño vestido de negro pateaba los guijarros de la costa hacia el agua, la espalda del niño esmeril se veía blanca, suave y fresca por más que el sudor la empapase, el sudor parecía fresco y suave, agua de rocío sobre pétalos de flores, no cómo el sudor agrio y espeso de esos hombres de uniforme en las fronteras, ni como el de las putas gordas de las cabañas linderas a los altos y brillantes vallados metálicos que separaban una nación de otra. Lentamente y cómo jugando un juego de desgano y resaca el hombre extraño y vestido de negro se fue quitando las ropas. El hombre extraño y desnudo de negros tenía unas cicatrices surcando una espalda de músculo marcado y brillante transpiración. Sentado en la orilla el niño esmeril vio sumergirse las horas en el río, y al hombre extraño desnudo de negro con su negra barba más negra por el agua que estancaba en ella, con algunas canas.
El niño entró en el agua abandonando su ropa sobre una mata de arbusto, y su desnudez esmeril, blanca esmeril, un blanco fuera de foco de la mugrienta nieve, se estremeció en lo turbio del agua del río, pero no demasiado lejos de la orilla donde aún se veía el agua bastante transparente, lo suficiente como para distinguirse los pies, como una mancha borrosa. Una ligera llovizna comenzó. Por eso fue que el agua había permanecido tan quieta, tan quieta como pudo haber permanecido con un hombre extraño y un niño esmeril sumergidos en ella, el hombre extraño desnudo de agua, se acercó barriendo el agua con las manos hacia el niño. El niño se arrodilló sumergiéndose hasta el cuello y tomó al hombre extraño por la cintura comenzando a patalear rítmicamente, el hombre caminaba hacia atrás, y el niño así sostenido del cuerpo del hombre conseguía flotar, avanzando ambos lentamente hacia un sector más profundo.
El hombre extraño y desnudo de agua de negro se sintió aquella vez más extraño y más desnudo de lo que nunca había estado al experimentar una erección bajo las turbias aguas, pero esta vez no alcanzó a encontrar ningún pensamiento, cuando el esmeril y luminoso niño de agua se soltó de una mano y comenzó a acariciarle la pierna izquierda, la de la herida de cuchillo, la que a veces se doblaba sola, sin esperar orden alguna del cerebro. Tomó la mano pequeña el hombre grande y la guió hasta ese hervidero de sangre agolpada bajo el río, la esmeril y lenta caricia continuó, el hombre extraño cesó de retroceder, y comenzó a avanzar, hacia la orilla igual de lentamente que cuando retrocedía, hasta hacer su ingle emerger desde las turbias aguas, el niño se colgó de los hombros del hombre, y lo besó en los labios, luego fue bajando por el cuerpo hasta besar el fuego de la inmensa bestia. Tragó lo blanco el blanco, y a lo blanco del día, se lo devoró lo negro.
La mañana despertó al otravezhombrevestidodenegro, aún había fuego entre los troncos secos de la noche. Pensó por un momento, encendiendo una vieja pipa de madera caoba, que debía buscar una iglesia, no para rezar, quién podría creer esas mariconadas con lo jodido que era el mundo, sino para pedir explicaciones. Alguien debía darle explicaciones sobre lo que él no podía dejar de hacer. No tenía importancia que acabase por no creer en la verdad de esas explicaciones, sólo necesitaba oírlas. Porque en el fondo, nadie necesita explicaciones sino abandonar la tensión de la incertidumbre. Las palabras podían ser cómo el bálsamo que vendía ese negro brujo en la carretera que preparaba con el agua de río turbio y mugriento que bañaba las costas de la ciudad, no curaba la enfermedad, curaba otra cosa distinta de la enfermedad que cambiaba el modo de considerarla y por tanto, de sufrirla. El problema siempre es quién va a darnos ése bálsamo y la potencia que éste tenga.
El hombre extraño vestido de negro cruzó la carretera hacia el baldío con el pequeño cuerpo blanco acurrucado entre sus brazos, los insectos comenzaban a volar, el hombre depositó el cuerpito blanco esmeril en el inmenso baúl de la chevy blanca, el día iba a ser nublado. El hombre extraño vestido de negro limpió con unos shortcitos anaranjados de talle 12, sus ensangrentadas manos. Luego cruzó la carretera, y se alejó en su motocicleta.

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domingo, 18 de noviembre de 2007

RL

Resistencia Libertaria

La historia de la militancia anarquista en los ‘70 en la Argentina.

Una investigación de Verónica Diz y Fernando López Trujillo.
Presentación y charla con la autora y el autor.
Y la poesía y la música del trovador Gabriel Sequeira.

Martes 20 de noviembre 19hs.
Salón Consular I - Planta Baja.
Hotel B.A.U.E.N.
Callao 360 – Ciudad de Buenos Aires.

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Manderlay o de cómo nos hicimos esclavos...



Anoche dieron ésta por I-Sat. Coincidencias extrañas la terminaba de ver en dvd cuando la ví en el cable.Es la segunda de la trilogía de Von Triers sobre EEUU.
La primera es Dogville. Es excelente.
Un clima Bretchiano domina ambos films, ello es logrado en base a la producción escenográfica.
La intención de éste post no es sencillamente recomendar que las vean, sinó afirmar la importancia vital que tienen éstos filmes en tiempos en que el "cine político" no abunda y el poco que hay se mueve dentro de los cánones del realismo y el relato directo y lineal.
Dogville se podría resumir, entre otras tantas, con la pregunta ¿Cómo tratamos al extranjero, al "inmigrante"? y siendo la primera la respuesta no sólo conmueve sino que asombra, no por sus resultados inesperados, sinó por su estética teatral.
Sin embargo, Manderlay, aún teniendo por perdido el factor "novedad" con que jugaba Dogville, es aún mejor que la anterior.
Es simplemente brillante y pone en cuestión por elipsis, la política exterior de EEUU, pero lo hace de un modo filopolíticamente profundo.
A pesar de ser Lars Von Trier un comunista leninista, las preguntas que se hace son propias del comunismo anárquico, pues ataca, no sólo los fundamentos liberales de la democracia, sino la posibilidad de iniciar transformaciones "desde arriba".
Por supuesto, siendo el tema "racismo" el eje del filme, las lecturas que permite son variadas y en multiples niveles. Si bien tiene una base en "Historia de O", se podría leer en ella gran parte del "Discurso sobre la servidumbre voluntaria" de La Boetié. Si "Dogville" parecía una respuesta a la pregunta ya formulada, "Manderlay" podría resumirse en la pregunta ¿Porqué tenemos tanto miedo a la libertad?

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sábado, 17 de noviembre de 2007

24 de Noviembre - Día de la Justicia Popular

SÁBADO 24/11, 20 HS

Homenaje al compañero Simón Radowitzky


Video, Debate, Mesa de Materiales

Ramírez de Velasco 958 (Capital Federal)

ORGANIZAN:

Red Libertaria y Biblioteca Popular José Ingenieros

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Buena canción porque sí

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Mala Película, Gran Canción

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jueves, 15 de noviembre de 2007

Desaparecidos

SE AGRADECE SU DIFUSION.........


EQUIPO ARGENTINO DE ANTROPOLOGIA FORENSE
CAMPAÑA


Si tenés un familiar víctima de desaparición forzada entre 1974 y 1983 Una
simple muestra de tu sangre puede ayudar a identificarlo

0800-333-2334

www.eaaf.org /iniciativa

La toma de la muestra se realiza en todo el país en forma gratuita. Todos
los resultados obtenidos son confidenciales.

Nota: Hay muestras anteriores que sirven y otras que sería conveniente
repetir porque ahora se cuenta con mejor tecnología, se recomienda que 3
familiares aporten sangre para una mayor efectividad de las
identificaciones.

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martes, 13 de noviembre de 2007

Imperdible

Dictadores y criminales de guerra a los que Juan Carlos no les dijo que se callasen

Acá, en Rebelión.

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Festival

Festival por la educación popular frente al Ministerio de Educación

Difundimos comunicado

*Muchas gracias por difundir esta información** ** *

Organizado por el Movimiento de Bachilleratos Populares para Jóvenes y Adultos

700 estudiantes y 200 docentes hacen secundarios populares en organizaciones sociales, empresas recuperadas, sindicatos y villas de la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Para hacer visible la existencia de estos secundarios y reclamar el reconocimiento de los títulos el JUEVES 15 de NOVIEMBRE a partir de las 16 horas se realiza un Festival de la Educación Popular frente al Palacio Pizzurno.

Las once escuelas secundarias para jóvenes y adultos que funcionan en fábricas recuperadas y organizaciones sociales de villas de la ciudad y la provincia de Buenos Aires realizan un *"Festival por la Educación Popular" en la *Plaza Rodríguez** Peña*, frente al *Ministerio de Educación, el próximo jueves 15 de noviembre a partir de las 16 horas *. Reclaman el reconocimiento de los títulos y el financiamiento de los secundarios, ya que son escuelas gratuitas a las que el Estado deriva estudiantes pero no financia infraestructura ni docentes.

*"Mientras 14 millones de jóvenes y adultos se encuentran fuera del sistema educativo *(67 por ciento de la población de 15 años en adelante, según el censo de 2001), *el Ministerio de Educación se niega a reconocer las experiencias que acercan una respuesta al problema del riesgo educativo" *, plantean los organizadores de los bachilleratos* . *En la actualidad un total de setecientos estudiantes realizan su secundario en estas escuelas, que comenzaron en la fábrica recuperada IMPA y hoy se realizan en otras diez organizaciones sociales. * *

Las reivindicaciones de las Escuelas Populares son:

Reconocimiento y financiamiento de todos los bachilleratos populares de jóvenes y adultos vinculados a experiencias de educación popular en movimientos sociales.

Reconocimiento de los educadores populares con iguales derechos que el conjunto de los trabajadores de la educación.

Modificación del régimen de subsidios del estado, que permite la transferencia de recursos a verdaderas empresas privadas educativas con fines de lucro pero impide que los Bachilleratos populares gratuitos perciban subsidios con regularidad.

Por un sistema de becas a estudiantes garantizando las ya otorgadas en la ciudad de Buenos Aires, extendiéndose a Provincia y que signifique una ayuda real para quienes la necesiten, incluyendo a jóvenes y adultos.

Por la creación dentro del sistema educativo público de la Dirección de Gestión Social, Popular y Comunitaria.

Durante el *Festival por la Educación Popular*, habrá un recital con grupos musicales de los distintos barrios donde funcionan los bachilleratos, títeres para adulos y actividades de educación popular.

************

*Las Escuelas Populares en Empresas Recuperadas y Organizaciones Territoriales son** :*

Bachillerato IMPA, Bachillerato Maderera Córdoba, Bachillerato Chilavert, Bachillerato Popular Villa 21/24, Bachillerato La Dignidad de Soldati, Bachillerato Rodolfo Walsh, Bachillerato Simón Rodríguez (Las Tunas), Bachillerato Los Troncos, Bachillerato 19 de Diciembre (Ballester), Bachillerato El Telar, Bachillerato Las 2 Palmeras y los bachilleratos en formación: Arbolito -UST- Villa Domínico, Tierra y Libertad de Fiorito y Movimiento de Ocupantes e Inquilinos de Ciudad de Buenos Aires.

Contactos de prensa:

prensa.bachilleratos@gmail.com

Leandro Rodríguez (Maderera Córdoba) 4932-1869 de 8 a 13 Hs.

Raúl Gonzalez (Chilavert) 155123-9977

Erika Blum Fernández (IMPA) 15-5027-3733

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domingo, 11 de noviembre de 2007

Los tipos duros no mueren...



"Este sistema comenzó hace unos treinta o trainta y cinco años, cuando unos pocos intelectuales tímidos, orgullosos del poderío de sus mentes, adoptaron un conjunto de actitudes no comprometidas ante los estamentos literarios y descubrieron, para su sorpresa, que eran muchos en los Estados Unidos -ese tazón de la gran sopa indefinida- quienes los escuchaban como a autoridades y los seguían como si fueran sacerdotes con el oído aplicado a los murmullos del vacío.
Comenzó como una apariencia. Ninguno de ellos sabía tanto como afirmaba saber, ninguno había atravesado las galaxias de experiencia que se disponían a juzgar; la autoridad fue una máscara que asumieron como el más valiente aserto de su vida -los males y terrores del ghetto aún viajaban en su inetrior- y el triunfo de ese aserto derivó en la continua vida de sus apariencias.
Sus vidas se convirtieron en apariencias; nunca tomarían una posición, porque se les podría juzgar por ella y arrancarles la máscara. En cambio, galopaban, refunfuñaban, se enfurecían, bufaban -siempre dinámicos-, y se movían como actores de primer orden; mientras su Sistema se transformaba en otro Sistema fueron seguidos por nuevos y jóvenes practicantes de la apariencia, jóvenes ejecutivos de la literatura que no serían sorprendidos haciendo una observación, con la espalda contra la pared, o los pies lejos de la bola de mercurio. La ansiedad por mantener viva la apariencia es aún mayor en éste joven Sistema, porque sus miembros son menos cultivados que los del anterior, menos estacionados, menos moderados.
Los jóvenes son herederos de un poderío que no ganaron mediante el asedio firme; los asombra ese poderío y sienten pánico ante las fuerzas que los confrontan en el abismo norteamericano."

Fragmento de "El árbol genealógico" Norman Mailer (1970)

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sábado, 10 de noviembre de 2007

COMUNICADO DE PRENSA

06/11/07

Encubren a los patoteros.

Persiguen a las víctimas.


Los estudiantes del Colegio Carlos Pellegrini rechazamos las maniobras que en los últimos días se están realizando para encubrir y proteger a la patota que nos golpeó y amenazó el día miércoles 31 de octubre. La camarilla enquistada desde hace años en la Comisión Interna de Ute-Ctera, tiene la hipocresía y el descaro de pedir, a través de un comunicado de prensa, “la inmediata identificación y sanción a los agresores que lesionaron a los docentes Héctor Gómez Mastrogiovanni y Pablo Prada”; por otro lado, exigen “la inmediata apertura de sumario y separación de sus funciones del profesor Julio Bulac io”, que habría “puesto en riesgo la integridad física de alumnos y docentes de la escuela”. En el mismo texto, repitiendo las trascendidas palabras del Rector de la UBA, Rubén Hallú, se suman a la escalada macartista impulsada desde los grandes medios de comunicación, denunciando como “minoritarias” a organizaciones docentes y estudiantiles que impulsaron la lucha por la democratización del colegio. La dirección de Ute-Ctera busca defender a sus patoteros, uno de los cuales es miembro de la Comisión Interna, poniendo a las víctimas como victimarios.

Durante el turno tarde del miércoles pasado, en medio de un procedimiento de evacuación provocado por una amenaza de bomba, un grupo de preceptores, di rigido por el Vicerrector Esturo y los funcionarios Núñez, Caracciolo y De la Torre se disponían a clausurar, violando las actas firmadas y sin ningún tipo de justificación, el bar gestionado por el Centro de Estudiantes. Evidentemente, sabían que no se trataba de ninguna bomba. Frente a esto, los estudiantes que allí se encontraban, exigieron que se abortara la clausura del comedor y se procediera a evacuar de inmediato el establecimiento. El pedido fue acompañado por el profesor Bulacio (que también fue intimado por los agresores). La respuesta fueron los golpes y las amenazas de muerte por parte de los preceptores Mastrogiovanni y Prada. La tarea fue completada por dos agentes de la Policía Federal, que también agredieron a los estudiantes. Los alumnos heridos ya han iniciado, junto a sus padres, las acciones penales correspondientes. Estos hechos no son más que la expresión de un proceso de persecución del movimiento de estudiantes, docentes y no docentes en lucha, cuyo único objetivo fue garantizar el incumplimiento del acta de compromiso firmada el 19 de junio pasado. Las camarillas de la UBA y la burocracia de Ute-Ctera están detrás de este proceso. Actualmente, pesan sobre Julián Asiner, Presidente del Centro de Estudiantes, dos causas penales. También fueron acusados Julio Bulacio, Secretario General de AGD-Pellegrini, y Martín Chilo, Secretario General de APUBA-Pellegrini. Ahora, quieren sancionar a los estudiantes de quince años golpeados, varios de ellos de sexo femenino, y reincorporar a los patoteros.

En virtud de la crisis fenomenal que está atravesando nuestro colegio, los estudiantes hemos decidido realizar nuestros mayores esfuerzos para poder finalizar en tiempo y forma el ciclo lectivo de este año. Sin embargo, señalamos que la única salida al conflicto pasa por el cumplimiento punto por punto del acta de compromiso y la democratización del colegio. El día viernes 2 de noviembre hemos realizado una masiva movilización al Rectorado de la UBA. Allí, mantuvimos una reunión con el Secretario General, Carlos Más Vélez, el Secretario de Hacienda y Administración, Hernán Piotti López, y la Secretaria de Enseñanza, María Rosa Neufeld. Las asambleas estudiantiles de los tres turnos del colegio habían votado los siguientes puntos:

§ Ninguna sanción para los estudiantes y docentes agredidos por los patoteros.
§ Separación inmediata de sus cargos, impidiendo cualquier tipo de vínculo con estudiantes, de los preceptores Mastrogiovanni y Prada.
§ Renuncia del Vicerrector Esturo y de los funcionarios Núñez, Caracciolo y De la Torre, que no s ólo impidieron el normal procedimiento de evacuación, sino que permanecieron indiferentes frente a las agresiones y amenazas a los estudiantes.
§ Renuncia del Rector Juan Carlos Viegas, responsable político de lo ocurrido, que se ha demostrado absolutamente incapaz para solucionar el conflicto, dejando a la institución en un verdadero desgobierno.
§ Democratizació n YA. Aprobación del proyecto de Consejo Directivo presentado por el CECaP, la AGD y la Comisión Interna No Docente. Continuidad de la gestión estudiantil del bar. Titularización y carrera docente. Cumplimiento del acta de compromiso.

Al momento, seguimos esperando la respuesta del Rectorado, que habían comprometido para el día de ayer.

Conducción del
C.E.Ca.P.
Centro de Estudiantes del Carlos Pellegrini

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jueves, 8 de noviembre de 2007

Invitación

SABADO 10 DE NOVIEMBRE
EN LA
BIBLIOTECA POPULAR "JOSÉ INGENIEROS"
RAMIRES DE VELAZCO 958 (CAP.FED.)
20HS.

FRANK MINTZ
PRESENTARÁ EL LIBRO DE SU AUTORÍA:
"ANATÓL GORELIK: EL ANARQUISMO EN LA REVOLUCIÓN RUSA"
LOS/AS ESPERAMOS!!!



BIOGRAFÍA DE ANATOL GORELIK (Publicada en el libro)

Nace en Guenichesk, pequeño puerto de la provincia de
Tavrichevsk, Ucrania, el 28 de febrero de1890; muere en Buenos
Aires, el 15 de noviembre de1956. Orador, periodista y
propagandista del anarquismo, de origen ucraniano y exiliado
en la Argentina.
Hijo de una familia numerosa, sus padres son los judíos más
pobres de la ciudad. A los diez años debe trabajar como vendedor
en un almacén de comestibles. Anarquista desde 1904, milita
en dicho movimiento en el sur de Rusia. Hasta 1909 es
detenido repetidas veces por el gobierno zarista.
En 1909 emigra a Francia. En 1911 vuelve clandestinamente
a la militancia en Rusia. A fines de ese año lleva a cabo una
activa labor sindical en Francia. En 1913 viaja a los Estados
Unidos, donde actúa como orador y propagandista en los sindicatos
de trabajadores rusos, en los IWW y en organizaciones
anarquistas, participando activamente en muchas acciones laborales.

En 1916, junto con Korniuk y otros compañeros, organiza
el primer periódico ruso de obreros industriales Golos
Rabochevo [La voz de los obreros], luego Golos Trusenika [La
voz del trabajador].
En 1917 regresa a Rusia y milita por el anarquismo en muchas
ciudades, principalmente en Ekaterinoslav y en la cuenca
del Don. En 1918 es secretario del Buró de los anarquistas de la
cuenca del Don, miembro de la redacción del periódico Golos
Anarjista [La voz del anarquista] y secretario del Buró de información
y propaganda anarquista en lengua judía [idish]. Con
la llegada a Ucrania del ejército de ocupación germano-austríaco
pasa a la clandestinidad.
En 1919 es secretario de los grupos anarquistas Nabat [Alar-
ma] en la ciudad de Mariupol y organiza una serie de otros
grupos. A raíz de la ofensiva de Denikin se ve obligado a pasar
nuevamente a la clandestinidad. En 1920 trabaja como docente
en el Comisariado Popular de Educación de Ucrania, mientras
prosigue la labor propagandística anarquista.
En ese mismo año, y a raíz del ataque alevoso del poder
soviético contra makhnovistas y anarquistas, es detenido y trasladado
a Moscú, siendo liberado el 6 de enero de 1921. Sigue
haciendo propaganda anarquista en Moscú, principalmente entre
los estudiantes. El 8 de marzo del mismo año es nuevamente
detenido y condenado a pasar tres años en un campo de concentración,
catalogado como “anarco-contrarrevolucionario”. Permanece
en la cárcel hasta el 17 de septiembre cuando, tras 10
días y medio de huelga de hambre y de escándalo en el Congreso
de la Profintern (gracias al reclamo de los delegados extranjeros
anarquistas y anarcosindicalistas, como Ángel Pestaña de
la CNT española, Armando Borghi de la USI italiana, May
Picqueray de Francia, etc.), es incluido entre los diez anarquistas
expulsados de Rusia a fines de 1921 (los diez son: Feldeman,
Feodorov, Maximov, Mrachny, Mijaylov, Volin, Vorobiev,
Yarchuk, Yudin y Gorelik).
Llega desde Berlín a Buenos Aires en 1922 y desempeña una
gran actividad tanto entre los grupos anarquistas de lengua rusa
(como colaborador de Delo Truda de Buenos Aires) como entre
los de de lengua española (numerosos artículos en La Antorcha),
para exponer la realidad de la revolución soviética y dar
a conocer a figuras del movimiento anarquista ruso. Defiende
el anarquismo contra las influencias del sindicalismo, a las que
juzgaba negativas y reformistas.
Sus escritos son inicialmente traducidos por su compañero Julio
Compañ, pero a fines de los años 20 escribe directamente en
castellano. Cuando el golpe militar de septiembre de 1930 trunca
las publicaciones libertarias en la Argentina, Gorelik sigue
escribiendo, abordando los problemas educativos y revolucionarios,
en especial, para La Revista Blanca de Barcelona, hasta
su cierre en 1936.
Bastantes zonas oscuras permanecen sobre su período argentino,
tanto en la militancia con los compañeros de lengua
rusa, que fue importantísima, como entre los de habla castellana
e idish. El bache de la enfermedad y del aislamiento, acaso
debido a la aspereza de su carácter, silenció su deceso, que no
fue señalado en la prensa anarquista argentina y que sólo se
conoció en la prensa de la emigración rusa libertaria al año y
medio de su muerte. Con razón escribió su biógrafo desde Montevideo:
“Sobre la tumba [de Anatol Gorelik] ya se secó la hierba”.
“En 1940 el compañero Gorelik sufrió un ataque de parálisis.
Pasó 16 años postrado en la cama. Como ni hay que extrañarse,
de eso casi nadie quedó enterado. Es explicable, lógicamente,
porque el movimiento libertario de la época, por varias
razones, estaba estancado. Todo el cuidado del enfermo recayó
en su esposa. A pesar de su frágil salud y de la situación familiar
–dos hijos–, Fany Gorelik se puso a la obra y con sus propios
esfuerzos mantuvo al enfermo y a la familia. Este período
de la vida del compañero Gorelik, sin duda alguna, fue el peor.
Además de las necesidades materiales, le habrá sido difícil estar
alejado de todos, olvidado. Transcurrieron los últimos años
del compañero Gorelik en un hospital de Buenos Aires, donde
murió el 15 de noviembre de 1956. De su muerte y de su enfermedad,
durante mucho tiempo nadie supo nada” (Alexander
Cherniakov, necrología titulada “U moguili, use porosshey travy
[Sobre la tumba ya se secó la hierba]”, en Delo Truda-
Probusdenie, Chicago, VI 1958, pp. 23-25).
A pesar del vigor de sus análisis y de su pluma prolífica, así
como sucedió con su compatriota Alexander Shapiro, muerto
en plena actividad, ninguna publicación ha recogido sus escritos.
Este olvido del luchador y de su obra motivó hace casi
medio siglo una promesa de su necrólogo, que aún sigue vigente:
“Es una vergüenza el fin de la vida del compañero Gorelik,
que tanto dio a la anarquía. Es preciso, si bien con atraso, expresar:
¡compañero Anatol!, cuando triunfe el Ideal que serviste,
nuestros descendientes te recordarán y te inscribirán con letras
de oro en nuestra memoria”.
A los noventa años de la revolución soviética y del impulso
libertario creador que aportó al mundo y a los cincuenta de la
muerte de Gorelik, está dedicado este conjunto de escritos cargados
de experiencias y reflexiones críticas.

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La ficción contractual VII y final.

En la moral metafísica, he dicho, el hombre llegado a la conciencia de su alma inmortal y de su libertad individual ante dios y en dios, no puede amar a los hombres, porque moralmente no tiene necesidad de ello, y porque no puede amar, he añadido aún, más que lo que tiene necesidad de vosotros.

Si se cree a los teólogos y a los metafísicos, la primera condición es perfectamente cumplida en las relaciones del hombre con dios, porque pretenden que el hombre no puede pasarse sin dios. El hombre, pues, puede y debe amar a dios, puesto que tiene tanta necesidad de él. En cuanto a la segunda condición, la de no poder amar más que lo que tiene necesidad de ese amor, no se encuentra realizada en las relaciones del hombre con dios. Sería una impiedad decir que dios puede tener necesidad del amor de los hombres. Porque tener necesidad significa carecer de una cosa que es necesaria a la plenitud de la existencia; es, pues, una manifestación de debilidad, una opinión de pobreza. Dios, absolutamente completo en si, no puede tener necesidad de nadie, ni de nada. No teniendo ninguna necesidad del amor de los hombres, no puede amarlos; y lo que se llama su amor hacia los hombres no es más que su aplastamiento absoluto, semejante y naturalmente más formidable aún que aquel que el poderoso emperador de Alemania ejercita hoy en relación a todos sus súbditos. El amor de los hombres hacia dios se parece también mucho al de los alemanes hacia este monarca, tan poderoso hoy que, después de dios, no conocemos poder más grande que el suyo.

El amor verdadero, real, expresión de una necesidad mutua e igual, no puede existir más que entre iguales. El amor del superior al inferior es el aplastamiento, la opresión, el desprecio, es el egoísmo, el orgullo, la vanidad triunfantes en el sentimiento de una grandeza fundada sobre el rebajamiento ajeno. El amor del inferior al superior es la humillación, los terrores y las esperanzas del esclavo que espera de su amo la desgracia o la dicha.

Tal es el carácter del llamado amor de dios hacia los hombres y de los hombres hacia dios. Es el despotismo de uno y la esclavitud de los otros. ¿Qué significan, pues, estas palabras: amar a los hombres y hacerles bien por amor de dios? Es tratarlos como dios quiere que sean tratados. ¿Y cómo quiere que sean tratados? Como esclavos. Dios, por su naturaleza, está obligado a considerarlos como esclavos absolutos; considerándolos como tales, no puede obrar de otro modo que tratándolos como tales. Para emanciparlos no tendría más que un solo medio: abdicar, anularse y desaparecer. Pero eso equivaldría a exigir demasiado de su omnipotencia. Puede, para conciliar el amor extraño que siente hacia los hombres con su eterna justicia, no menos singular, sacrificar su único hijo, como nos cuenta el evangelio; pero abdicar, suicidarse por amor a los hombres no lo hará nunca a menos que no se le obligue a ello por la crítica científica. En tanto que la fantasía crédula de los hombres le permita existir, será siempre soberano absoluto, amo de esclavos. Es, pues, evidente que tratar a los hombres según dios manda, no puede significar otra cosa que tratarlos como esclavos. El amor a los hombres según dios es el amor a su esclavitud. Yo, individuo inmortal y completo, gracias a dios, y que me siento libre precisamente porque soy esclavo de dios, no tengo necesidad de ningún hombre para hacer más completa mi existencia intelectual y moral, pero conservo mis relaciones con ellos para obedecer a dios, y al amarlos por amor a dios, al tratarlos según dios, quiero que sean esclavos de dios como yo mismo. Por tanto, si agrada al amo soberano elegirme para hacer prevalecer su voluntad sobre la tierra, sabré obligarlos a ello. Tal es el verdadero carácter de lo que los adoradores de dios, sinceros y serios, llaman su amor humano. No es tanto la abnegación de los que aman como el sacrificio forzado de aquellos que son objeto o más bien víctimas de ese amor. No es su emancipación, es su servidumbre para mayor gloria de dios. Y es así como la autoridad divina se transforma en autoridad humana y como la iglesia funda el Estado.

Según la teoría, todos los hombres deberían servir a dios de esa manera. Pero se sabe, todos son llamados, pero pocos los elegidos. Y por lo demás, si todos fuesen igualmente capaces de cumplirlo, es decir, si todos hubiesen llegado al mismo grado de perfección intelectual y moral, de santidad y de libertad en dios, ese servicio mismo se volvería inútil. Si es necesario, es que la inmensa mayoría de los individuos humanos no han llegado a ese punto, de donde resulta que esa masa aun ignorante y profana debe ser amada y tratada según dios, es decir, gobernada, subyugada por una minoría de santos que, de una manera o de otra, dios no deja nunca de elegir él mismo y de establecer en una posición privilegiada que les permita cumplir ese deber.

La frase sacramental para el gobierno de las masas populares, para su propio bien sin duda, para la salvación de sus almas, si no para la de sus cuerpos, en los Estados teocráticos y aristocráticos, para los santos y los nobles, y en los estatutos doctrinarios, liberales, hasta republicanos y basados sobre el sufragio universal, para los inteligentes y los ricos, es la misma: "Todo por el pueblo, nada para el pueblo". Lo que significa que los santos, los nobles, o bien las gentes privilegiadas, sea desde el punto de vista de la inteligencia científicamente desarrollada, se desde el de la riqueza, mucho más próximos al ideal o a dios, dicen unos, a la razón, a la justicia y a la verdadera libertad, dicen los otros, que las masas populares, tienen la santa y noble misión de conducirlas. Sacrificando sus intereses y descuidando sus propios asuntos, deben consagrarse a la dicha de su hermano menor, el pueblo. El gobierno no es un placer, es un penoso deber: no se busca en él la satisfacción, sea de la ambición, sea de la vanidad, sea de la avidez personal, sino sólo la ocasión de sacrificarse en beneficio de todo el mundo. Es por eso, sin duda, que el número de los competidores en las funciones oficiales es siempre tan pequeño, y por lo que, reyes y ministros, grandes y pequeños funcionarios, no aceptan el poder más que a disgusto.

Tales son, pues, en la sociedad concebida según la teoría de los metafísicos, los dos géneros diferentes, y aun opuestos, de relaciones que pueden existir entre los individuos. El primero es el de la explotación y el segundo el del gobierno. Si es verdad que gobernar significa sacrificarse por el bien de aquellos a quienes se gobierna, esta segunda relación está, en efecto, en plena contradicción con la primera, con la de la explotación. Pero entendámonos. Según la teoría ideal, sea teológica, se metafísica, estas palabras, el bien de las masas, no pueden significar su bienestar terrestre ni su dicha temporal; ¿qué importan algunas docenas de años de vida terrestre en comparación con la eternidad? Se debe, pues, gobernar a las masas, no en vista de esa felicidad grosera que nos dan las potencias materiales de la tierra, sino en vista de su salvación eterna. Las privaciones y los sufrimientos materiales pueden ser aun considerados como una falta de educación, habiéndose demostrado que demasiados goces corporales matan el alma inmortal. Pero entonces la contradicción desaparece: explotar y gobernar significan la misma cosa, lo uno completa lo otro y le sirve de medio y de fin.

Explotaciones y gobierno, el primero al dar los medios para gobernar, y al constituir la base necesaria y el fin de todo gobierno, que a su vez legaliza y garantiza el poder de explotar, son los dos términos inseparables de todo lo que se llama política. Desde el principio de la historia han formado propiamente la vida real de los Estados: teocráticos, monárquicos, aristocráticos y hasta democráticos. Anteriormente y hasta la gran revolución de fines del siglo XVIII, su alianza íntima había sido enmascarada por las ficciones religiosas, legales y caballerescas; pero desde que la mano brutal de la burguesía desgarró todos los velos, por lo demás pasablemente transparentes, desde que su soplo revolucionario disipó todas sus vanas imaginaciones, tras las cuales la iglesia y el Estado, la teocracia, la monarquía y la aristocracia habían podido realizar tan largo tiempo, tranquilamente, todas sus ignominias históricas; desde que la burguesía cansada de ser yunque se convirtió en martillo a su vez; desde que inauguró el Estado moderno, en una palabra, esa alianza fatal se ha convertido para todos en una verdad revelada e indiscutible.

La explotación es el cuerpo visible, y el gobierno es el alma del régimen burgués. Y, como acabamos de verlo, uno y otro, en esa alianza tan íntima, son, desde el punto de vista histórico tanto como práctico, la expresión necesaria y fiel del idealismo metafísico, la consecuencia inevitable de esa doctrina burguesa que busca la libertad y la moral de los individuos fuera de la solidaridad social. Esta doctrina culmina en el gobierno explotador de un pequeño número de dichosos o de elegidos, en la esclavitud explotada del gran número, y para todos, en la negación de toda moralidad y de toda libertad.

Después de haber mostrado cómo el idealismo, partiendo de las ideas absurdas de dios, de la inmortalidad de las almas, de la libertad primitiva de los individuos y de su moral independientes de la sociedad, llega fatalmente a la consagración de la esclavitud y de la moralidad, debo mostrar ahora cómo la ciencia real, el materialismo y el socialismo –este segundo término no es, por otra parte, más que el justo y completo desenvolvimiento del primero-, precisamente porque toman por punto de partida la naturaleza material y la esclavitud natural y primitiva de los hombres y porque se obligan por eso mismo a buscar la emancipación de los hombres, no fuera, sino en el seno mismo de la sociedad, no contra ella, sino por ella, deben culminar también necesariamente en el establecimiento de la más amplia libertad de los individuos y de la moralidad humana.


DIOS Y EL ESTADO: NOTAS SOBRE ROUSSEAU
Mijail Bakunin

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La ficción contractual VI

¿Por qué los teólogos y los metafísicos, que se muestran por otra parte lógicos tan sutiles, han cometido y continúan cometiendo la inconsecuencia de admitir la existencia de muchos hombres igualmente inmortales, es decir igualmente infinitos, y por encima de ellos la de un dios todavía más inmortal y más infinito? Han sido forzados por la imposibilidad absoluta de negar la existencia real, la mortalidad tanto como la independencia mutua de los millones de seres humanos que han vivido y que viven sobre esta tierra. Este es un hecho del que, a pesar de toda su buena voluntad, no pueden hacer abstracción. Lógicamente, habrían debido concluir que las almas no son inmortales, que no tienen existencia separada de sus envolturas corporales y mortales, y que al limitarse y encontrarse en una dependencia mutua, encontrando fuera de ellas mismas una infinidad de objetos diferentes, los individuos humanos, como todo lo que existe en este mundo, son seres pasajeros, limitados y finitos. Pero al reconocer eso, deberían renunciar a las bases mismas de sus teorías ideales, deberían colocarse bajo la bandera del materialismo puro, o de la ciencia experimental y racional. Es a lo que los invita también la voz poderosa del siglo.

Permanecen sordos a esa voz. Su naturaleza de inspirados, de profetas, de doctrinarios y de sacerdotes, y su espíritu impulsado por las sutiles mentiras de la metafísica, habituado a los crepúsculos de las fantasías ideales, se rebelan contra las conclusiones francas y contra la plena luz de la verdad simple. Les tienen tal horror que prefieren soportar la contradicción que crean ellos mismos por esa ficción absurda del alma inmortal, a tener que buscar la solución en un absurdo nuevo, en la ficción de dios. Desde el punto de vista de la teoría, dios no es realmente otra cosa que el último refugio y la expresión suprema de todos los absurdos y contradicciones del idealismo. En la teología, que representa la metafísica infantil e ingenua, aparece como la base y la causa primera del absurdo, pero en la metafísica propiamente dicha, es decir en la teología sutilizada y racionalizada, constituye al contrario la última instancia y el supremo recurso, en el sentido que todas las contradicciones que parecen insolubles en el mundo real, son explicadas en dios y por dios, es decir por el absurdo envuelto todo lo posible en una apariencia de racional.

La existencia de un dios personal, la inmortalidad del alma, son dos ficciones inseparables, son los dos polos del mismo absurdo absoluto, el uno provoca el otro y el uno busca vanamente su explicación, su razón de ser en el otro. Así, para la contradicción evidente que hay entre la infinitud supuesta de cada hombre y el hecho real de la existencia de muchos hombres, por consiguiente una cantidad de seres infinitos que se encuentra, fuera uno del otro, limitándose necesariamente; entre su inmortalidad y su mortalidad; entre su dependencia natural y su independencia absoluta recíprocas, los idealista no tienen nada más que una sola respuesta: dios; y si esa respuesta no os explica nada, y no os satisface, tanto peor para vosotros. No pueden daros otra.

La ficción de la inmortalidad del alma y la de la moral individual, que es su consecuencia necesaria, son la negación de toda moral. Y bajo este aspecto, es preciso hacer justicia a los teólogos que, mucho más consecuentes, más lógicos que los metafísicos, niegan atrevidamente lo que hoy se ha convenido en llamar la moral independiente; declarando con mucha razón, desde el momento que se admite la inmortalidad del alma y la existencia de dios, que es preciso reconocer también que no puede haber más que una sola moral, la ley divina, revelada, la moral religiosa, es decir la relación del alma inmortal con dios por la gracia de dios. Fuera de esa relación irracional, milagrosa y mística, la única santa y la única salvadora, y fuera de las consecuencias que se derivan de ella para el hombre, todas las otras relaciones son malas. La moral divina es la negación absoluta de la moral humana.

La moral divina ha encontrado su perfecta expresión en esta máxima cristiana: "Amarás a dios más que a ti mismo y amarás a tu prójimo tanto como a ti mismo", lo que implica el sacrificio de sí mismo y del prójimo a dios. Pasar por el sacrificio de sí mismo, puede ser calificado de locura; pero el sacrificio del prójimo es, desde el punto de vista humano, absolutamente inmoral. ¿Y por qué estoy forzado a un sacrificio inhumano? Por la salvación de mi alma. Esa es la última palabra del cristianismo. Por consiguiente, para complacer a dios y para salvar mi alma debo sacrificar a mi prójimo. Este es el egoísmo absoluto. Este egoísmo no disminuido, ni destruido, sino sólo enmascarado en el catolicismo, por la colectividad forzada y por la unidad autoritaria, jerárquica y despótica de la iglesia, aparece en toda su franqueza cínica en el protestantismo, que es una especie de "¡sálvese quien pueda!" religioso.

Los metafísicos a su vez se esfuerzan por amenguar ese egoísmo, que es el principio inherente y fundamental de todas las doctrinas ideales, hablando muy poco, lo menos posible, de las relaciones del hombre con dios y mucho de las relaciones mutuas de los hombres. Lo que no es de ningún modo hermoso, ni franco, ni lógico de su parte; porque, desde el momento que se admite la existencia de dios, se está forzado a reconocer las relaciones del hombre con dios; y se debe reconocer que en presencia de esas relaciones con el ser absoluto y supremo, todas las otras relaciones son necesariamente simuladas. O bien dios no es dios, o bien su presencia lo absorbe, lo destruye todo. Pero pasemos adelante...

Los metafísicos buscan, pues, la moral en las relaciones de los hombres entre sí, y al mismo tiempo, pretenden que es un hecho absolutamente individual, una ley divina escrita en el corazón de cada hombre, independientemente de sus relaciones con los otros individuos humanos. Tal es la contradicción inextricable sobre la que está fundada la teoría moral de los idealistas. Desde el momento que llevo, anteriormente a todas mis relaciones con la sociedad y por consiguiente independientemente de toda influencia de esa sociedad sobre mi propia persona, una ley escrita primitivamente por dios mismo en mi corazón, esa ley es necesariamente extraña e indiferente, si no hostil a mi existencia en la sociedad; no puede concernir a mis relaciones con los hombres, y no puede regular más que mis relaciones con dios, como lo afirma muy lógicamente la teología. En cuanto a los hombres, desde el punto de vista de esa ley, me son perfectamente extraños. Habiéndose formado la ley moral e inscripto en mi corazón al margen de todas mis relaciones con los hombres, no puede tener nada que ver con ellos.

Pero, se dirá, esa ley os manda precisamente amar a los hombres, tanto como a vosotros mismos, porque son vuestros semejantes, y no hacerles nada que no querráis vosotros que se os haga, observar frente a ellos la igualdad, la ecuación moral, la justicia. A esto respondo que si es verdad que la ley moral contiene ese mandamiento, debo concluir que no ha sido formada y que no ha sido escrita aisladamente en mi corazón; supone necesariamente la existencia anterior de mis relaciones con otros hombres, mis semejantes; por consiguiente la ley no crea esas relaciones, sino que, hallándolas establecidas, las regula solamente, y en cierto modo en su manifestación desarrollada, su explicación y su producto. De donde resulta que la ley moral no es un hecho individual, sino social, una creación de la sociedad. Si fuera de otro modo, la ley moral inscripta en mi corazón sería absurda, regularía mis relaciones con seres con quienes no tendría relación alguna y de quienes ignoraría la existencia.

Para eso los metafísicos tienen una respuesta. Dicen que cada individuo humano la trae al nacer, inscripta por la mano de dios en su corazón, pero que no se encuentra al principio en él más que en el estado latente, sólo en el estado de potencia, no realizada, ni manifestada por el individuo mismo, que no puede realizarla y que no puede descifrarla en sí más que desenvolviéndose en la sociedad de sus semejantes; que el hombre, en una palabra, no llega a la conciencia de esa ley, que le es inherente, más que por sus relaciones con los otros hombres.

Por esta explicación, si no racional, al menos muy plausible, henos aquí llevados a la doctrina de las ideas, de los sentimientos y de los principios innatos. Se conoce esa doctrina; el alma humana, inmortal e infinita en su esencia, pero corporalmente determinada, limitada, entorpecida y por decirlo así cegada y aniquilada en su existencia real, contiene todos esos principios eternos y divinos, pero sin darse cuenta, sin saber absolutamente nada. Inmortal, debe ser necesariamente eterna en el pasado tanto como en el provenir. Porque si hubiese tenido un comienzo, tendría inevitablemente un fin; no sería inmortal. ¿Qué ha sido, que ha hecho durante toda esa eternidad que deja tras sí? Solo dios lo sabe; en cuanto a ella misma no se recuerda, lo ignora. Es un gran misterio, lleno de contradicciones palpables, para resolver las cuales es preciso apelar a la contradicción suprema, a dios. Lo cierto es que conserva sin saberlo, en no se sabe qué lugar misterioso de su ser, todos los principios divinos. Pero perdida en su cuerpo terrestre, embrutecida por las condiciones groseramente materiales de su nacimiento y de su existencia sobre la tierra, no tiene la capacidad de concebirlas, ni el poder de volverlas a recordar. Es como si no las tuviese. Pero he aquí que, en la sociedad, una multitud de almas humanas, todas igualmente inmortales por su esencia, y todas igualmente embrutecidas, envilecidas y materializadas en su existencia real, se encuentran de nuevo. Al principio se reconocen tan poco que un alma materializada come a la otra. La antropofagia, se sabe, fue la primera práctica del género humano. Luego, haciéndose siempre una guerra encarnizada, cada cual se esfuerza por someter a los demás; es el largo período de la esclavitud, período que está muy lejos de haber llegado a su término. Ni en la antropofagia ni en la esclavitud se encuentra, sin duda, rasgo alguno de principios divinos. Pero en esa lucha incesante de los pueblos y de los hombres entre sí, que constituye la historia, y después de los sufrimientos sin número que son su resultado más claro, las almas se despiertan poco a poco, salen de su entorpecimiento, de su embrutecimiento, vuelven a sí mismas, se reconocen y profundizan cada vez más en su ser íntimo, provocadas y suscitadas mutuamente; por lo demás comienzan a recordarse, a presentir primero, a entrever después y a percibir claramente los principios que dios ha trazado con su propia mano desde la eternidad.

Este despertar y este recuerdo no se efectúan primero en las almas más infinitas y más inmortales, lo que sería absurdo; pues el infinito no admite ni más ni menos, lo que hace que el alma del más grande idiota sea tan infinita e inmortal como la del mayor genio; se efectúan en las almas menos groseramente materializadas, y por consecuencia más capaces de despertarse y de recordarse. Esto es, en hombres de genio, en los inspirados de dios, en los reveladores, en los profetas. Una vez que estos grandes y santos hombres, iluminados y provocados por el espíritu, sin ayuda del cual nada grande ni bueno se hace en este mundo, una vez que han vuelto a encontrar en sí mismos una de esas divinas verdades que todo hombre lleva inconscientemente en su alma, se hace naturalmente mucho más fácil a los hombres más groseramente materializados la realización de ese mismo descubrimiento en sí mismos. Y es así como toda gran verdad, todos los principios eternos manifestados primero en la historia como revelaciones divinas, se reducen más tarde a verdades divinas, sin duda, pero que cada uno, no obstante, puede y debe encontrar en sí y reconocer como la base de su propia esencia infinita, o de su alma inmortal. Esto explica cómo una verdad al principio revelada por un solo hombre, al difundirse poco a poco en el exterior, hace sus discípulos, primero poco numerosos y ordinariamente perseguidos tanto por los amos como por las masas y por los representantes oficiales de la sociedad; pero al difundirse más y más, a causa misma de sus persecuciones, acaba por invadir tarde o temprano la conciencia colectiva y después de haber sido largo tiempo una verdad exclusivamente individual, se trasforma al fin en una verdad socialmente aceptada: realizada bien o mal, en las instituciones públicas y privadas de la sociedad, se convierte en ley.

Tal es la teoría general de los moralistas de la escuela metafísica. A primera vista, he dicho, es muy plausible y parece reconciliar las cosas más dispares: la revelación divina y la razón humana, la inmortalidad y la independencia absolutas de los individuos, con su mortalidad y su dependencia absolutas, el individualismo y el socialismo. Pero al examinar esta teoría y sus consecuencias desde más cerca, nos será fácil reconocer que no es más que una reconciliación aparente que cubre bajo una falsa máscara de racionalismo y de socialismo, el antiguo triunfo del absurdo divino sobre la razón humana y del egoísmo individual sobre la solidaridad social. En última instancia, culmina en la separación y en el aislamiento absoluto de los individuos, y por consiguiente en la negación de toda moral.

A pesar de sus pretensiones de racionalismo puro, comienza por la negación de toda razón, por el absurdo, por la ficción del infinito perdido en lo finito, o por la suposición de un alma, de una cantidad de almas inmortales alojadas y aprisionadas en cuerpos mortales. Para corregir y explicar ese absurdo se vio obligada a recurrir a otro, el absurdo por excelencia, a dios, especie de alma inmortal, personal, inmutable, alojada y aprisionada en un universo pasajero y mortal y que sin embargo conserva su omniscencia y omnipotencia. Cuando se le plantean cuestiones indiscretas, que es naturalmente incapaz de resolver, porque el absurdo no se resuelve ni se explica, responde con esa terrible palabra, dios, lo absoluto misterioso, que, al no significar absolutamente nada o al significar lo imposible, según ella, lo resuelve, lo explica todo. Esto es cosa suya y su derecho; es por eso que, heredera e hija más o menos obediente de la teología, se llama metafísica.

Lo que tenemos que considerar aquí son las consecuencias morales de su teoría. Comprobemos primero que su moral, a pesar de su apariencia socialista, es una moral profundamente, exclusivamente individual, después de lo cual no nos será difícil probar que, teniendo ese carácter dominante, es en efecto la negación de toda moral.

En esta teoría, el alma inmortal e individual de cada hombre, infinita o absolutamente completa por su esencia, y como tal no teniendo absolutamente necesidad de ningún ser, ni de relaciones con otros seres para completarse, se encuentra aprisionada y como aniquilada de antemano en un cuerpo mortal. En ese estado de decadencia, cuyas razones sin duda nos quedarán eternamente desconocidas, porque el espíritu humano es incapaz de explicarlas y porque la explicación se encuentra sólo en el misterio absoluto, en dios; reducida a ese estado de materialidad y de dependencia absoluta frente al mundo exterior, el alma humana tiene necesidad de la sociedad para despertar, para volver en sí, para conocerse y conocer los principios divinos depositados por dios mismo desde la eternidad en su seno y que constituyen su propia esencia. Tales son el carácter y la parte socialista de esta teoría. Pues las relaciones de hombre a hombre y de cada individuo humano con todos los demás, la vida social en una palabra, no aparecen más que como un medio necesario de desenvolvimiento, como un punto de tránsito, no como el fin; el fin absoluto y último para cada individuo es él mismo, al margen de todos los demás individuos humanos; es él mismo en presencia de la individualidad absoluta, ante dios. Ha tenido necesidad de los hombres para salir de su aniquilamiento terrestre, para encontrarse de nuevo, para volver a percibir su esencia inmortal, pero, una vez encontrada, no naciendo en lo sucesivo su vida más que de ella misma, le vuelve la espalda y queda sumergida en la contemplación del absurdo místico, en la adoración de su dios.

Si conserva entonces aún algunas relaciones con los hombres, no es por necesidad moral, ni, en consecuencia, por amor hacia ellos, porque no se ama más que lo que se necesita y a quien tiene necesidad de vosotros; y el hombre que ha encontrado su esencia infinita e inmortal, completo en sí, no tiene necesidad más que de dios, que, por un misterio que sólo comprenden los metafísicos, parece poseer una infinitud más infinita y una inmortalidad más inmortal que la de los hombres; sostenido en lo sucesivo por la omnisapiencia y la omnipotencia divinas, el individuo, recogido y libre en sí, no puede tener necesidad de otros hombres. Por consiguiente, si continúa guardando algunas relaciones con ellos, no puede ser más que por dos razones.

Primero, porque en tanto que permanezca rebozado en su cuerpo mortal, tiene necesidad de comer, de abrigarse, de cubrirse, de defenderse tanto de la naturaleza exterior como de los ataques de los hombres mismos, y cuando es un hombre civilizado, tiene necesidad de una cantidad de cosas materiales que constituyen la comodidad, el confort, el lujo, y de las cuales algunas, desconocidas por nuestros padres, son consideradas hoy por todo el mundo como objetos de primera necesidad. Habría podido muy bien seguir el ejemplo de los santos de los siglos pasados, aislándose en alguna caverna y alimentándose de raíces. Pero parece que eso no está ya en los gustos de los santos modernos, que piensan, sin duda, que la comodidad material es necesaria para la salvación del alma. Por consiguiente, tienen necesidad de todas estas cosas; pero estas cosas no pueden ser producidas más que por el trabajo colectivo de los hombres: el trabajo aislado de un solo hombre sería incapaz de producir la millonésima parte de ello. De donde resulta que el individuo, en posesión de su alma inmortal y de su libertad interior independiente de la sociedad, el santo moderno, tiene materialmente necesidad de esta sociedad, sin necesitarla de ningún modo, desde el punto de vista moral.

¿Pero cuál es el nombre que se debe dar a relaciones que, no siendo motivadas más que por las necesidades exclusivamente materiales, no se encuentran al mismo tiempo sancionadas, apoyadas por una necesidad moral cualquiera? Evidentemente, no puede haber más que uno solo, es el de explotación. Y en efecto, en la moral metafísica y en la sociedad burguesa que tiene, como se sabe, esa moral por base, cada individuo se convierte necesariamente en el explotador de la sociedad, es decir, de todos, y el Estado, bajo sus formas diferentes, desde el Estado teocrático y la monarquía más absoluta hasta la república más democrática basada en el sufragio universal más amplio, no es otra cosa que el regulador y la garantía de esa explotación mutua.

En la sociedad burguesa, fundada en la moral metafísica, cada individuo, por la necesidad o por la lógica misma de su posición, aparece como un explotador de los demás, porque tiene necesidad de todos materialmente y no tiene necesidad de nadie moralmente. Por tanto, cada uno, huyendo de la solidaridad social como de un estorbo a la plena libertad de su alma, pero buscándola como un medio necesario para el mantenimiento de su cuerpo, no la considera más que desde el punto de vista de su utilidad material, personal, y no le aporta, no le da más que lo que es absolutamente necesario para tener, no el derecho, sino el poder de asegurarse esa utilidad para sí mismo. Cada cual la considera, en una palabra, como lo haría un explotador. Pero aun cuando todos son igualmente explotadores, es preciso que haya en ella felices y desdichados, porque toda explotación supone explotados.

Hay pues, explotadores, que lo son al mismo tiempo en potencia y en realidad; y otros, el gran número, el pueblo, que no lo son solamente más que en potencia, en el querer, pero no en la realidad. Realmente son los eternos explotados. En economía social, he ahí a que llega la moral metafísica o burguesa: a una guerra sin tregua ni cuartel entre todos los individuos, a una guerra encarnizada en que perece el mayor número para asegurar el triunfo y la prosperidad de una minoría.

La segunda razón que puede inducir a un individuo, llegado a la plena posesión de sí mismo, a conservar relaciones con los otros hombres, es el deseo de agradar a dios y el deber de cumplir su segundo mandamiento; el primero es amar a dios más que a sí mismo, y el segundo amar a los hombres, al prójimo, como a sí mismo y hacerles, por amor a dios, todo el bien que desee uno que le hagan.

Notad estas palabras: "por amor a dios"; expresan perfectamente el carácter del único amor humano posible en la moral metafísica, que consiste precisamente en no amar a los hombres por sí, por propia necesidad, sino sólo para complacer al amo soberano. Por lo demás, debe ser así; porque desde el momento que la metafísica admite la existencia de un dios y las relaciones del hombre con dios, debe, como la teología, subordinarle todas las relaciones humanas. La idea de dios destruye todo lo que no es dios, reemplazando todas las realidades humanas y terrestres por ficciones divinas.

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martes, 6 de noviembre de 2007

La ficción contractual V

Cada generación nueva encuentra en su cuna todo un mundo de ideas, de imaginaciones y de sentimientos que recibe como una herencia de los siglos pasados. Ese mundo no se presenta al principio al hombre recién nacido bajo su forma ideal, como sistema de representaciones y de ideas, como religión, como doctrina; el niño sería incapaz de recibirlo y de concebirlo bajo es forma; pero se impone a él como un sistema de hechos encarnado y realizado en las personas y en todas las cosa que lo rodean, y que habla a sus sentidos por todo lo que oye y lo que ve desde el primer día de su vida. Porque las ideas y las representaciones humanas, no habiendo sido desde el principio nada más que productos de hechos reales, tanto naturales como sociales, es decir, el reflejo o la repercusión en el cerebro humano y la reproducción, por decirlo así, ideal y más o menos racional de esos hechos por el órgano absolutamente material del pensamiento humano, adquirieron más tarde, desde que se han establecido bien la conciencia colectiva de una sociedad cualquiera, de la manera que acabo de explicarlo, el poder de convertirse a su vez en causas productoras de hechos nuevos, no propiamente naturales, sino sociales. Acaban por modificar y por transformar, muy lentamente, es verdad, la existencia, los hábitos y las instituciones humanos, en una palabra, todas las relaciones de los hombres en la sociedad, y por su encarnación en las cosas más diarias de la vida de cada uno, se vuelven sensibles, palpables para todos, aun para los niños. De suerte que cada generación nueva se penetra de ellas desde su más tierna infancia, y cuando llega a la edad viril, donde comienza propiamente el trabajo de su propio pensamiento, necesariamente acompañado de una crítica nueva, encuentra en sí, lo mismo que en la sociedad que la rodea, todo un mundo de pensamientos o de representaciones fijas que le sirven de punto de partida y le dan en cierto modo la materia prima o el material para su propio trabajo intelectual y moral. A ese número pertenecen las imaginaciones tradicionales y comunes que los metafísicos, engañados por la manera por completo imperceptible e insensible con que, desde afuera, penetran y se imprimen en el cerebro de los niños, antes aún de que lleguen a la conciencia de sí, llaman falsamente ideas innatas.

Tales son las ideas generales o abstractas sobre la divinidad y sobre el alma, ideas completamente absurdas, pero inevitables, fatales en el desenvolvimiento histórico del espíritu humano, que, no llegando sino muy lentamente, a través de muchos siglos, al conocimiento racional y crítico de sí mismo y de sus manifestaciones propias, parte siempre del absurdo para llegar a la verdad y de la esclavitud para conquistar la libertad; ideas sancionadas por la ignorancia universal y por la estupidez de los siglos, tanto como por el interés bien entendido de las clases privilegiadas, hasta el punto de que hoy mismo no se podría pronunciar uno abiertamente y en un lenguaje popular contra ellas, sin rebelar a una gran parte de las masas populares y sin correr el peligro de ser lapidado por la hipocresía burguesa. Al lado de estas ideas abstractas, y siempre en alianza íntima con ellas, el adolescente encuentra en la sociedad y, a consecuencia de la influencia omnipotente ejercida por esta última sobre su infancia, encuentra en sí mismo una cantidad de otras representaciones e ideas mucho más determinadas y que se refieren de cerca de la vida real del hombre, a su existencia cotidiana. Tales son las representaciones sobre la naturaleza y sobre el hombre, sobre la justicia, sobre los deberes y los derechos de los individuos y de las clases, sobre la conveniencias sociales, sobre la familia, sobre la propiedad, sobre el Estado y muchas otras aun que regulan las relaciones entre los hombres. Todas estas ideas que encuentra al nacer, encarnadas en las cosas y en los hombres, y que se imprimen en su propio espíritu por la educación y por la instrucción que recibe antes de que haya llegado a la conciencia de sí mismo, las encuentra más tarde consagradas, explicadas, comentadas por las teorías que expresan la conciencia universal o el prejuicio colectivo y por todas las instituciones religiosas, políticas y económicas de la sociedad de que constituye parte. Está de tal modo impregnado él mismo por ellas, que, estuviese o no interesado en defenderlas, es involuntariamente su cómplice por todos sus hábitos materiales, intelectuales y morales.

De lo que hay que asombrarse, pues, no es de la acción omnipotente que esas ideas, que expresan la conciencia colectiva de la sociedad, ejercen sobre la masa de los hombres; sino al contrario, que se encuentren en esa masa individuos que tienen el pensamiento, la voluntad y el valor para combatirlas. Porque la presión de la sociedad sobre el individuo es inmensa, y no hay carácter bastante fuerte, ni inteligencia bastante poderosa que puedan considerarse al abrigo del alcance de esa influencia tan despótica como irresistible.

Nada prueba mejor el carácter social del hombre que esa influencia. Se diría que la conciencia colectiva de una sociedad cualquiera, encarnada tanto en las grandes instituciones públicas como en todos los detalles de la vida privada, y que sirven de base a todas sus teorías, forma una especie de medio ambiente, una especie de atmósfera intelectual y moral, perjudicial, pero absolutamente necesaria para la existencia de todos sus miembros. Los domina, los sostiene al mismo tiempo, asociándolos entre sí por relaciones habituales y necesariamente determinadas por ella; inspirando a cada uno la seguridad, la certidumbre, y constituyendo para todos la condición suprema de la existencia de gran número, la trivialidad, la rutina.

La gran mayoría de los hombres, no sólo en las masas populares, sino en las clases privilegiadas e instruidas tanto y a menudo aún más que en las incultas, están intranquilos y no se sienten en paz consigo mismos más que cuando en sus pensamientos y en todos los actos de su vida siguen fielmente, ciegamente la tradición y la rutina: "Nuestros padres han pensado y hecho así, nosotros debemos pensar y obrar como ellos; todo el mundo piensa y obra así a nuestro alrededor, ¿por qué habríamos de pensar y de obrar de otro modo que como todo el mundo?". Estas palabras expresan la filosofía, la convicción y la práctica de las 99/100 partes de la humanidad, tomada indiferentemente en todas las clases de la sociedad. Y como lo he observado ya, ese es el mayor impedimento para el progreso y para la emancipación más rápida de la especie humana.

¿Cuáles son las causas de esta lentitud desoladora y tan próxima al estancamiento que constituyen, según mi opinión, la mayor desgracia de la humanidad? Esas causas son múltiples. Entre ellas, una de las más considerables, sin duda, es la ignorancia de las masas. Privadas general y sistemáticamente de toda educación científica, gracias a los cuidados paternales de todos los gobiernos y de las clases privilegiadas, que consideran útil mantenerlas el más largo tiempo posible en la ignorancia, en la piedad, en la fe, tres sustantivos que expresan poco más o menos la misma cosa, ignoran igualmente la existencia y el uso de ese instrumento de emancipación intelectual que se llama la crítica, sin la cual no puede haber revolución moral y social completa. Las masas a quienes interesa tanto rebelarse contra el orden de cosas establecido, se adaptaron más o menos a la religión de sus padres, a esa providencia de las clases privilegiadas.

Las clases privilegiadas, que no tienen ya, digan lo que quieran, ni la fe ni la piedad, se han adaptado a ella a su vez por su interés político y social. Pero es imposible decir que sea esa la razón única de su apego pasional a las ideas dominantes. Por mala opinión que tenga del valor actual, intelectual y moral de esas clases, no puedo admitir que sea sólo el interés el móvil de sus pensamientos y de sus actos.

Hay sin duda en toda clase y en todo partido un grupo más o menos numeroso de explotadores inteligentes, audaces y conscientemente deshonestos, llamados hombres fuertes, libres de todo prejuicio intelectual y moral, igualmente indiferentes frente a todas las convicciones y que se sirven de todos si es necesario para llegar a su fin. Pero esos hombres distinguidos forman siempre en las clases más corrompidas sólo una minoría muy ínfima; la multitud es tan carneril en ellas como en el pueblo mismo. Sufre naturalmente la influencia de sus intereses que le hacen de la reacción una condición de existencia. Pero es imposible admitir que, al esgrimir la reacción, no obedezca más que a un sentimiento de egoísmo. Una gran masa de hombres, aun pasablemente corrompidos, cuando obra colectivamente no podría ser tan depravada. Hay en toda asociación numerosa –y con más razón en asociaciones tradicionales, históricas, como las clases, aunque hayan llegado hasta el punto de haberse vuelto absolutamente maléficas y contrarias al interés y al derecho de todo el mundo-, un principio de moralidad, una religión, una creencia cualquiera, sin duda muy poco racional, la mayor parte de las veces ridícula y por consiguiente muy estrecha, pero sincera, y que constituye la condición moral indispensable de su existencia.

El error común y fundamental de todos los idealistas, error que por otra parte es una consecuencia muy lógica de todo su sistema, es buscar la base de la moral en el individuo aislado, siendo la verdad que no se encuentra y no puede encontrarse más que en los individuos asociados. Para probarlo, comencemos por examinar, una vez por todas, al individuo aislado o absoluto de los idealistas.

Ese individuo humano solitario y abstracto es una ficción, semejante a la de Dios, pues ambas han sido creadas simultáneamente por la fantasía creyente o por la razón infantil, no reflexiva, ni experimental, ni crítica, sino imaginativa de los pueblos, primero, y más tarde desarrolladas, explicadas y dogmatizadas por las teorías teológicas y metafísicas de los pensadores idealistas. Ambas, representando un abstracto vacío de todo contenido e incompatible con una realidad cualquiera, de la ficción de dios: en Consideraciones filosóficas probaré aún más su absurdo. Ahora quiero analizar la ficción tan inmoral como absurda de ese individuo humano, absoluto o abstracto, que los moralistas de las escuelas idealistas toman por base de sus teorías políticas y sociales.

No me será difícil probar que el individuo humano que preconizan y que aman, es un ser perfectamente inmoral. Es el egoísmo personificado, el ser antisocial por excelencia. Puesto que está dotado de un alma inmortal, es infinito y completo en sí; por consiguiente no tiene necesidad de nadie, ni aun de dios, y con más razón no tiene necesidad tampoco de otros hombres. Lógicamente, no debía soportar la existencia de un individuo superior tan infinito y tan inmortal o mas inmortal y más infinito que él mismo, sea a su lado, sea por encima de él. Debería ser el único hombre sobre la tierra, qué digo, debería ser el único ser, el mundo. Porque lo infinito que halla cualquier cosa fuera de sí, encuentra un límite, no es ya infinito, y dos infinitos que se encuentran se anulan.

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lunes, 5 de noviembre de 2007

La ficción contractual IV

No soy verdaderamente libre más que cuando todos lo seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La libertad de otro, lejos de ser un límite o la negación de mi libertad, es al contrario su condición necesaria y su confirmación. No me hago libre verdaderamente más que por la libertad de los otros, de suerte que cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean y más vasta es su libertad, más extensa, más profunda y más amplia se vuelve mi libertad. Es al contrario la esclavitud de los hombres la que pone una barrera a mi libertad, o lo que es lo mismo, su animalidad es una negación de mi humanidad, porque –una vez más- no puedo decirme verdaderamente libre más que cuando mi libertad, o, lo que quiere decir lo mismo, cundo mi dignidad de hombre, mi derecho humano, que consisten en no obedecer a ningún otro hombre y en no determinar mis actos más que conforme a mis convicciones propias, reflejados por la conciencia igualmente libre de todos, vuelven a mí confirmados por el asentimiento de todo el mundo. Mi libertad personal, confirmada así por la libertad de todo el mundo, se extiende hasta el infinito.

Se ve que la libertad, tal como es concebida por los materialistas, es una cosa muy positiva, muy compleja y sobre todo eminentemente social, porque no puede ser realizada más que por la sociedad y sólo en la más estrecha igualdad y solidaridad de cada uno con todos. Se pueden distinguir en ellas tres momentos de desenvolvimiento, tres elementos de los cuales el primero es eminentemente positivo y social; es el pleno desenvolvimiento y el pleno goce de todas las facultades y potencias humanas para cada uno por la educación, por la instrucción científica y por la prosperidad material, cosas todas que no pueden ser dadas a cada uno más que por trabajo colectivo, material e intelectual, muscular y nervioso de la sociedad entera.

El segundo elemento o memento de la libertad es negativo. Es la rebelión del individuo humano contra toda autoridad divina y humana, colectiva e individual.

Primeramente es la rebelión contra la tiranía del fantasma supremo de la teología, contra dios. Es evidente que en tanto tengamos un amo en el cielo, seremos esclavos en la tierra. Nuestra razón y nuestra voluntad serán igualmente anuladas. En tanto que creamos deberle una obediencia absoluta, y frente a un dios no hay otra obediencia posible, deberemos por necesidad someternos pasivamente y sin la menor crítica a la santa autoridad de sus intermediarios y de sus elegidos: Mesías, profetas, legisladores, divinamente inspirados, emperadores, reyes y todos sus funcionarios y ministros, representantes y servidores consagrados de las dos grandes instituciones que se imponen a nosotros como establecidas por dios mismo para la dirección de los hombres: de la iglesia y del Estado. Toda autoridad temporal o humana procede directamente de la autoridad espiritual o divina. Pero la autoridad es la negación de la libertad. Dios, o más bien la ficción de dios, es, pues, la consagración y la causa intelectual y moral de toda esclavitud sobre la tierra, y la libertad de los hombres no será completa más que cuando hayan aniquilado completamente la ficción nefasta de un amo celeste.

Es en consecuencia la rebelión de cada uno contra la tiranía de los hombres, contra la autoridad tanto individual como social representada y legalizada por el Estado. Aquí, sin embargo, es preciso entenderse bien, y para entenderse hay que comenzar por establecer una distinción bien precisa entre la autoridad oficial y por consiguiente tiránica de la sociedad organizada en Estado, y la influencia y la acción naturales de la sociedad no oficial, sino natural sobre cada uno de sus miembros.

La rebelión contra esa influencia natural de la sociedad es mucho más difícil para el individuo que la rebelión contra la sociedad oficialmente organizada, contra el Estado, aunque a menudo sea tan inevitable como esta última. La tiranía social, a menudo aplastadora y funesta, no presenta ese carácter de violencia imperativa, de despotismo legalizado y formal que distingue la autoridad del Estado. No se impone como una ley a la que todo individuo está forzado a someterse bajo pena de incurrir en un castigo jurídico. su acción es más suave, más insinuante, más imperceptible, pero mucho más poderosa que la de la autoridad del Estado. Domina a los hombres por los hábitos, por las costumbres, por la masa de los sentimientos y de los prejuicios tanto de la vida material como del espíritu y del corazón, y que constituye lo que llamamos la opinión pública. envuelve al hombre desde su nacimiento, lo traspasa, lo penetra, y forma la base misma de su existencia individual de suerte que cada uno no es en cierto modo más que el cómplice contra sí mismo, más o menos, y muy a menudo sin darse cuenta siquiera. Resulta que para rebelarse contra esa influencia que la sociedad ejerce naturalmente sobre él, el hombre debe rebelarse, al menos en parte, contra sí mismo, porque con todas sus tendencias y aspiraciones materiales, intelectuales y morales, no es nada más que el producto de la sociedad. De ahí ese poder inmenso ejercido por la sociedad sobre los hombres.

Desde el punto de vista de la moral absoluta, es decir desde el del respeto humano -y voy a decir al momento cómo la entiendo-, ese poder de la sociedad puede ser bienhechor, como puede ser también malhechor. Es bienhechor cuando tiende al desenvolvimiento de la ciencia, de la prosperidad material, de la libertad, de la igualdad y de la solidaridad fraternales de los hombres; es malhechor cuando tiene tendencias contrarias. Un hombre nacido en una sociedad de animales queda, con pocas excepciones, un animal; nacido en una sociedad gobernada por sacerdotes, se convierte en un idiota, en un beato; nacido en una banda de ladrones, será, probablemente, un ladrón; nacido en la burguesía, será un explotador del trabajo ajeno; y si tiene la desgracia de nacer en la sociedad de los semidioses que gobiernan la tierra, nobles, príncipes, hijos de reyes, será, según el grado de su capacidad, de sus medios y de su poder, un despreciador, un esclavizador de la humanidad, un tirano. En todos estos casos, para la humanización misma del individuo, su rebelión contra la sociedad que lo ha visto nacer se hace indispensable.

Pero, lo repito, la rebelión del individuo contra la sociedad es una cosa más difícil que su rebelión contra el Estado. El Estado es una institución histórica, transitoria, una forma pasajera de la sociedad, como la iglesia misma de la cual no es sino el hermano menor, pero no tiene el carácter fatal e inmutable de la sociedad, que es anterior a todos los desenvolvimientos de la humanidad y que, participando plenamente de la omnipotencia de las leyes, de la acción y de las manifestaciones naturales, constituye la base misma de toda existencia humana. El hombre, al menos desde que dio su primer paso hacia la humanidad, desde que ha comenzado a ser un ente humano, es decir un ser que habla y que piensa más o menos, nace en la sociedad como la hormiga nace en el hormiguero y como la abeja en su colmena; no la elige, al contrario, es producto de ella, y está fatalmente sometido a las leyes naturales que presiden sus desenvolvimientos necesarios, como a todas las otras leyes naturales. La sociedad es anterior y a al vez sobrevive a cada individuo humano, como la naturaleza misma; es eterna como la naturaleza, o más bien, nacida sobre la tierra, durará tanto como dure nuestra tierra. Una revuelta radical contra la sociedad sería, pues, tan imposible para el hombre como una revuelta contra la naturaleza, pues la sociedad humana no es por lo demás sino la última gran manifestación de la creación de la naturaleza sobre esta tierra; y un individuo que quiera poner en tela de juicio la sociedad, es decir la naturaleza en general y especialmente su propia naturaleza, se colocaría por eso mismo fuera de todas las condiciones de una real existencia, se lanzaría en la nada, en el vacío absoluto, en la abstracción muerta, en dios. Se puede, pues, preguntar con tan poco derecho si la sociedad es un bien o un mal, como es imposible preguntar si la naturaleza, ser universal, material, real, único, supremo, absoluto, es un bien o un mal; es más que todo eso: es un inmenso hecho positivo y primitivo anterior a toda conciencia, a toda idea, a toda apreciación intelectual y moral, es la base misma, es el mundo en el que fatalmente y más tarde se desarrolla para nosotros lo que llamamos el bien y el mal.

No sucede lo mismo con el Estado; y no vacilo en decir que el Estado es el mal, pero un mal históricamente necesario, tan necesario en el pasado como lo será tarde o temprano su extinción completa, tan necesario como lo han sido la bestialidad primitiva y las divagaciones teológicas de los hombres. El Estado no es la sociedad, no es más que una de sus formas históricas, tan brutal como abstracta. Ha nacido históricamente en todos los países del matrimonio de la violencia, de la rapiña, del saqueo, en una palabra de la guerra y de la conquista con los dioses creados sucesivamente por la fantasía teológica de las naciones. Ha sido desde su origen, y permanece siendo todavía en el presente, la sanción divina de la fuerza brutal y de la iniquidad triunfante. Es, en los mismos países más democráticos como los Estados Unidos de América y Suiza (una palabra ilegible en el manuscrito) regular del privilegio de una minoría cualquiera y de la esclavización real de la inmensa mayoría.

La rebelión es mucho mas fácil contra el Estado, porque hay en la naturaleza misma del Estado algo que provoca la rebelión. El Estado es la autoridad, es la fuerza, es la ostentación y la infatuación de la fuerza. No se insinúa, no procura convertir: y siempre que interviene lo hace de muy mala gana porque su naturaleza no es persuadir, sino imponer, obligar.

Por mucho que se esfuerce por enmascarar esa naturaleza como violador legal de la voluntad de los hombres, como negación permanente de su libertad. Aun cuando manda el bien, lo daña y lo deteriora, precisamente porque lo manda y porque toda orden provoca y suscita las rebeliones legítimas de la libertad; y porque el bien, desde el momento que es ordenado, desde el punto de vista de la verdadera moral, de la moral humana, no divina, sin duda, desde el punto de vista del respeto humano y de la libertad, se convierte en mal. La libertad, la moralidad y la dignidad del hombre consisten precisamente en esto: que hacen el bien, no porque les es ordenado, sino porque lo concibe, lo quieren y lo aman.

La sociedad no se impone formalmente, oficialmente, autoritariamente; se impone naturalmente, y es a causa de eso mismo que su acción sobre el individuo es incomparablemente más poderosa que la del Estado. Crea y forma todos los individuos que hacen y que se desarrollan en su seno. Hace pasar a ellos lentamente, desde el día de su nacimiento hasta el de su muerte, toda su propia naturaleza material, intelectual y moral; se individualiza, por decirlo así, en cada uno.

El individuo humano real es tan poco un ser universal y abstracto que cada uno, desde el momento que se forma en las entrañas de la madre, se encuentra ya determinado y particularizado por una multitud de causas y de acciones materiales, geográficas, climatológicas, etnográficas, higiénicas y por consiguiente económicas, que constituyen propiamente la naturaleza material exclusivamente particular de su familia, de su clase, de su nación, de su raza, y en tanto que las inclinaciones y las aptitudes de los hombres dependen del conjunto de todas esas influencias exteriores o físicas, cada uno nace con una naturaleza o un carácter individual materialmente determinado. Además, gracias a la organización relativamente superior del cerebro humano, cada hombre aporta al nacer, en grados por lo demás diferentes, no ideas y sentimientos innatos, como lo pretenden los idealistas, sino la capacidad a la vez material y formal de sentir, de pensar, de hablar y de querer. No aporta consigo más que la facultad de formar y de desarrollar las ideas y, como acabo de decirlo, un poder de actividad por completo formal, sin contenido alguno ¿Quien le da su primer contenido? La sociedad.

No es este el lugar de investigar cómo se han formado las primeras nociones y las primeras ideas, cuya mayoría eran naturalmente muy absurdas en las sociedades primitivas. Todo lo que podemos decir con plena certidumbre es que ante todo no han sido creadas aislada y espontáneamente por el espíritu milagrosamente iluminado de individuos inspirados, sino por el trabajo colectivo, frecuentemente imperceptible del espíritu de todos los individuos que han constituido parte de esas sociedades, y del cual los individuos notables, los hombres de genio, no han podido nunca dar la más fiel o la más feliz expresión, pues todos los hombres de genio han sido como Voltaire: "tomaban su bien en todas partes donde lo encontraban". Por tanto es el trabajo intelectual colectivo de las sociedades primitivas el que ha creado las primeras ideas. Estas ideas no fueron al principio nada más que simples comprobaciones, naturalmente muy imperfectas, de los hechos naturales y sociales y las conclusiones aún menos racionales sacadas de esos hechos. tal fue el comienzo de todas las representaciones, imaginaciones y pensamientos humanos. El contenido de estos pensamientos, lejos de haber sido creado por una acción espontánea del espíritu humano, le fue dado primeramente por el mundo real tanto exterior como interior. El espíritu del hombre, es decir, el trabajo o el funcionamiento completamente orgánico y por consiguiente material de su cerebro, provocado por las impresiones exteriores e interiores que le transmiten sus nervios, no añade más que una acción formal, que consiste en comparar y en combinar esas impresiones de cosas y de hechos en sistemas justos o falsos. Es así cómo nacieron las primeras ideas. Por la palabra se precisaron esas ideas, o más bien esas primeras imaginaciones, y se fijaron, transmitiéndose de un individuo a otro; de suerte que las imaginaciones individuales de cada uno se encontraron, se controlaron, se modificaron, se complementaron mutuamente y, confundiéndose más o menos en un sistema único, acabaron por formar la conciencia común, el pensamiento colectivo de la sociedad. Este pensamiento, transmitido por la tradición de una generación a otra, y desarrollándose cada vez más por el trabajo intelectual de los siglos, constituye el patrimonio intelectual y moral de una sociedad, de una clase, de una nación.

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